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El músico

domingo 17 de octubre de 2021 | 6:00hs.
El músico

La iglesia estaba casi vacía. Una mujer vestida de negro rezaba de rodillas en la fila de asientos de la izquierda. En la del medio, un hombre bien vestido, lucía concentrado. Apenas movía los labios. También rezaba.

El viejo llegó y se paró en la puerta. Miró a los fieles y después, detenidamente, cada detalle. Las figuras de santos, los bancos de madera, los vitrales bien cuidados que iluminaban el ambiente. Entró. Se desplazaba arrastrando los pies, como quien transporta una carga pesada. Observó a los fieles ensimismados en sus plegarias. Se movió hacia el altar.

Allí un sacerdote acomodaba algunas cosas. Faltaba todavía tres horas para la misa de la tarde. El viejo avanzó un poco más, hacia la primera fila de asientos. Se detuvo. La forma en cruz de la planta de la construcción le confirmó que era el lugar que buscaba, una iglesia de la Compañía de Jesús.

El sacerdote lo vio llegar y no le prestó mucha atención, le pareció un penitente más que seguramente se arrodillaría y se pondría rezar. Se distrajo cambiando una vela que estaba a punto de consumirse. Antes de encender la otra espió por el rabillo del ojo. El viejo seguía parado mirándolo. Llevaba algo. El cura pudo reparar entonces que se trataba de un instrumento musical, un violín maltratado por el tiempo.

-Viva el espíritu santo-, dijo a modo de saludo.

-En nuestros corazones-, le contestó el recién llegado.

- ¿En qué le puedo ayudar?

- Estoy de paso-, dijo el viejo. Tuve que caminar bastante hasta aquí. Vengo del puerto. En realidad, vengo de más lejos. Pero ahora mismo vengo desde el puerto. Llegué hoy y estoy yendo para el Norte, para las Misiones.

-Bienvenido entonces-, interrumpió el cura.

- Quiero regresar a mi pueblo, la misión de San Ignacio miní. Y quería saber si sabe de alguna gente que viaja para allá.

-Mire usted qué casualidad-, dijo el sacerdote. Esta semana visita Buenos Aires el Principal Provincial que viene de Roma. Y para darle la bienvenida llegará una delegación de músicos desde el norte, desde la misión del Yapeyú. Seguramente usted podrá regresar con ellos después. ¿Usted es músico?

- Sí, lo fui. Por culpa de la música justamente estoy acá. Estuve muy lejos mucho tiempo y ahora quiero volver a mi tierra, con mi gente. Yo soy de San Ignacio. Cuando era pequeño mi familia se enteró que en Yapeyú había un cura, el padre Antonio Sepp, que era maestro de músicos y me mandaron para formarme.

- El organista de nuestra iglesia es de aquella zona, es de la misión de Santo Tomé -se apuró el cura. Vino hace unos años y se quedó. Dirige nuestra orquesta. Enseña música a los niños de las familias de nuestra iglesia. Pero y usted ¿cómo llegó acá? -, quiso saber el cura.

- Es una larga historia. Como le dije, estudié con el padre Antonio en Yapeyú desde muy niño. Ejecuto varios instrumentos. Además, sé de técnicas vocales. Mi viaje empezó hace mucho tiempo. Y me llevó a cruzar los mares. Empezó cuando con los padres fuimos a Córdoba, a la celebración de la Congregación Provincial. Yo vivía en San Ignacio y me había casado ese año en una gran fiesta donde hubo otros casamientos. Con Encarnación nos conocíamos desde niños y nuestros padres siempre decían que íbamos a terminar juntos. Y así fue. Pero nuestro matrimonio no duró mucho.

La mujer de negro que permanecía arrodillada cerca del altar interrumpió sus plegarias al escuchar la conversación. Marcó el rosario con el pulgar para no perder la cuenta y giró la vista hacia el visitante. Le resultaba familiar la historia que estaba relatando. El cura y el recién llegado ni siquiera repararon en su movimiento.

El viaje a Córdoba que iba a durar un mes terminó por cambiarme la vida. A los principales les gustó mucho mi música y pidieron que me quedara un tiempo para mostrar y compartir mi arte con los otros maestros. Cuando me disponía a regresar con mi gente -estaba así como ahora esperando para sumarme a un grupo de viajeros-, llegó desde España alguien importante, una autoridad de la Iglesia, y dijo que mi talento era una bendición de Dios, que los hermanos de Europa debían conocerme. Pero yo no podía viajar sin un permiso. Ya me había quedado en Córdoba sin autorización. Entonces el Principal escribió a Roma y dijo que iba a conseguir un salvoconducto. Así fue. Llegó el papel y viajamos con el padre Diego.

La mujer volvió a mirar al desconocido. La conversación la había atrapado y ya no pudo continuar con sus plegarias.

El viejo hizo una pausa. El sacerdote le invitó a sentarse en el banco en el patio de la iglesia, al lado de la primera puerta que da al altar. El sol tibio que se colaba entre las hojas de los árboles dibujaba figuras en el piso de ladrillos.

-¿Usted cómo se llama?-, quiso saber el sacerdote.

- Roquito-, dijo el músico. Me llamo Roque en realidad, pero como mi papá se llamaba igual, a mí en mi pueblo me conocen como Roquito.

Al escuchar el nombre, la mujer penitente se sobresaltó. Guardó el rosario entre sus ropas y se marchó sin saludar por el apuro.

-Siga con lo que está contando por favor-, rogó el sacerdote. No le interrumpo más.

Roquito metió la mano en el bolso que traía. Revolvió hasta que encontró lo que buscaba. Tomó y se lo pasó al cura. Era un papel oscurecido y gastado por el paso del tiempo. Sin embargo, podía leerse con claridad.

“No descubro inconveniente que, ya que vienen los indios cantores por orden nuestro a festejar las fiestas, se hospeden en nuestras casas, en la conformidad, que VR dice dispuso en Buenos Aires. Sirva este documento de salvoconducto y para la estadía del portador”, leyó el cura.

Pero cuando llegó a la firma guardó silencio: “Muzio Vitelleschi, Padre General”. El permiso tenía la rúbrica de la máxima autoridad de la Compañía en Roma.

Esta carta me dio el Padre Diego en Madrid, cuando nos separamos. Pero antes llegar a esa parte le tengo que contar cómo fue que viajé tan lejos. Los comentarios de mi estadía en Córdoba habían llegado a España. Y los padres de allá pensaron que si las autoridades del Reino conocieran mi arte sería de gran ayuda para la Compañía. Para mostrar lo que se estaba haciendo en las reducciones. Así fue como fuimos a España. El viaje en barco duró semanas. Allá estuvimos en la iglesia hasta que con el padre Diego y otros hermanos de distintas misiones del Japón y de las Américas, fuimos a la Corte. Fue un gran recibimiento real que duró todo un día.

Uno de los mayordomos del Rey se fijó en mí y solicitó formalmente que me quedara para integrar la Capilla real como músico. Antes de irse el padre Diego me entregó este papel. Esa fue la última vez que lo vi. Ahí supe que ya no volvería a mi tierra, que ya no iba regresar con mi familia, con mi esposa.

El viejo hizo una pausa y se volvió un poco más pequeño aplastado por los recuerdos.

-¿Qué habrá sido de mi Encarnación? Seguramente habrá terminado en el Coti Guazú con las otras viudas.

-Su historia me hace acordar a una mujer que limpiaba en la iglesia. Ella contaba que había llegado al puerto buscando a su marido músico.

-¿Y qué fue de ella?-, quiso saber Roquito.

- La verdad, no lo sé. Vivía en el convento de Las Carmelitas. Pero hace muchos años de esto. Pero cuente Roquito ¿vivió en el Palacio?-, preguntó entusiasmado el Sacerdote.

-Sí. Formaba parte de la Capilla real. Al poco tiempo la salud del rey empeoró. Ya casi no salía de su recámara y solo se aliviaba con los acordes que ejecutábamos todas las tardes.

Su majestad pasaba largas temporadas tendido en la cama, sumido en la melancolía y la depresión. Fueron varios años. Pero, así como la música me llevó hasta allí, la misma música un buen día me sacó. En realidad fue un cantante. En la corte se enteraron que en Londres había un joven de una voz prodigiosa, se llamaba Carlos Miguel Broschi Barresse, más conocido como Farinelli, il castrati. La reina hizo lo imposible por traerlo para que entretuviera y aliviara los días de Su Majestad. Fue tanta la alegría y la mejoría que experimentó el rey al escucharlo que lo nombró criado y le hizo lugar en el palacio.

Así fue como nuestra música ya no fue necesaria. Un día me dijeron que buscara al padre que me había llevado, que mi estadía en el Palacio había terminado. Y me dieron indicaciones para que llegara hasta la iglesia de la Compañía. Nunca llegué. En realidad llegué, pero no entré. Es que de pronto me encontré con mi vida, lo que quedaba de ella, y no sabía qué hacer. De alguna forma lo había perdido todo. Mi familia hacía años que no sabía de mí. Probablemente me creían muerto. Igual con mi esposa. Además, qué derecho tenía yo para creer que podía volver así como si nada. Había pasado la mayor parte de mi vida fuera de mi tierra. Ya no era de acá, tampoco de allá. Era un sin lugar. Entonces me fui quedando. En el puerto, en las calles y en las fondas, tocando para comer y comiendo para tocar. Mi música aliviaba a los marineros que acumulaban puertos.

Hasta que un día vi un barco que venía de Buenos Aires. Hubo muchos en todos esos años, seguro. Pero vi ese. Y me subí a hacer lo que me había llevado tan lejos. A tocar música, pero ahora, para volver. Para regresar a mi tierra.

-En la Biblia hay un hombre que también lo perdió todo y sin embargo supo seguir -, dijo el cura, en un intento por consolarlo-. La historia de Job siempre me impresionó. Era un ganadero muy rico, tenía hijos, familia y amigos. El diablo puso a prueba su fe y le provocó una desgracia tras otra. Perdió sus bienes, sus afectos, a su mujer y a sus hijos. Sufrió enfermedades. Llegó a estar tirado convaleciente y abandonado ante la indiferencia de todos. Pero terminada la prueba Job salió triunfante. Y Dios le restituyó todo, su familia, sus afectos y el doble de lo que tenía antes.

- ¿Y por qué un padre tan bueno haría eso con su hijo? -se preguntó Roquito- Cuando me despidieron de la Corte porque ya no era útil, cuando vagaba sin rumbo por España, pensé muchas veces eso. ¿Por qué a mí? ¿Por qué me pasaba esto a mí? Yo era feliz con los míos, no necesitaba nada más. Me llevaron lejos y estuve sometido tantos años a la voluntad de una persona que ni siquiera sabía mi nombre. Sin embargo cuando sólo me quedaba morir me di cuenta que tenía que regresar. Mis recuerdos eran cada vez más fuertes. Y cada vez extrañaba más. Sobre todo las fiestas en el pueblo. Es que mi gente es la música. Ellos todo lo hacen con cantos desde la mañana, hasta el final del día. Y las misas, los bautismos son una gran fiesta. No hay viaje sin llevar su Santo, ni sin sacristán que cuide del Santo, ni sin castañuelas, flauta y tamboril. Después de las oraciones sigue el himno que entona algún maestro músico, de los que siempre va alguno. No hay camino por río o por tierra, como vayan muchos, que no lleven su tambor, su guitarra o su violín. Por eso decidí volver. No pude tener mi vida. Tendré mi muerte entonces. Quiero morir con la música, las aguas, los olores y las risas de mi gente. Por eso estoy acá.

Roquito se calló, como si se le hubiesen agotado todas las palabras que tenía adentro. El sacerdote lo miraba, absorto, tratando de procesar el triste relato y de encontrar algo apropiado para decir y consolarlo.

- Pero pronto volverá con su gente, Roquito, -dijo el cura. Y piense en lo que le conté de Job. Dios que es bueno no se olvida de sus hijos.

-La mujer que limpiaba en la iglesia ¿qué más sabe de ella y dónde la puedo ver?, – preguntó Roquito después de un breve silencio, que pareció eterno.

- Sé lo que se sabe en la comunidad. Que llegó hasta acá detrás de los pasos de su marido. Venía a la iglesia casi todos los días en busca de noticias. Cada vez que llegaban hermanos de la Compañía desde España se acercaba y preguntaba por el músico de las Misiones, si lo habían visto. Hace rato que no sé de ella. Tal vez en la casa de las hermanas Carmelitas sepan. La mujer que estaba en la iglesia cuando usted llegó, es del hogar. ¿Por qué no la va a ver?

El hogar quedaba a cuatro calles de la iglesia. Hacia allá fue Roquito después de despedirse del cura. Una monja lo recibió en la entrada. El músico contó de dónde era y explicó que buscaba a una mujer que había llegado hace años desde las Misiones. Que en la iglesia le dijeron que en el hogar podrían tener noticias sobre ella.

La religiosa asintió con un movimiento de cabeza.

Roquito siguió. Contó su larga y triste historia, de su familia y de la esposa que había dejado en su pueblo. Intentó describirla, pero se dio cuenta que la recordaba poco. En realidad, la recordaba mucho, pero a la joven que había dejado en San Ignacio miní tantos años atrás, y muy poco a la mujer en la que seguramente se había transformado. Se dio cuenta que no sabía cómo sería el aspecto actual de Encarnación. El desánimo invadió su semblante.

La hermana habló entonces. Le dijo que en el hogar vivía una mujer como la que describía, que casualmente se llamaba Encarnación. Ella ya sabía que alguien la andaba buscando, que otra hermana que había estado en la iglesia un rato antes, le había contado. Y que la podía encontrar en el patio interno.

-Vaya por el pasillo- le indicó. La anteúltima puerta da al patio.

Roquito quiso agradecer, pero ningún sonido salió de su boca. Entró y caminó hasta la puerta que le había indicado la religiosa. Al llegar vio a una mujer sentada bajo la sombra de un lapacho. Parecía concentrada en las agujas de tejer que puntada tras puntada iban dando forma a la manga de un abrigo. Roquito la reconoció inmediatamente a pesar de las canas y del paso del tiempo. Era Encarnación.

Sus piernas que tanto habían andado, se le aflojaron y terminó sentado en el piso. Se quedó mirándola, largo rato sin que ella se diera cuenta. Después abrió el estuche y tomó su violín. La música brotó suave, como la bruma del río Paraná que en invierno abriga y contiene a los navegantes. Encarnación escuchó la melodía y supo. Su espera había terminado.

Roquito entendió entonces que el regreso a su tierra, a su casa, al amor, era posible. Y que incluso en las decisiones más difíciles como decidir sobre la muerte, había vida. Quedaba un viaje todavía. Pero ya no moriría solo.

Roberto Maack

El relato es parte del libro “La clave Zipoli, cuentos en ruinas”.

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