martes 26 de octubre de 2021
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Siempre hay alguien que observa

domingo 10 de octubre de 2021 | 6:00hs.
Siempre hay alguien que observa

La madrugada avanzaba lenta entre cantos de grillos, mosquitos y el calor agobiante. La luna se preparaba para ser nueva y dejaba a la noche más oscura y tenebrosa.

Con una lata de cerveza bien helada y una silleta, Alfredo, vestido con su pijama a rayas decidió ubicarse en el jardín para buscar aire fresco. Eligió un lugar estratégico, desde donde podía tener una buena visión evitando ser visto desde la calle o desde la casa de sus vecinos.

No sería más de las cuatro. Había dejado el celular para evitar que la luz lo delatara y observaba el cielo, libre de nubes, que lucía su traje de infinitas estrellas titilantes. Hacia el este pasaron dos satélites y el lucero brillaba en todo su esplendor. Era una noche agradable a pesar del calor.

Reconoció a varios vecinos que, motivados por las altas temperaturas también salieron en busca de aire fresco. Don Pablo y Doña Alicia, los abuelos vecinos, llegaron caminando lentamente tomados de las manos, muy enamorados ambos. Antes de entrar a la casa se abrazaron y se dieron un beso, cual adolescentes. Tuvo ganas de hacerles un silbido con aplausos de aprobación, pero se contuvo para no ser descubierto. Luego de un instante ingresaron y le pareció ver que él le daba un pellizco en la cola.

- ¡Míralo a don Pablo… a su edad! - pensó mientras esbozaba una sonrisa.

Una pelea de perros y luego unos jóvenes que volvían de algún boliche, alegres y con unas copas demás, que pasaron tirándose piedras y dando gritos eufóricos, fueron haciendo correr el tiempo.

La lata de cerveza hacia un buen rato yacía vacía en el suelo y el sueño empezó a hacerlo bostezar. Estaba a punto de levantarse cuando escuchó ruido en la casa de al lado. Volvió a sentarse. Era el bueno de don Goyo que salía para el trabajo. Todos los días, cerca de la cinco de la madrugada, pasaba frente a su casa y regresaba a las tres de la tarde.

Apenas perdió de vista a don Goyo, observó al vecino de enfrente atravesar rápidamente el boulevard hacia donde se encontraba.

- ¿Qué le sucede a don Carlos?, - pensó, mientras sigilosamente se corrió hasta el límite del patio.

Desde la casa de don Goyo se escuchó el inconfundible ruido de una ventana que se abría. De un salto el vecino se introdujo y nuevamente el ruido de la ventana que se cerraba.

Alfredo no lo podía creer, tan bueno su vecino, no merecía esto. Embroncado no se aguantó y pensó:

-Tengo que hacer algo, por lo menos que se dé cuenta que lo he visto. Fue hasta el interior, se vistió correctamente y se paró en el portón de la casa. Las primeras luces del alba anunciaban el nuevo día, en algún momento lo vería salir.

De pronto, el ruido de la ventana y Alfredo que se pone a caminar como para que sea un encuentro casual. Al momento de pasar, don Carlos trepa a la ventana desde adentro. Al verlo, sorprendido, dudando entre terminar de salir o volver a entrar, rápido de reflejos lo saludó:

- ¡Buen día vecino! Parece que será un lindo día.

Y dándose vuelta hacia la ventana se dirige a la vecina:

- No me agradezca señora, cuando necesite llámeme, para eso estamos.

Luego, mirándolo a Alfredo continuó:

– Pobre mujer, se le trabó la puerta del baño y no tenía a quién recurrir, menos mal que encontró el número de mi teléfono. Para eso estamos los buenos vecinos. ¡Qué tenga un buen día don Alfredo!

Mientras la ventana se cerraba, Alfredo dándose vuelta regresó a su casa en busca del sueño perdido en una noche sorprendente. Por la tarde le diría a don Goyo que arregle la puerta del baño… podría volver a trabarse.

José Pereyra

El cuento es parte del libro Ramos Generales: Mboyeré, editado en 2020. Pereyra es docente jubilado y reside en Virasoro, Corrientes

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