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Seis meses de vida

domingo 03 de octubre de 2021 | 6:00hs.
Seis meses  de vida

Se volvió a sentir mal esa noche y regresó al sanatorio. El médico de guardia ordenó exámenes y los resultados no tardaron en apilarse sobre los otros tantos que venía acumulando en los últimos meses. El diagnóstico, negativo. El pronóstico, desalentador. Seis meses más de vida. Tal vez un año. Con mucha suerte, dos. Y qué hice hasta aquí de mi talento, se preguntó. Treinta y un años, los últimos diez desperdiciados en un trabajo bien pago y poco atractivo, en el que su capacidad para crear historias y volcarlas a un papel no era necesaria. No me puedo morir sin publicar algo. Y así empezó.

En dos meses ya había terminado ocho cuentos y tenía una novela a medio terminar. Pidió licencia en el trabajo y se limitó a tomar medicamentos para el dolor y otros síntomas. No había tiempo que perder en doctores e internaciones. Publicar se hizo realidad un mes antes del plazo más pesimista. No podía morir sin ver su primer libro en la vidriera de las librerías. Correctores de estilo, lecturas amigas, segundas opiniones, ¿quién las necesita?

El éxito fue tan inmediato como inesperado. Lo contactó una editorial importante y le encargó más y más. La crítica fue despiadada, su material era -según los expertos- de mediocre a malo. Le reconocían originalidad en los planteos, pero poco más rescataban. Las ventas los enfurecían aún más.

Ya había pasado un año y él seguía escribiendo. Alguien le dijo que su vida dependía de ello, que el universo se complotó para dejarlo con vida mientras pudiera trabajar. No lo creyó, pero lo utilizó como argumento principal para su novela ‘Los hilos del destino’, que terminó en cinco semanas y fue best seller, adaptación al cine incluida.

Para cuando publicó ‘Otra vuelta por los suburbios’, ya ni recordaba el rostro del médico que le puso fecha de vencimiento a su existencia (expresión que utilizó en otro de sus trabajos). Despreciado por la crítica pero amado por el público, acababa de cumplir 47 años y se sentía mejor que nunca, hasta que un dolor punzante en las costillas lo devolvió a un centro de salud.

Llegó la hora, pensó. En la sala de espera se acumulaban revistas, muchas de las cuales publicaban relatos suyos. Aburrido, comenzó a leerlos. Se espantó. Los críticos tenían razón, en verdad su literatura era un despropósito.

La doctora se hizo esperar. Ordenó una batería de exámenes y en ninguno encontró motivos de preocupación. Le pidió moderar la dieta y hacer ejercicio. Le recetó una pomada para la contractura intercostal, producto de pasar horas frente a la computadora escribiendo, y lo mandó a su casa.

Tenía mucho dinero. No se iba a morir tan pronto a fin de cuentas. Era hora de empezar a corregir su legado, a escribir menos y mejor. En eso se empeñó. Nadie más quiso leerlo. Sus escritos descuidados y sin calidad seguían vendiéndose. Lo nuevo pasó sin pena ni gloria. Tampoco les gustó a los críticos.

Murió a los 94 años. Hasta sus últimos días firmó autógrafos a fanáticos cuyo mal gusto lo llevaba a compadecerlos.

Mariano Bachiller

Inédito. Bachiller reside en Posadas, es periodista

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