sábado 16 de octubre de 2021
Llovizna ligera 15ºc | Posadas

Revelación

domingo 03 de octubre de 2021 | 6:00hs.
Revelación

Me enamoré, así de pronto… ¡flechazo! Ella, diez años mayor que yo, con un cuerpo de guitarra que enloqueció mis sentidos. Se había divorciado hacía un año, vivía sola, trabajaba mucho.

Cuando descubrí su existencia, la ciudad se convirtió para mí en una urbe mágica.

Vivía como a diez cuadras de su casa, por lo tanto cada vez que salía a trotar direccionaba mi GPS mental hacia su barrio, con la seguridad de que coincidiríamos en el horario justo, para que se produjera el encuentro “casual” que necesitaba mi ardor alborotado de veintitantos años .

Causa y efecto, pecado y castigo, los hechos se confunden en mis recuerdos.

La mañana en que ella salió dispuesta a un “running” mañanero , justo yo pasaba por allí, vi de cerca sus labios gruesos, sus abundantes pechos apretados a un sujetador deportivo, sus caderas bamboleantes…su voz en un “-¡Hola!- ¿Ya te he visto por aquí?-¿También corres a esta hora?” Me sentí como en un quemante torbellino, con un deseo vehemente.

Comenzamos a trotar juntos los sábados y domingos, conversábamos y los temas pasaron de irrelevantes a más íntimos.

Hasta que un día, el exagerado calor chaqueño nos llevó a preparar un tereré en su tan bien organizada cocina. Ella movía sus brazos y manos, agilizando la preparación de la refrescante bebida… y yo no pude resistir mi necesidad física de erotismo salvaje, la tomé de la cintura, subí mis manos hacia sus senos y le mordí la nuca, sentí mis dientes desgarrando su suave piel. ¡Noooooo! -dijo ella- volcando el contenido de la jarra. ¡Te vas ya!- ¡Me lastimaste!- ¡No te quiero ver más!

Pasaron unas cuantas semanas hasta que volví a animarme a acercarme a ella, sin que la culpa arreciara mi mente. Pero de solo pensar en la huella sangrante que había dejado en su cuello, crecía mi excitación hasta el colapso.

Siempre pensé que decirle lo que sentía no arruinaría una conexión intensa, porque en el fondo de mi inconsciente sabía que ella también deseaba volver a verme.

Luego de mil mensajes y llamadas entre confundidos perdones, volvimos a encontrarnos y planeamos “el viaje”.

Ella tenía tíos en Misiones y hacia allá fuimos. Terminamos disfrutando de un lugar que sentí como misteriosamente sugestivo y encantado, rodeado de la naturaleza selvática que tanto me atraía desde niño.

Así fue como elegimos un club de veraneo, cerca de la capital. Tenía las comodidades que ella exigía, pero rodeada de la agreste espesura que me cautivaba.

Y la pasión resurgió plena y total. Yo lograba contener mis proyecciones naturales al sexo violento y salvaje porque le había prometido dulzura, cariño, placeres gentiles.

Pero ese catorce de febrero se había convertido en una noche especial… la música romántica sonaba en todo el predio, la noche brillante, cena afrodisíaca, la selva misionera que nos envolvía y… decidimos hacer el amor en la piscina.

La abracé, mientras le desprendía la parte de arriba de su traje de baño. Me tomó la cabeza y se la puso entre sus grandes senos. Me retuvo allí, meciéndome como una madre a su niño. Me aparté, nos miramos jadeantes, pesando y midiendo el riesgo de hacerlo en un lugar público, con poca gente alrededor. La exploré cada centímetro, sacándole lo que quedaba de la bikini. La empujé hacia el borde de la piscina con fuerza y le mordí un seno, casi arrancándole el pezón, mientras con una mano le apretaba el cuello. ¡Nooooo! –gritó ella- ¡Te voy a denunciar, me lastimás! No la escuché, le arañé la espalda y la penetré muy violentamente… no podía parar.

Ella gritó de dolor, pero yo estaba en un limbo de placer… ella gritó más fuerte, tanto que la gente que estaba en el bar del club comenzó rápidamente a acercarse. Yo había gozado y terminado como un animal.

Me arreglé el short de baño y salí presuroso del agua. Ella no me lo perdonaría nunca. Escuchaba sus gritos, mientras corría: -¡Te voy a denunciar a la policía, maldita basura!

Mientras la gente del club la asistía y ayudaba, yo solo corrí, como alma que lleva el diablo. Llegué a tomar mi celular de una mesita, de las que se instalan alrededor de la pileta.

Mente en blanco, mis piernas se movían solas, recuerdo un sendero que subía más y más, era un cerro, noche oscura, las lágrimas corrían sobre mi rostro… perdí la noción del tiempo. Todo era selva en derredor.

En un momento de lucidez, palpé mi bolsillo… el celular. Lo encendí.

Respiré, traté de calmarme, disminuí la frecuencia de mis pasos. Escuché que me seguían. Sentí insistentes mosquitos. Oí lo que parecían aullidos.

De pronto una sombra parecía moverse muy cerca, batería baja, no encendía la linterna del celular.

Lo que semejaba a la luz de la luna, las hojas de una palmera enana, ahora era una cabellera al viento… ¿Había viento? Estaba enloqueciendo…

Me quedé duro como estatua, mientras ese extraño ente se transformaba en mujer y la luna ahora magnéticamente componía un camino de luz sobre sus insólitas formas.

Me asusté cuando lo que parecían pequeños lagartos nos rodearon a mí y a ella. Inexplicablemente sentí que la reconocía.

-¿Me recuerdas Yuruparí? Ahora que has vuelto vendrás conmigo y dejarás ya de lastimar mujeres. Te llevaré, sanarás y quizás algún día puedas volver.

Sentí un trueno muy fuerte. El lazo de Aracy me envolvió, ya no fui yo…me desintegré en selva y luna.

María Andrea Reyes

Reyes es docente, miembro del Grupo Literario “Buscapalabras” de Puerto Esperanza, Misiones. Coautora del libro “Yo estuve allá”. Participó de varias antologías

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