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De pozos, aljibes y poceros

domingo 03 de octubre de 2021 | 6:00hs.
De pozos, aljibes y poceros

Los pozos de agua, producían, en mi infancia, una fascinante atracción. Cuando veía un brocal, automáticamente me acercaba para mirar hacia abajo. En muchas casas estos pozos estaban adelante, junto a la calle, o en su defecto en las galerías, cubiertos por una tapa de madera muy bien elaborada. Arriba la roldana de madera o una roldana metálica de una sola rueda por la cual pasaba la soga que sostenía el balde con el cual se sacaba el agua. Esta fascinación se alimentó cuando la maestra leyó, en nuestro inquieto cuarto grado, uno de los capítulos de Platero y yo, “¡El pozo!... Platero, ¡qué palabra tan honda, tan verdinegra, tan fresca, tan sonora! Parece que es la palabra la que taladra, girando, la tierra oscura, hasta llegar al agua fría”. Y termina afirmando, “¡Oh laberinto quieto y mágico, parque umbrío y fragante, magnético salón encantado! —Platero, si algún día me echo a este pozo, no será por matarme, créelo, sino por coger más pronto las estrellas”.

Era precisamente esta imaginación, de lo que pudiera haber más abajo de los brocales, lo que me impelía a acercarme a estas bocas “tan verdinegras” que en nuestro caso por lo general eran verdiferrosas debido a la tierra roja y los tupidos helechos mezclados con una intensa colonia de musgos verdes. De niño siempre me he demorado ante la boca abierta que conecta la profundidad con la superficie, observando el volar apacible de alguna libélula, la huida veloz de algunos mosquitos o el salto tenebroso de alguna rana que asustada decide arrojarse al vacío al sentirse observada.

Estos pozos eran cavados por dos o tres poceros que tenían la habilidad de buscar las vetas de agua con varitas de metal o en su defecto varillas de duraznos que solían manipular caminando por el terreno hasta “sentir” u “observar” alguna reacción en ellas. Algunos de los viejos buscadores de agua también manipulaban péndulos, costosas esferas de bronce, cobre, cristal o simples tuercas oxidadas que, colgando de un hilo de seda, hacían de certeras guías. Cuentan que algunos tenían la habilidad de “saber” si sobre la napa había roca madre o el suelo era solamente de tierra o en su defecto de tosca. El diámetro de la perforación variaba de entre ochenta centímetros a un metro y medio. Pico y pala eran las herramientas que iba dándole profundidad y forma al pozo en el lugar señalado por la varilla radiestésica.

Detrás de mi casa había uno cavado en la tierra roja con un amplio brocal de piedras de lava negra. Cada vez que me acercaba, intuía sensaciones desencontradas. Hay dos, o tres, particularidades de este manantial cavado profundamente que me salían al encuentro y estaban permeadas de premoniciones sombrías.

Por una parte, estaban los helechos que circundaban al pozo en los primeros metros. Verdes matas que transmitían la frescura que se extraña en los días de verano. Furtivamente se acercaban colibríes, de un profundo y tornasolado azul, a beber de las gotas que colgaban de las puntas de las hojas. Alguna precisa y ordenada tela que cada mañana tejía y retejía una pequeña araña de lomo anaranjado. Más abajo asomaban algunas blancas raíces, posiblemente de los frondosos árboles que circundaban la huerta, en este caso no había higuera cercana, como lo contaba Jiménez. Estas raíces se descolgaban temerosamente hacia el fondo del pozo y en las mañanas de primavera se veían entre ellas verdes y amarillas ranas que en la noche croaban. Este canto de cortejo retumbaba en el pozo, que hacía de caja de resonancia, dando en las oscuras noches a fines del estío un carácter lúgubre y misterioso. También generaba en mí la sensación de miedo, grabada en el inconsciente a partir de la repetición de los adultos, por el peligro de caerse.

Por otra parte, intuía grandes tesoros de latas y viejos hierros en este aljibe. Más de una de las latas con su contrapeso de viejos piñones y engranajes de bronce se desplomaron al fondo a raíz de la distracción de quien lanzaba el balde al agua. Esto papá lo soluciono haciendo la roldana de un grueso tronco montado en una estructura de madera. La pesada manivela, que debíamos empuñar con las dos manos, fue la responsable de más de una magulladura en el brazo, de alguna de mis hermanas, cuando el balde con su peso, a mitad de camino, se despeñaba locamente haciendo girar la manivela en sentido contrario. En mi mente se mezclaban versiones reales con fantásticas imaginaciones de vajilla desplomada del borde del brocal, donde antiguamente se lavaba la loza, de cucharones, cuchillos de plata, algunas fuentes de porcelana, algún antiguo facón adornado e incluso una tetera de cerámica china. Cosas que soñaba con rescatar cuando tuviera el coraje de bajar al fondo.

Esta oportunidad se me dio unos años más tarde siendo ya adolescente cuando tuve que ayudar a mi padre a limpiar el lodo del fondo e incluso cavar unos metros más en la blanda tosca. El año había sido muy seco y el pozo se agotó. Al bajar por los escalones excavados en los costados temía encontrarme con feroces alimañas, fríos sapos agazapados o ranas a las que podía pisar, pero nada de esto sucedió. Recordé, al descender escalón a escalón, aquella fantástica imaginación dándome esto valor y coraje para bajar. Al llegar al lodoso fondo tan solo encontré dos latas oxidadas y una cadena totalmente carcomida por el tiempo, el agua y el lodo. El trabajo me llevó varios días, pero de tesoros ni rastros. Fue en este mismo año donde mi padre me invitó a ayudar a limpiar el pozo del colegio de monjas. Con mucho coraje asumí la tarea a mis doce años y con valor fui bajado a la profundidad en un balde de veinte litros. La experiencia no fue desagradable pero la sensación de estar colgado de una soga, parado dentro de un balde, no era la más alentadora. Al llegar al fondo se me ocurrió mirar hacia arriba, primero no detecté la abertura, hasta que me di cuenta que el pequeño circulo, parecido a una luna llena en un cielo oscuro, era la parte superior del pozo. No sé si fue claustrofobia, miedo a no poder salir, inmensa soledad en un profundo pozo de noche oscura o simplemente angustia, pero pedí por favor que me vuelvan a izar urgentemente. Al llegar arriba yo esperaba encontrar caras de reproche o tal vez una reprimenda por no aguantar, pero mi padre y los dos obreros que lo acompañaban me miraban comprensivos. El comentario de uno de los muchachos fue: —¡y bueno… tiene como diecisiete metros ese pozo!

Dos historias de poceros que quedaron grabadas en mi fértil y fantasiosa memoria.

Una me la contaron en Leandro N. Alem donde uno de los antiguos poceros, muy ordenado y sistemático, acomodaba la leña para la cocina económica delante de su casa, junto a la calle. Todas las tardes traía, después de su intensa actividad cavando los pozos en la colonia en formación, leña de los lugares donde trabajaba. Por la mañana entraba algunos pedazos de troncos cortados a medida y rajados para el fuego del día. Varias veces había observado que le faltaban algunos troncos, pero no pudo descubrir quién era el autor del latrocinio. Trató de averiguar de entre el vecindario quien tenía cocina económica, pero no tenía leña para alimentarla. La verdad le fue evasiva hasta que decidió realizar un gesto de aproximación a la respuesta. Tomo dos de los troncos le realizó un boquete a cada uno e introdujo una dinamita, que utilizaba para reventar la roca basáltica de sus agujeros surtidores de agua fresca. Los acomodó estratégicamente sobre la pila de leña y se fue a trabajar. A la otra mañana mientras disfrutaba de su mate y programaba su largo día de cavar pozos, escuchó una terrible explosión calle abajo, no se acercó a ver de cuál de las casas salía la humareda, pero quedó tranquilo porque no apareció obituario ni anuncio fúnebre alguno durante los siguientes días. ¡Nunca más le faltó leña!

Otra de las historias, escuchadas en el pueblo, contaba que uno de los pozos más profundos del pueblo fue excavado por un viejo y experimentado buscador de napas, cavador de pozos y entendido en la manipulación de las dinamitas, que utilizaba para romper la roca madre, que cubría la húmeda y surtida napa de agua. Varias veces oí repetir la historia de “Don Raúl” que conocía el arte de buscar agua y afirmaba que debajo de la capa de tosca y de basalto negro a unos catorce metros de profundidad había una gran napa de agua. La veta de piedra debía ser perforada a base de dinamita. Cuentan que el viejo, y ya achacoso Raúl, se puso a barretear los huecos para la dinamita. El trabajo consistía en golpear constante e insistentemente con una barreta la roca hasta lograr un hueco de unos cincuenta centímetros con un diámetro de cinco centímetros para los cartuchos, que median diez centímetros de largo por una pulgada de diámetro. Generalmente había que golpetear varios días la granítica roca para lograr tres o cuatro huecos donde ubicar los cartuchos que había inventado Nobel y que tantas muertes causó en las dos guerras en Europa. Cuentan que varias veces por día venia para bajar o subir con mucha dificultad el viejo pocero hasta que una mañana anunció que toda la familia debía estar atenta, porque después de un aviso suyo se realizaría la esperada explosión. Con mucha parsimonia preparó los cables, tapó el pozo con pesados troncos y verdes ramas. Todo estaba preparado para la siesta. El viejo comentó:

—Después del reventón van a ver cómo va a saltar el agua de ese pozo. La vara de durazno fue clara, acá abajo la napa es un río.

La familia se cobijó en la casa y debajo de unos árboles. El viejo pocero, con sus ojos azules y su hirsuta barba, conectó y ajustó los últimos cables. Al detonador lo tenía detrás del grueso tronco de un paraíso.

— ¡Atentos gurisada! —dijo el viejo y apretó el detonador. Silencio de catedral…

—Cuatro, tres, dos, uno…La puta que lo parió, dinamita de mierda. ¡Reventá carajo!...

El silencio ya era de tumbas… Estirando sus duras coyunturas se levantó y se dirigió al pozo, corrió algunos de los troncos, tironeó de los cables y lanzó algunos de los cascotes de tosca al pozo y esperó. Suspiro fuerte y en su media lengua alemana volvió a proferir maldiciones

—¡Esa mierda chupó agua!

Ajustándose las alpargatas comenzó a bajar a la profundidad, poniendo uno a uno sus pies en las caladuras hechas al borde del pozo. El silencio ya dolía en los oídos. El cable que llegaba al detonador se movió como tironeado desde el fondo del pozo. Las cuatro detonaciones se siguieron una a una, como si hubieran sido planificadas. Algunos cascotes emergieron de entre los troncos para terminar cayendo sobre el techo de la casa o entre las ramas del paraíso. Después todo sucedió muy rápido, el grito de la dueña de casa, la corrida hasta la comisaria y el desfile del juez, de los médicos y de la policía para sacar los restos del viejo pocero cuya sangre y el alma quedaron mezcladas con el agua que salía a borbotones de entre el negro basalto. Cuando uno se asoma a sacar el agua con la oxidada lata de aceite, en la cual aún se nota el blanco gorro del cocinero sobre un fondo verde, escalofríos recorren las espaldas porque a los pocos metros de llegar arriba, esta lata se sacude fuertemente derramando agua que cae nuevamente al fondo. Algunos afirman que es el alma de don Raúl que sube con cada balde de agua, pero antes de llegar al brocal y entre los helechos vuelve al fondo para descansar allí eternamente.

Waldemar von Hof

Inédito. Von Hof publicó los libros De letras y tierra roja, Siesta en el río de los pájaros, De letras chicas y anotaciones al margen, entre otros.
1PLATERO Y YO, Juan Ramón Jiménez, Colección Grandes Lecturas, Ediciones Salim 2017, pág. 67.-

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