lunes 25 de octubre de 2021
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El desertor

domingo 03 de octubre de 2021 | 6:00hs.
El desertor

Enterados del hecho, se propaló rápidamente, pues había acaecido al mediodía, y con un sol ciego a plena siesta nos encaminábamos al lugar. Mientras duró la caminata, en fila india y rozando los guardavías de a ratos, pasé de una primigenia sorpresa dolorosa a la impotencia, por no haber intuido que podría haber culminado de esa manera. No haber previsto el desenlace. Porque yo era el más indicado, de todos los conocidos del viejo Sruk, en haber presentido o atisbado siquiera la acción final. Un fiel depositario de sus convicciones. Tremenda carga. Rememoré en el trayecto las conversaciones con él, que parecen tan distantes y, sin embargo, transcurrieron hace tan poco.

La amistad surgió en “El Triunfo”, una fonda de estrechos pasillos de madera lustrada, en la cual me hospedé durante la construcción. Por tratarse de uno de los pioneros de la región él tenía gratis la copa, o bien yo convidaba. Alisaba un raído sombrero negro al hablar. Esas pláticas comenzaron espaciadas y se fueron haciendo más imperiosas a medida que avanzaba la obra.

Por referencias de los parroquianos, sabía que él era hosco y taciturno. Por eso llamó la atención que se allanara a lo que sería después un soliloquio. Cruzado de piernas en el taburete, gangoso y chivudo, arrastraba las sílabas con esfuerzo para lograr una correcta pronunciación.

—Pero mire, Ren -me decía- que encontrarnos en este hospedaje, lejos de la civilización. En aquella mesita se sentaba Siempreverde, un héroe de estos pagos, y aquel tafetán colgado es lo que quedó del globo. Usted me cae simpático, Ren, a pesar de que tal vez esté con ellos. Usted es joven, inteligente. Yo en cambio, me siento caduco y ni duermo por las bombas, que se acercan cada vez más. Escuche Ren, allá en la chacra está enterrada mi verdadera vida. No puedo dejarla, porque a algunos señores se les haya ocurrido iniciar la guerra y la parcela se aislará del mundo. Usted, como cronista, sabrá en detalles los manejos que poseen para apropiarse de nuestro vivir. Es una solapada contienda donde mis paisanos han desertado, pero yo les opondré una resistencia que no se esperan.

-No es así, Sruk. Es más sencillo de lo que piensa. Están construyendo una autopista que pasara frente al pueblo. Eso es todo.

-Usted es un ingenuo, Ren, porque los indicios son claros. Ellos nos irán asfixiando de a poco.

-¿Qué me diría si le dijera Ren, que tengo un manual de tácticas y un croquis donde marqué los supuestos sitios donde impactan los proyectiles? Esto lo sufrí antes y me deja insomne. Es indudable que cierran el anillo, pues el mapa conformado con las cruces de las explosiones así lo demuestran. El manual dice que antes de tomar cualquier iniciativa hay que imbuirse de los objetivos que persiguen, a fin de realizar una brillante defensa o ataque. Puedo afirmar con toda seguridad que el blanco buscado es, en definitiva, mi casa.

-No sea payaso, Sruk.

-Porque, además, los vecinos huyeron frente al avance, que fue lento lo reconozco, con avisos previos, para que uno supiera a qué atenerse. Hasta mi mujer, después de cuarenta años juntos, se fue con una de las hijas casadas. Qué me importa. Los nietos sabrán valorizarme algún día.

-Pongámonos de acuerdo Sruk. La compañía expropió terrenos para un trazado conveniente. A usted se le invitó a retirarse pues delante de su predio existirá una pronunciada curva descendente. Una vez socavado el cerro con una profundidad considerable, eso será un precipicio.

-Usted no sabe Ren, los sacrificios que nos costó abrir esa picada con Mayert, Helmo y tantos otros. Desfalleciendo al cabo de cada jornada, sin brújula, sin víveres, en un fauno país de alma vegetal, traspasados por los fulgores de verdines amalgamados, con seres y cosas sin nombres para nosotros. Si no hubiésemos luchado tanto, quizás no estuviésemos acá. Ahora todos hablan de la autopista. No hay otro tema. Que está a tres leguas, que vieron operarios con cascos rojos, que el enlace estará pronto, que un ingeniero deslizó, en la cancha de bochas bebiendo cerveza, que habían proyectado un ramal sin banquinas hacia el poblado. Todos aplaudían. No se dan cuenta que nuestras mujeres e hijos se irán más ligero a la ciudad y de allá vendrán las lacras. ¡Qué tontos! Qué digo, si las chicas andan emperifolladas, con las polleras cortonas. Usted mismo Ren, se llevará alguna.

-¿Y qué puedo hacer yo, Ren? No cometeré el error de mi juventud. Porque le confesaré que deserté en el frente. Es un secreto que sólo usted lo sabe. Cuántas veces quise retrotraerme en el tiempo, y que los actos se volvieran a presentar desde un principio. Y sonaba despierto que nuevamente compartía la trinchera con mis camaradas, amontonados en el agujero, ensordecidos por los estruendos, con un miedo horripilante que disimulábamos porque la consigna era resistir. Que cuando cayó el cuerpo inerte, resbalando sobre mí con un súbito suspiro, yo lo apartaba violentamente, era el enemigo uniformado casi como nosotros, no lo había tomado como lo tomé con las dos manos y, con los resplandores de incendios cercanos, notar que se trataba casi de un niño, y descubrir que inclusive tenía tiznado el rostro, los bigotes en relieve con carbón, como si estuviésemos jugando, ni observar el rictus de sonrisa abortaba por donde se le escapó la vida, ni contemplar los ojos bolitas de vidrio traslúcidas fijas, como la mirada de los infantes cuando miran el fuego en el hogar. Nada de eso. Yo no lloraba como lloré sobre el abdomen todavía tibio con olor a adolescente forzado al papel de guerrero, en un teatro donde la única diferencia, fundamental, era que los caídos muertos eran eso... muertos. ¡Qué esperanza! No crucé sobre su pecho mi fusil, ni escapé encorvado por atrás, arrastrándome entre madejas de púas. Esto era un suceso superado. Simplemente después del primer sacudón, palpábamos el cadáver, de quien a lo mejor fuera un desertor, y a una señal nos repartíamos el botín del equipo. Pero fugé, temiendo hallar a cada instante las tropas, trastocadas en adversarias a partir del momento de la decisión.

-Resistiré esta vez Ren. La existencia se desplaza con los mismos movimientos que nuestro planeta, repitiéndose infinitamente. Nos colocamos en situaciones semejantes, justamente para quebrar la traslación, que sea irrepetible. Si no lo conseguimos, el suicidio es inminente.

-No exagere, Sruk, son divagaciones suyas.

-El manual dice que hay que estudiar las avanzadas y las marchas, Ren, y las de ellos son envolventes. La prudencia es la aliada más eficaz en estos casos. En esta batalla despareja, estoy evidentemente solo. Hato de ovejas. Los amigos repetían resignados que el progreso venía. Devastador. Arrasando montes. Dinamitando cerros. Toneladas de piedras azogadas y tierra con raíces portentosas describiendo cabriolas por los aires. Transformaron los arroyos en aguas azafranadas y burbujeantes. Estuve tentado de explicarles, como le explico a usted, el plan que se escondía tras el pretexto de la autopista. Pero ellos, al igual que mi mujer, estaban aparentemente sordos y corrían hacia la desgracia. No comprendían que la visita del ingeniero, que a todas luces era un oficial de alto rango, formaba parte de la estrategia destinada a producir una corriente de opinión favorable a sus fines. Que usted mismo Ren, les está sirviendo enviando los informes y opiándose con mi charla. Somos pan comido. No vislumbran que la infantería de cascos rojos talan a mansalva nuestros árboles, que los vientos barren los despojos secos y amarillentos y un talco grisáceo, selenito, que sería la médula del suelo, cubre los dobleces y protuberancias, reflejando la luz lunar como si fuera su gemela.

-Con esa invasión a la vista Ren, me dediqué a elevar un parapeto con bolsas vacías y tacuaras. Sí, tal como oye. Alrededor de la casa, con una abertura posterior para los animales y para mí. No me preguntó Ren, ¿adónde fueron a parar las bestias salvajes?

-Supongo que habrán huido, Sruk.

-Los cazan en el perímetro de contención. Se refugiaron conmigo. Preparando el mate una mañana, se asomó un tigre a la ventana, sus zarpas en el alféizar, sus cuencas oculares hundidas, oscuras, sacudiéndose el polvo al menearse. Después fue un continuo desfile animal interminable, llegaban de un largo viaje, exhalando bocanadas de humo blanquecino, un abigarrado, desatinado e involuntario zoológico. Las aves se descolgaban de un cielo ceniciento, posándose en los aleros, acicalándose el plumaje salpicado de lentejuelas negras de las quemazones.

-Para hacer más grata la convivencia, Ren, pinté a trazos gruesos sobre los bolsones encalados que conformaban el reducto, el mismo paisaje que había antes de las voladuras. Un monte natural. Una selva exuberante, manantiales cristalinos y un camino en terracota que brota en perspectiva. Telones de fondo, monumentales sin duda. Imagínese Ren, tan reales son las pinturas, que a diario y como eligiéndose entre ellos, se arrojan en saltos majestuosos como si estuvieran en un circo y desaparecen en la espesura.

-Permítame, Sruk, se estrellan en el despeñadero de la...

-En todo este coloquio, Ren, estuve con los oídos tapados, por las motosierras, sabe, y las detonaciones. Eran desertores igual que yo, por eso nos llevábamos tan bien.

Tras la caravana de curiosos, pisando el macadam gris, macizo, batidos por los vehículos al pasar, tuve la certeza ahora de que la determinación de Sruk era la lógica para él.

Era muy probable que Sruk, en base a lo que me había contado, haya aprontado un día el carro polaco con los bueyes, cargado los últimos ejemplares en la caja, destrabado el freno palanquero, y diciendo “huyamos chicos’’, haya seguido las incitantes huellas estampadas por él en las ondeantes arpilleras desplegadas en la cornisa.

Hasta los pájaros habrán plegado sus alas, por el plumerío esparcido en el terraplén de la autopista, adornando una masa informe. El tránsito no se detuvo.

Raúl Novau

Del libro 10 Cuentistas de la Mesopotamia, colección Autores de hoy. La imagen es de la película misionera “Cara sucia, con la magia de la naturaleza”

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