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El perro y el león

miércoles 29 de septiembre de 2021 | 6:00hs.
El perro y el león

“En Argentina existe el partido del poder, es una forma de que todos, de a poco, se den cuenta de que deben ir ahí porque, si no, no pueden sobrevivir. Este partido [del poder] creado por Kirchner, pretende ser imitado por Macri” (Felipe 3­-5-2017). 

“Para seguir en política te tenés que hacer el boludo” (Felipe en CQC).

En el peronismo pos 83, un agrónomo supo sacar varios cuerpos de ventajas a otros eximios velocistas en el gran premio codazos for ever. De Cafierista contumaz de la primera hora, pasó con la fusta bajo el brazo al stud menemista. Después galopó en la recta Duhaldista y tentó en la atropellada a Chiche, esposa del ex presidente “pos que se vayan todos”, que le acompañe como vicegobernadora de la Provincia de Buenos Aires, proclamando por supuestos méritos donjuanescos: “ninguna mujer se me resiste”.  Casanova rebotó.  
Rechazado en la impostura de galán frustrado, subió al barco del Presidente Kirchner y adhirió con toda su fe a los postulados del hombre de Santa Cruz, para abandonarlo, precipitadamente, cuando pensaba que el tsunami de la Resolución 125 haría zozobrar la nave. Más acá, retornó con sus ex abandonados en el redil del peronismo federal y hasta amagó disputar el sillón de Rivadavia. Se quedó en el amague nomás, pero visteando el futuro en donde encontrar un rincón donde arrellanarse. Y lo encontró, como buen escalador que se precie en el año 2019 en el Frente Para la Victoria, haciendo antes una pequeña escala en el Partido Renovador. Pero esta vez, no en su pose del galán, porque la señora que tiene el mando lo mira de reojo y el ceño fruncido.

Una de las cualidades de algunos políticos modernos, en lo que hoy se considera política moderna, es la de cobijarse sin hesitarse bajo el ala protectora del jefe de gobierno de turno, abandonando al anterior sin cargo de conciencia alguna. Es la realidad en nuestra Argentina actual. Entre ellos están los que guardan cierto prurito de vergüenza y tratan entre balbuceos explicar su abandono, diferenciándose de otros conversos que promueven a gritos su adhesión sin ningún tipo de pudor. Esto es así, porque hay argentinos proclives en acercarse al hombre o a las cosas exitosas, aunque después se desperdigan cuando el icono de la devoción pierde esplendor. Es lo que está sucediendo con algunos personajes que rodeaban a Kirchner. Y en su traspaso abjuran de su ideología y olvidan su pasado, aunque el pasado contuviera glorias. 

En los noventas el gobierno de Menem se propone vencer la aftosa, continuando el plan Radical de Alfonsín. Una pléyade de técnicos la concretaron, el que esto escribe entre ellos. Tanto es así, que presencié en 1992 el lanzamiento de la campaña sanitaria en el Salón Blanco de la Casa de Gobierno, como también el postrer pinchazo de la vacunación antigénica en 1999, en Colonia Caroya, Córdoba, culminación de la lucha. Para entonces, rodeaban los futuros genuflexos al lado del riojano en el ocaso de su gloria.  También de los noventa admiré la descomunal puesta en escena de la tecnología de punta al servicio del campo que permitió duplicar la producción granaria en el país, reactivar la industria de las máquinas agrícolas y de la cadena agroalimenticia. Hasta se quería imponer la marca “carne argentina la mejor del mundo”, como slogan publicitario. Todo fue el resultado de poner en práctica estudios y la experiencia acumulada de técnicos del Inta, del Conicet y de las universidades argentinas. Toda una simbiosis de los hombres de ciencia con los del trabajo. También creíamos que la riqueza acumulada se desparramaría hacia abajo y se protegería a los pobres del país. Nada de eso ocurrió. Al contrario, hubo concentración de opulencia sin ningún tipo de reparto y el Estado ausente nada hizo para protegerlos. Pero como la misma situación está ocurriendo en el presente, los políticos deberán debatir la manera de cómo solucionar.

En los noventas fue la época de un liberalismo made in argentina, al cual la mayoría del pueblo apoyó, el de la soja transgénica, del abono químico, la siembra directa, del uno a uno y la convertibilidad. Ufano, el Secretario de Agricultura se mandaba un discurso hipermenemista: “La globalización de la economía nos alertó a producir cambios, cambios que permitirá al productor a trabajar en libertad, sin intervención del Estado, sin retenciones a las exportaciones, sin discriminación. El logro de vencer la aftosa confirma una verdad conocida, la creatividad de nuestros productores, agroindustriales y empresarios que, con el espaldarazo de la convertibilidad, el éxito se logra con esfuerzo y trabajo”.  Lástima, que todas estas expresiones reveladas las cambió cuando adhirió a la reinstalación kirchnerista de las retenciones y los controles de precios, medidas ya tomadas en la época de Gelbard, confirmando la frase aquella que nada nuevo hay bajo el sol. Habría que preguntarle ahora que se alejó del kirchnerismo ¿Cuál será su nuevo rumbo e ideología luego de ser despedido de Cancillería? Por el momento es una incógnita. Y si de incógnita se trata, para develarla, se deberá seguir los consejos de Perón en una de sus ocurrentes analogías.

Decía el General: “Yo no he de olvidar jamás una lección que recibí cuando aún era niño. Discutía yo con una persona mayor sobre la veracidad de cierta información por haberla leído en un diario. Esa persona tenía un perro al que llamaba León. – Mire amigo – me dijo, y dirigiéndose al perro lo llamó: - León, León, León -, y el perro vino. ¿Ha visto?, me dijo. –Le digo León y viene; pero no es león, es perro. Desde entonces, cuando leo o me dicen algo, lo primero que hago es discurrir por mí si ello es o no. No sea cosa que digan que es león y luego resulte perro”.

Lo mismo debe hacerse cuando se lea diarios o lecturas de historiadores revisionistas tan de moda en la actualidad.  Y los discursos de los políticos en campaña, sobre todo de la estirpe de los Alcibíades.  Siempre hay que discurrir. No sea que hagan pasar gato por liebre, o perro por león, y encima con leishmaniasis.

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