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El negro Teodoro

domingo 26 de septiembre de 2021 | 6:00hs.
El negro Teodoro

¿De dónde vino? Nadie lo sabe. Apareció un día en la Estancia como los hongos que afloran en los campos después de las lluvias de Primavera.

Buscaba trabajo. Ofreció sus servicios para cualquier actividad, ya fuera para carpir la chacra, recoger las lecheras y encerrar los terneros o para arriar, de madrugada, la yeguada que había de atarse a los arados.

Según él contaba no había conocido a su madre ni a su padre. Ignoraba quiénes fueron sus progenitores. Sabía que se llamaba Teodoro, a secas. Cuando tuvo uso de razón supo que los otros tenían apellido. Él nunca había oído el suyo ni encontró un protector que se lo diera. Eso de no tener apellido no le preocupaba. Por cálculos y referencias se atribuía quince años. Su apariencia lo atestiguaba.

Teodoro fue siempre el mandadero de la peonada en los fogones de los puestos de las estancias que recorría. El alma noble de los paisanos le brindaban caricias enternecidas y le alcanzaban siempre una trincha de asado que sus manos mugrientas llevaban a sus filosos dientes infantiles.

Cuando más grandecito acompañaba a la cocinera hasta el tambo, donde desayunaba con un tarro de leche espumosa recién ordeñada.

Allí, en el corral, junto a las vacas fue creciendo y aprendiendo el manejo de la hacienda. En el petiso repuntaba los terneros y empezó a hacer mandados hasta el boliche.

Cuando las alas le crecieron ensayó el vuelo. Como los pájaros, conoció el deleite de la libertad y peregrinó por los campos inconmensurables, haciendo postas en cuanto rancho encontró a su paso. Pagaba con trabajos y mandados la hospitalidad que se le brindaba. No ambicionaba sueldos ni jornales. Se sentía satisfecho con las ropas viejas y las alpargatas que le regalaban en las estancias. Comida no le faltaba.

Así había vivido su niñez y adolescencia, cuando llegó a ofrecer sus servicios a la estancia “Las Margaritas”.

Don Juvenal lo conchabó y le indicó sus obligaciones que el negro cumplía con actividad y buena voluntad. Así, pronto se ganó las simpatías de todos.

Por aquellos años, principio del siglo, doña Petrona se trasladaba a la ciudad de Victoria, durante el período escolar, con todos sus vástagos, que eran numerosos, para mandarlos a la escuela. Don Juvenal quedaba en la estancia.

Todos los días, de madrugada, el negro Teodoro recorría a caballo los quince kilómetros que separan la estancia del pueblo, llevando en las maletas dos tarros con leche recién ordeñada para el gasto diario de la familia. A medio día estaba de regreso en la estancia, con correspondencia, diarios, revistas y algunos comestibles.

Los sábados, llevaba, además, dos montados de tiro, ensillados, en los cuales regresábamos a la estancia en horas de la tarde, para pasar con nuestro padre el fin de semana.

El negro Teodoro era para nosotros más que un peón, un compañero, un hermano mayor que nos guiaba y nos cuidaba con preocupación, al punto que le habíamos tomado cariño y lo buscábamos siempre para hacerlo cómplice de nuestras correrías por el monte o los bañados de la isla en las largas siestas del verano, mientras el “viejo” dormía.

Varios años de aquella infancia feliz pasaron así, hasta que las exigencias de los estudios nos alejaron de esos lugares de ensueño, para no volver más.

Veloces los años han corrido, aquellas cabelleras castañas que nos defendían del sol, son hoy cimas nevadas que todavía no han alcanzado a enfriar nuestra alma, donde tantos recuerdos gratos nos vuelven a aquel pasado con una lágrima de emoción que llega desde el jardín florido de nuestra niñez.

¡Adiós negro Teodoro!

De l libro “Pialando recuerdos” , inédito. El autor fue director del diario El Territorio en los años 1939/40. Falleció en 1971.
Atilio Fernández de la Puente

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