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La hija que ya no está

domingo 12 de septiembre de 2021 | 6:00hs.
La hija que ya no está

¡Cuánto dolor me ha causado tu decisión y esa abrupta partida! ¿Realmente haz sentido la imperiosa necesidad de borrar tu existencia y con ello todo lo que valía la pena?

Pues eso nunca lo sabré, lamento mucho no haber podido retenerte más tiempo, y no saber cómo ayudarte a permanecer junto a mí.

Cada día es una lucha agotando todo el resabio de fuerzas que tenía.

Verte allí inerte y fría junto a tu cama, me ha resultado mucho más doloroso y traumático de lo que alguna palabra acaso del idioma pudiera representar. Jamás imaginé escribirte estas líneas, pero aquí estoy, con tu oso gigante de dormir a mi lado, y esa almohada tuya que aún conserva tu olor… sentada en forma de indiecito justo como nos sentábamos para hablar, arriba de tu cama, como si acaso un poquito de tu alma haya quedado aquí a mi lado, junto a tus cosas, frente a tu retrato.

Nadie está preparado para sentir que un hijo se va de la casa, y mucho menos de esta manera tan trágicamente absurda. ¿Qué juego tan oscuro habrás estado jugando; o acaso no pensaste un momento en mí?

Ya es tarde para hacer esas preguntas, conjeturas que no tendrán respuesta porque ya no estas, porque te has ido, y contigo ese cinco de octubre se ha ido mi alma. Un gran pedazo de mi fue tras tu decisión, tras aquel viaje incierto que decidiste tomar.

Solo una nota, solo un renglón sin sentimiento ni coherencia alguna, sin razón, solo un “Ya no aguanto más”

Que fue lo tan duro que no aguantaste mas y que fuera tan grave para no decírmelo en paz, en charla de chicas como solíamos tener, en algún paseo o acaso con unos mates de por medio. Pero no, decidiste que acabar con todo, era la salida, y aquí me tienes, frente a tu retrato, sin poder expresarte mis ideas, ni siquiera saber las tuyas. ¡Cuántas cosas que pude haberte dicho!

Todas esas semanas anteriores pudieron servir de aviso, de anuncio, de llamado de atención, pero no… allí estaba yo: inmersa en mis cosas, preocupada por la situación que me agobiaba y mis propios fantasmas, pero no vi que estabas allí, ocultando un plan siniestro de escape, una decisión que acabaría con las dos.

Verte vacía luego fue el mayor de los dolores, ver como esos ojos que antes brillaban como gigantes bolas marrones, ahora estaban apagadas, y todo eso que significabas para mi vida, se vería solamente en una especie de sueño, de algo que fue sin serlo, de algo que se desvanecería luego.

La gente al pasar del tiempo dejó de preguntar por vos, y yo aún sin saber cómo responder a ninguna pregunta al respecto, sintiéndome absolutamente culpable de tu decisión de huida, ¿tanto dolor había causado en tu corazón ser mi hija para preferir esta partida? Pues esa pregunta me atormentaba cada noche, cada momento desde que te he tenido, hasta esa última noche que te vi… todo el tiempo me atormentaba un llamado a mitad de la noche de un “Mamiii!!!!” y una forma absolutamente caótica de despertar de golpe, temblando y con la frente mojada de una fría traspiración… y no, era solamente una llamada en mi cabeza, de aquella hija que ya no estaba, que tampoco volvería a estar nunca, y aquello que llamaban los terapeutas del “nido vacío”; para mí no eran explicación ni consuelo alguno. Haberle dado todo lo que pude mientras estuvo conmigo, tampoco servía de consuelo, porque la culpa del alma, de no haberla podido retener más tiempo, me consumían de a poco y ahora mismo tratando de convencerme de que la vida sigue, y que soy una persona aparte de lo que fue ella, que somos seres individuales y cumplimos misiones individuales, y todo lo demás… nada de todo aquello justifica el escape, ni tampoco mi silencio.

Pasa y pasa el tiempo, y sigo volviendo a su cuarto y viendo las cosas que allí están desordenadas, en un modo muy adolescente, con imágenes de los músicos del momento, con flores y frases hechas dibujadas en hojas arrugadas y tiradas al lado de una lámpara que ya no funciona, que ya no enciende, como aquellos ojitos brillantes que ya no están, que ya no brillan.

Todo lo que fui en su vida, fue insuficiente, porque a pesar de creer haberlo hecho todo por el bien suyo, no pude amarrarla a la vida, no pude significar un motivo para seguir, para “seguir aguantando” aquello tan misterioso que partió con ella, y no se ni sabré que fue lo tan duro que tuvo que aguantar tanto, que la desbordó de tal manera que no pudo seguir, que no quiso seguir, o que no contó conmigo…

¿Tan invisible pude haber sido para ella que no fue capaz de confiarme sus dolores y sus verdaderas intenciones y planes para su vida?

No hay terapista que alivie ni religión ni amistad ni familia ni contención alguna, nadie sabe lo que siento, ni lo que me pesa esa culpa de no haberla entendido a tiempo, no haber podido prever ese desastre.

A la tumba de su padre ausente fui un día a pedir que ilumine el camino hacia la luz a este almita nuevo que partía; entregando con el mayor de los dolores la única persona que completaba ese vacío de ser madre, llenaba ese espacio de “hijo”.

Entregar a ese padre que en vida fue ausente, y que en el viaje al más allá no la desampare, y no permita que nada malo pase a su pobre y atormentada almita… entregar a quien ya se ha ido, fue un paso más de mi proceso de dolor, de perdida y de entrega absoluta, y de vuelta a entregar al universo, al infinito, al polvo de estrella que somos, o al mismísimo dios si estaría acaso por ahí; y escucharía mi plegaria desesperada de entrega, de aquello que había sido en su momento el motor de mi vida, aquello que  le daba el sentido, y ahora se había ido.

Vuelta y vuelta de la tierra, y a un par de años luego de aquello, aunque ya nadie la volvió a mencionar, cada día recuerdo su cara; su ceño fruncido de días de mucho nervio y chinchudas mañanas, su risa traviesa al ser la cómplice en algún par de bromas, y esos ojos enormes brillantes marrones que desde tan pequeña habían llenado mi mundo. Dejé de culparme por su decisión de abandonarme, dejé de culparla por el dolor que me ha causado, y dejé de entregarla porque entendí que una parte de ella seguía conmigo a pesar del paso del tiempo.

Refugiarse en las pasiones y que aquellas actividades cotidianas sean las que llenan los días no de rutina, sino de optimismo, no de aventura sino de realidad… mucho más madura que antes, y mucho más tranquila y feliz que nunca antes… volví a soñar, a querer despertar, y a vivir por mí misma, que al fin y al cabo soy persona, soy un individuo sea o no sea madre de alguien, sea o no sea esposa o hija de alguien, soy un ser individual en este mundo lleno de individualidades, y con tantas ganas de soñar y de cumplir sueños, de luchar por trabajar en lo que me apasiona, de despertar cada mañana con buena energía, y no entregar al mundo más nada…dejar que fluya, dejar que la vida me siga sorprendiendo día a día.

Volví a vivir, luego de haber perdido cualquier motivo de risa, de vida y de proyecto.

Volví a sentirme viva, y a proyectar en mi propio plan: ser yo misma, recordar pero no sentir culpa de aquello que no fue, de aquello que ella no quiso ser, de aquello a lo cual solamente yo aspiraba, solamente yo soñaba, y ella pobre… ¡pobre ella! Solo aguantaba.

Inédito. Martini reside en Puerto Rico, es abogada y docente. Ganadora (2004 y 2005) del concurso literario “los jóvenes cuentan”.

Aideé Jéssica Martini

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