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Vecinos

domingo 12 de septiembre de 2021 | 6:00hs.
Vecinos

Soy forestador. De alguna extraña manera los árboles los tengo en la sangre.

 Si volviera a nacer creo que me haría carpintero. La madera, su color, su textura, sus vetas, sobre todo su aroma me siguen fascinando. Generalmente la madera tiene aroma agradable, como los resinosos, a veces intoxicante, como el incienso. Pero hay un árbol que crece en los montes misioneros, en la zona lo llaman el laurel hediondo. Su madera mantiene en el tiempo un olor penetrante a orina humana. Su madera es muy barata. Los carpinteros la usan generalmente para hacer casas, su color es como el de canela, un poco más oscura. Las tablas secas despiden mucho menos olor y con el tiempo éste desaparece. También desaparece con una buena mano de cal.

 Si se la vuelve a limpiar o cepillar el intenso olor vuelve, no importa cuánto tiempo haya transcurrido.

Para poder atender adecuadamente el problema de salud de mi esposa, tuvimos que abandonar Eldorado, donde habíamos formado un hogar. Por fortuna conseguí trabajo en Buenos Aires y con el tiempo pude volver a independizarme. Mi atracción por Misiones siempre se mantuvo.

En el año 1975 leí un artículo en una revista sobre un árbol que me llamó poderosamente la atención. Su nombre botánico es Paulownia Imperialis o tomentosa, su nombre común Kiri y es oriundo de la China. La historia es la siguiente:

Hubo una corriente inmigratoria de japoneses que se instalaron en el sur del Brasil.

 En el Japón muchos campesinos tienen la costumbre de plantar un Kiri cuando nace una hija en la familia, que se tala cuando la hija se va a casar. Con el dinero se le compra el ajuar o se hacen los muebles para el nuevo hogar.

Los campesinos que se instalaron en el sur del Brasil, sobre todo en la zona de Mogi das Cruces, siguieron con esta costumbre trayendo las plantas del Japón.

 Uno de ellos observó que uno de sus árboles crecía muchísimo más rápido que los demás. De casualidad, lo que este campesino descubrió fue un híbrido. Se supo más tarde que es una cruza entre el Paulownia imperialis original y el Paulownia fortunei (otra variedad) y que luego fue designado botánicamente con el nombre de Paulownia fortunei variedad Mikado.

Como todo híbrido, sólo se propaga por vía vegetativa. En el caso del Kiri es por esquejes, que son pedacitos de raíz.

El Kiri Mikado en tierras menos fértiles, como los pastizales, puede llegar producir fustes de 60 cm. de diámetro altura pecho con 4 metros de altura en 6 años. Este crecimiento es 10 veces superior al de los pinos en las forestaciones misioneras y como 60 veces el crecimiento de un pino en el Canadá, Finlandia o el sur argentino. Si los anillos anuales de éstos tienen apenas un milímetro, los anillos del kiri superan los 5 cm. Su madera es blanda de color muy claro, sin veta y contraveta, muy liviana (pesa el doble de la madera Balsa), muy resistente a la torsión y a la flexión. Es una de las maderas más estables que conozco. No se tuerce ni se alabea una vez seca.

 En tierras fértiles el precoz crecimiento va en detrimento de la densidad de la madera. Puede llegar a ser inútil para carpintería pero sigue siendo muy útil, como la fabricación de papel, por su fibra relativamente corta pero muy ancha.

Los japoneses ni lerdos ni perezosos hicieron plantaciones con ese híbrido y en el momento que “descubrí” el árbol, ya estaban exportando su madera al Japón. Había ya tres barcos equipados con aserradero y secaderos. Los troncos de Kiri se elaboran en el viaje y la madera llega lista para su siguiente elaboración o uso.

Conseguí vender unas 60 hectáreas de monte que tenía en la zona de Eldorado y con eso compré pastizales en el sur de Misiones. Son tierras mucho más pobres que las de más al norte y muy parecidas a las tierras del sur Brasileño.

Había conseguido suficientes esquejes el año anterior para implantar un vivero de donde, en ese momento, estaba sacando nuevos esquejes para su implantación.

 Tenía unos vecinos que eran de origen dinamarqués. No eran directamente vecinos pero vivían en la zona. Se dedicaban a la elaboración de yerba mate y a la cría de ganado. Ya me habían invitado varias veces a tomar unos mates a la tardecita.

Un día mientras estaban deleitando unos tererés, mate frío que se baña con algún jugo de frutas muy refrescante en verano, el dueño de casa me dijo “venga..., que le voy a mostrar algo”.

La casa era espaciosa, con verandas en dos costados. Las habitaciones eran grandes amuebladas con mucho gusto. Todo simple aseado y prolijo.

Me hizo pasar a una pequeña habitación al final de veranda. Tenía una sola ventana. Las paredes eran de madera de lapacho machimbrada de color natural, de distintos anchos. También el piso era de lapacho, prolijamente lustrado.

El lapacho es de las maderas más nobles. Pertenece a la familia de las Bignonaceas. Su nombre científico es Tabebuia y existen varias variedades. Autóctono de esta zona ya me habían contado que abundaban por ahí y que la mayoría fueron talados a principios del siglo 20. Todavía se los ve en todo su esplendor en la primavera cuando florecen, pero son los retoños jóvenes que todavía necesitan muchos años para que su madera pueda ser utilizada. La madera del lapacho es muy dura, pero muy dócil para trabajarla.

Colgadas en las paredes había algunas fotos de tiempos pasados, enmarcados. Todo esto le daba a la habitación una sensación tibia y acogedora.

Como único objeto, en el centro, había como una tarima sobre la cual descansaba una montura tipo vaquero americano, con su típico cuerno de donde colgaba enrollado un lazo, con doble hilera de cinchas y el asiento profundo. Era simple, sin adornos y del lado derecho en su funda, una carabina Winchester corta, la que solía usar la caballería. Todo estaba en perfecto estado pero se notaba que había tenido mucho uso. Tenía el aspecto de las botas de los buenos jinetes.

Mi vecino me contó que ésta era la silla de su abuelo que había llegado a esos lares a fines del siglo 19. Me mostró una foto de él, colgada en la pared. Se veía un hombre de trabajo, curtido por el sol, no se le veía bien los rasgos de la cara por su sombrero de ala ancha. Estaba parado solo, delante de un sulky con un caballo, a la izquierda un galpón de madera y en el fondo una rueda de madera en el arroyo que parecía girar, se veía el caer del agua de los cangilones.

Me contó su historia:

Había nacido en Dinamarca. A los 14 años se embarcó como aprendiz marinero en un barco de carga. Desembarcó en Mombasa, Kenia. Después de un tiempo, en Harare, la capital de Rodesia, parece que pudo comprar tierras. Se cree que allí aprendió todo referente al ganado.

No se sabe por qué y cómo pero dejó Rodesia y viajó a los Estados Unidos terminando como vaquero en Montana.

En Posadas Misiones desembarcó del tren con su montura en el hombro. Parece que vino con fortuna porque al poco tiempo compró unas 1000 Has cerca de Loreto a unos 50 kms de Posadas. Todo pastizal, sólo bordeando los arroyos alguna selva. La propiedad está prácticamente dividida en dos por el arroyo Yabebirí, que es caudaloso.

 Todo indica que era muy diestro con el ganado, buen negociante y muy ducho con las manos. Plantó yerba mate, la secaba y canchaba (que es la molienda gruesa). También secaba la yerba de algunos vecinos. Pronto se dio cuenta que era conveniente también hacer la molienda fina para venderla con su propia marca.

Para eso necesitaba mezclar yerbas de distintas calidades y proveniencia. La mezcla de yerba de campo con la yerba de los montes naturales produce un mate aromático y sabroso. Dos o tres veces por año organizaba una caravana de mulas. Con ellas traía la yerba silvestre de los montes de San Pedro (ubicada a unos 200 kms de distancia) para hacer la mezcla de su marca que siempre debe tener el mismo sabor.

En el Yabebirí buscó un lugar adecuado y con las maderas de su propio monte construyó una rueda de madera con cangilones para hacer girar el molino para la molienda fina. Las bolsas bien atacadas (la yerba bien apretada dentro de las bolsas) se estaciona en un “noque “, (galpón con piso de madera y doble pared también de madera). Allí quedaba un año. En ese año la yerba adquiere su verdadero sabor y aumenta 10% su peso porque absorbe humedad.

Recién entonces era llevada, también con mulas, a la estación de ferrocarril de Posadas para su transporte y venta en Buenos Aires.

En aquella habitación, que era un muy importante para toda la familia, como sagrada, también me mostró una libreta de anotaciones.

La pude estudiar con atención. Según los datos el abuelo iba a Posadas cada dos semanas, anotaba puntillosamente lo que tenía que hacer, los gastos y a veces hasta los horarios.

 Iba con su sulky, llevaba otro caballo a la rastra para turnarlos. Salía a las 4 de la mañana. A eso de las nueve llegaba a Posadas, hacía sus negocios y sus compras. Generalmente llegaba en su casa las nueve de la noche.

Nunca quise indagar sobre este personaje fascinante. Algunos comentarios que escuché aquí y allá mencionaron que era de carácter bastante hosco y difícil. Que trataba a sus colaboradores con rudeza. Se casó con una criolla y que tuvo varios hijos.

Fue el primero en toda la comarca que adquirió un camioncito, no supe en qué año. Un día, al entrar en su propiedad vio un árbol caído sobre el camino, al bajarse del vehículo para ver qué pasaba, desde un montecito cercano le dispararon y murió en el acto.

Nunca encontraron al asesino.

¡Cuantas preguntas sin contestar! Sólo se puede conjeturar y hacer volar la imaginación. ¿Porqué se fue de Rodesia abandonando sus tierras? Sus descendientes, con los papeles que había dejado, pudieron, en el tiempo vender esas propiedades por considerable valor.

¿Qué edad habrá tenido cuando llegó a este país? ¿Qué sueños habrá tenido? Sé que era capricorniano. Aunque no pude recordar el año de su nacimiento me acordé que había nacido en el mes de enero. El capricorniano, como regla general, es puntilloso y lo más importante para él es el trabajo. Pareciera que los de este signo por lo general no trabajan para un fin en particular sino por el trabajo en sí. ¿Habrá sido así?

¿Cómo habrá hecho el dinero para comprar al contado semejante propiedad?

Recuerdo el caso de Butch Cassidy que llegó a la Patagonia para continuar con sus fechorías. ¿Habrá llegado este hombre a la Argentina perseguido por la justicia? ¡Nunca lo sabremos!

Todo es más fácil y rápido hoy en día. 50 km los recorremos en poco más de media hora. Para el transporte hay rutas asfaltadas, y camiones que transportan 80 toneladas o más. Para comunicación, celulares. Para información, la computadora.

¿Había en la zona un ingeniero hidráulico en esa época?. ¿Cómo hizo para calcular el caudal del agua, el diámetro de la rueda, su ancho y la profundidad de los cangilones para que todo pueda funcionar bien?. Todos los engranajes estaban hechos de madera dura. En el molino no había ninguna pieza de metal. ¿Dónde aprendió todo eso?

Es muy fácil decir que traía yerba de monte con una caravana de mulas.

Tienen que haber sido sus propias mulas. La mula es un animal testarudo, no fácil de amaestrar. Si se le pone un apero diferente, no camina, si se la coloca en la fila fuera del orden a lo que está acostumbrada, no camina. Si se le carga unos kilos demás, o de menos, no camina. ¿Habrá tenido personal especializado para esto?.

No podía dejar de admirar a ese hombre. Lo tengo catalogado como un verdadero pionero.

Cuántos de esos hombres hubo, que ayudaron, sin darse cuenta, a forjar el país.

Está enterrado en el cementerio de un pueblo cercano. Se nota que sus descendientes cuidan su sencilla tumba.

El relato corresponde a vivencias del autor en la década del 50. Son parte del libro Recuerdos de Misiones, inédito. Klomp tenía propiedades en Eldorado. Falleció en 2019 en Buenos Aires.

Gerardo Klomp

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