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Una estrella amarilla para Amalia

domingo 29 de agosto de 2021 | 6:00hs.
Una estrella amarilla para Amalia

Cada vez que pasaba por el puente “banana”, sobre el arroyo Piray Guazú, Juan pensaba en Amalia. Ella tenía allí su estrella amarilla, de las que se pintan en la ruta en memoria de las infortunadas víctimas de accidentes automovilísticos.

Juan divisaba la estrella recién pintada, antes de cruzar el puente curvo y lamentaba en ese momento que sus ruedas tengan que pisarla, la pintura se iría borrando con el tiempo. ¡Maldito tiempo que se lleva lo bello y querido!

Pensaba que las estrellas deberían estar pintadas en carteles viales al costado de la ruta, así no se borrarían e inevitablemente los conductores siempre tendrían que recordar que la cautela y la prudencia salvan vidas.

Juan estaba decidido a hablar sobre el tema con la entidad vial encargada de dichos menesteres.

A pesar de sus tantas preocupaciones, en especial la salud de su esposa que luchaba consternada con un incipiente cáncer de mama, resolvió comprar al final de su viaje una rosa amarilla para plantarla al costado de la ruta en honor a Amalia.

Esa semana en su viaje del lunes, los pasajeros del colectivo que manejaba Juan, fueron testigos de un hecho único e irrepetible de gran emoción: el chofer frenó y estacionó el micro luego de cruzar el “puente banana”. Bajó con una pala de punta en una mano y una rosa amarilla en la otra. Le tomó cinco minutos plantarla a la vera del asfalto.

Ningún pasajero se quejó. Algunos pensaron que se había pinchado una rueda, otros miraban dudosamente por la ventanilla. Los más jóvenes seguían prendidos a sus auriculares, a la música de sus celulares.

Un anciano que viajaba en el primer asiento bajó curioso, lo ayudó a cavar sin preguntas y colocar la rosa en el hoyo; y hasta a regarla, con el agua de un bidón.

Juan oró en voz bajita: esto lo hago en honor a todos los dueños de las estrellas amarillas que piso en ruta, día a día y también por quienes no las tienen pintadas”.

El anciano, al escucharlo, se sacó el sombrero, alzó las manos al cielo y rezó en idioma incomprensible para Juan.

Luego de este místico y mágico momento, subieron al ómnibus y siguieron viaje.

Al llegar a la terminal de Posadas, a Juan lo esperaba su familia. Su esposa estaba ansiosa con un gran sobre en las manos. Cuando bajó del rodado, su esposa como saludo le entregó el sobre, diciendo con voz cortada:

-¡Juan, aquí están los últimos resultados, el cáncer está desapareciendo! ¡Mi amor las células cancerosas retroceden sin explicación médica! ¡Es un milagro!

Se abrazaron como nunca antes y mirando de soslayo Juan vio cómo el sol de la mañana se transformaba en una gran estrella amarilla.

 

María Andrea Reyes

Reyes es docente, miembro del Grupo Literario “Buscapalabras” de Puerto Esperanza, Misiones. Coautora del libro “Yo estuve allá”. Participó de varias antologías.

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