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Las consecuencias de la estrepitosa caída de Afganistán

sábado 28 de agosto de 2021 | 6:00hs.
Las consecuencias de la estrepitosa  caída de Afganistán

Por Luis Gonzalo Segura Para Actualidad.rt.com

Sólo el tiempo podrá precisar la magnitud del impacto y las consecuencias de la esperpéntica e histórica derrota en Afganistán para los Estados Unidos y, sobre todo, para el resto del planeta, pero de lo que podemos estar seguros es que nada bueno acontecerá, pues Estados Unidos será capaz de cualquier maniobra con tal de seguir controlando el planeta.

Si pensamos en los objetivos públicos que esgrimieron los norteamericanos, el fracaso no puede ser mayor. Es una hecatombe histórica. Tras varios billones de dólares y varios millones de muertos en Afganistán e Irak, estos países no se han democratizado, no han dejado de ser refugio de terroristas ni tampoco se encontraron en ellos las armas de destrucción masiva ni al malo malísimo de Osama Bin Laden, al que asesinaron en Pakistán.

En cambio, si pensamos en los verdaderos objetivos norteamericanos en Afganistán, e Irak, porque difícilmente pueden ser desligados, ya que forman parte de la misma operación, la mayoría se han cumplido: la industria militar obtuvo milmillonarios beneficios; Irak y Afganistán se han convertido en dos países inestables en las proximidades de China, Rusia e Irán –incluso Pakistán–; y ambos países se han abandonado cuando el coste ha superado al beneficio.

Entonces, ¿cuál es el fracaso de Estados Unidos? El principal fracaso de Estados Unidos en Afganistán, e Irak, no es haber destrozado ambos países para beneficio de sus intereses geopolíticos o de sus industrias militar, petrolífera, farmacéutica o textil, sino haber sido incapaz de imponer gobiernos pronorteamericanos que pudieran mantener el expolio y la lealtad a cambio de cuantos abusos y corruptelas quisiera cometer. Pero, sobre todo, el fondo fundamental del fracaso lo encontramos en las formas, en el caos de la retirada, en las imágenes. A poco que reflexionemos, de Irak surgió nada menos que el Estado Islámico, la intervención fue mucho más injustificada y el fracaso resultó mucho mayor, pero no existió en la opinión pública una sensación semejante de fracaso. Es el poder de la imagen y, también, del teatro de los medios de comunicación occidentales.

Con todo, dos países inestables,dos bombas de relojería en un triángulo formado por China, Rusia e Irán, es un escenario geopolítico más que óptimo para Estados Unidos, que ha arrasado y ha expoliado la región y los recursos durante décadas hasta que estos han comenzado a perder valor. Porque, siendo honestos, el peor escenario geopolítico para Estados Unidos habría sido construir dos democracias modernas y fuertes, soberanas e independientes. Dos países que podrían haberse convertido en aliados de China, Rusia, Irán o Pakistán, o al menos en elementos estabilizadores de la región. Y, lo peor de todo, en rivales regionales de aliados geopolíticos tan importantes como Israel, Arabia Saudí o Turquía. Mejor geopolítica de tierra quemada que de desarrollo regional. Si no se puede asegurar la lealtad, mejor gastar billones en la destrucción que en la construcción.

Por ello, la geopolítica norteamericana no experimentará grandes cambios, aunque ello no quiere decir que el planeta no se vea afectado por ello.

Europa, el principal apoyo norteamericano en el mundo y pieza fundamental en el tablero euroasiático, ha vuelto a mostrar públicamente su decepción con la política exterior de Estados Unidos. Las imágenes de Kabul, del desastre afgano, aunque teatralizadas por los medios de comunicación y convenientemente desenfocadas, no resultan plato de buen gusto. No tanto por lo que acontezca en Afganistán, lo que en el fondo a Europa no le importa gran cosa, sino porque, como ya aprendió tras Irak y Siria, las consecuencias humanitarias de esa cada vez más numerosa riada de refugiados y desplazados, por encima de los setenta millones, impactará de lleno en el Viejo Continente.

Es cierto que existen mecanismos para minimizar el daño, pues siempre se puede pagar a Turquía o Marruecos para que limpien de migración a la aristocrática Europa, pero no dejará de ser una nueva evidencia para los europeos de qué son realmente, de cuál es susumisión a Estados Unidos o su incapacidad de actuar en su área de influencia. Debido a Afganistán, Europa es, ante su ciudadanía, cada día más títere de Estados Unidos.

En este contexto, surge la oportunidad de crear un ejército común y convertirse en un actor geopolítico más. Es decir, independizarse realmente de Estados Unidos. Ello sería beneficioso para el mundo, tanto como perjudicial para Estados Unidos, que quedaría arrinconado en el continente americano, pero no se antoja sencillo. Y es que Europa es, ante todo, insolidaria y autodestructiva y, aunque se presente como una unión, dista mucho de serlo. Se denominan tensiones norte-sur y este-oeste, pero realmente son desigualdades económicas, culturales, fiscales, militares, democráticas, educativas o sanitarias tan abismales como los salarios mínimos nacionales, que oscilan entre los quinientos y los más de dos mil quinientos euros. Solo es una prueba, pero hay varias Europas: de ricos, de pobres, de ultras, de regímenes autoritarios, de paraísos fiscales, de demócratas…

A pesar de la herida afgana, Estados Unidos sigue fuerte en Europa, una Europa tan sumisa como dividida, aunque revuelta, por lo que es muy probable que Estados Unidos redistribuya sus esfuerzos para fortalecerse en Europa y, también, en América Latina. Esta redistribución de esfuerzos denota debilidad, ciertamente, pero también pragmatismo, ya que, muy probablemente, Oriente Próximo sea una región abocada a perder relevancia a medida que sus recursos sean cada vez menos importantes. Es un proceso que ya ha acontecido en otras regiones en otros momentos históricos, como en la América española, en la que los recursos mineros dejaron de ser relevantes a medida que las necesidades cambiaron.

Así pues, los norteamericanos saben que su estatus de potencial global depende en exclusiva de su dominio sobre Europa –y de América Latina–, una región cada vez más cabreada en la que deberá trabajar con gran esfuerzo en los siguientes años para recuperar la confianza. Ello, que Europa sea la clave del estatus planetario de Estados Unidos, no debe hacernos olvidar que en los últimos veinte años Estados Unidos es cada año menos dominador y sus fisuras se muestran cada vez más profundas, hirientes y visibles.

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