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Historia sintética de una amistad y de una balsa

domingo 22 de agosto de 2021 | 6:00hs.
Historia sintética de una amistad y de una balsa

“Pero tengo un año más que tú, Beppe, y soy yo
quien diré primero adiós a la Argentina.
Y tú, después de tantos años, una mañana,
No sentirás más mi brazo a tu lado....”


Con el amigo José Francesconi nos conocimos en el arsenal de Spezia, ambos simples carabineros y en seguida nos hicimos amigos.

En el antiguo convento de San Francisco donde éramos más de cien, había un teatrito y dos veces a la semana los que estaban de franco asistían a algunas comedias en las que mi amigo y yo éramos los artistas....¡Figúrense el resto !

Después de un año fui ascendido a vicebrigadier y trasladado a Alejandría. Mi amigo solicitó lo mismo y logró seguirme. Pero pocos meses después Francesconi fue llamado a Turín para un curso acelerado de instrucción, al terminarlo fue ascendido a vicebrigadier y transferido a la legión de Palermo. Yo, mientras tanto, ascendido al grado superior, fui mandado a Roma.

No por esto cesó nuestra amistad. Tanto es así que como dos enamorados cada mes nos escribíamos larguísimas cartas contándonos las aventuras y peripecias de nuestra vida militar y nos consultábamos también sobre temas del servicio.

Pasaron doce años de una correspondencia ininterrumpida. Después le escribí que me licenciaban y que estaba dispuesto a partir para América.

“Tengo todavía un año antes de terminar mi servicio, espérame que voy también yo”.

Lo esperé. Puntual, al terminar el año, se licenció y llegó hasta mi casa. Desconociendo todo lo que se refería a la vida civil, los dos sin profesión, estábamos indecisos ante la elección de un país del nuevo mundo. Nos decidimos finalmente por la Argentina. Es así que, en el mes de junio del año 1900 llegamos con el vapor francés “Los Andes” a Buenos Aires.

A los pocos días de la llegada, atraídos por ciertos avisos traicioneros, nos decidimos a venir a trabajar la tierra en Misiones.

Nos proveímos de hachas, azadas, machetes, y otros utensilios indispensables, partimos y desembarcamos un buen día a Misiones. En medio del monte abrimos una “ventana” para ver el cielo y con los árboles abatidos construimos el primer rancho, el que como estaba muy mal hecho, casi se nos cayó sobre la nariz una noche de tormenta. Trabajamos para construir otro más sólido. Pero dos gallos en un gallinero y sin gallinas no pueden ponerse de acuerdo; nos peleábamos a menudo, yo desordenado desde siempre, él tan ordenado que plantaba los porotos con un hilo para que naciesen en fila. Resumiendo decidimos separarnos.

Paseando por la selva en busca de....gallinas, yo encontré en la hija de un antiguo emigrante político francés, hombre a la antigua, de buen juicio y de una probidad única, quien antes de darme la muchacha, me tuvo a prueba durante un año, en su casa, sin concederme a prueba a la amada doncella, como (¡entre nosotros!) hubiera sido mi deseo....

El amigo encontró una hija de un italiano y de una brasilera y finalmente nos establecimos, yo en Santa Ana y él sobre la ribera opuesta del río Yabebiry, en plena selva, alejados quince kilómetros de un centro habitado.

Nuestra amistad, ni siquiera por esto se resintió. Cada tanto yo iba a su casa o él venía a la mía.

Pero ahora que tiene los hijos grandes me manda a estos simpáticos muchachos pero él, que está ya viejo como yo, para no moverse se excusa diciendo que no puede pasar porque el río está crecido.

La excusa del río crecido me hizo creer otras cosas y decidí eliminar el inconveniente.

Un día que vino a casa le pregunté que cómo siendo más de cincuenta familias esparcidas en el monte donde él vivía no se les había ocurrido construir una balsa con la que podían acortar en treinta kilómetros el recorrido desde ese lugar a la capital del Territorio.

- Lo hemos pensado -me respondió- y hace algunos años reunimos muchas firmas y nos dirigimos al Gobernador. Pero éste no nos llevó el apunte. Y no se hizo nada más.

-Prueben otra vez -le dije- Y mándame la lista de los interesados. Yo me encargará de presentarla al Gobernador.

No conocía al Gobernador. Pero me constaba que finalmente teníamos en Misiones un funcionario modelo de honestidad que se ocupaba seriamente de la cosa pública y de todo lo que significa un progreso para el Territorio.

Con la lista, un día descendí hacia Posadas y me presenté a la Gobernación. De costumbre -producto de la experiencia- cuando voy a una oficina pública compro primero una revista para no perder la poca paciencia que me queda permaneciendo horas y horas en la sala de espera.

Así que aquel día compré la linda revista Claridad, que me gusta mucho porque además de ser moderna e instructiva no tiene como todas las revistas de América la mala costumbre de mandar a los lectores a véase a página tal , con el sistema de separar en varias partes el artículo o cuento. Claridad hay que decirlo, merecería ser más conocida en Argentina por su material científico bien elegido y por suerte no intercalado de publicidad.

Y fue buena mi idea de llevar la revista porque el día siguiente el Gobernador debía ir a Buenos Aires y en su oficina era un ir y venir de personajes políticos, de solicitantes y de ....petulantes.

Esperé más de dos horas. Al final, después de mediodía, se presentó delante mío yendo a almorzar el señor Romaña y lo abordé.

-Excelencia- le dije, presentándole la lista- hay más de cincuenta familias aisladas en el monte que quisieran se proceda a la construcción de una balsa sobre el río Yabebiry que la separa de la capital durante varios meses en el año.

Aquello de “cincuenta familias” impresionó a Su Excelencia, quien llamó en seguida a su secretario para que tomase los datos necesarios. Después volviéndose hacia mí me preguntó:

- Usted ¿dónde vive ?

- En Santa Ana.

- Bien -agregó- parto esta noche para Buenos Aires. Pero le prometo que a mi regreso iré a verlo. Usted me acompañará al lugar y veremos qué se puede hacer.

Efectivamente doce días después recibí un llamado telefónico del señor Romaña. Quedamos de acuerdo para encontrarnos a las tres de la tarde en el Comisariado para acompañarlo. Yo tenía que alquilar un auto y tuve la infeliz idea de decir al dueño que era para llevar al Gobernador y aquel desgraciado, que pretende ser buen volante, en lugar de mandar al chofer quiso venir él mismo a conducirlo.

Llovía a cántaros. La picada para ir al Yabebiry era y es todavía casi intransitable: troncos, piedras, badenes, floresta, hundimientos, con la lluvia volvieron más difícil el viaje. Mientras que aquel bárbaro de conductor sudaba la gota gorda me hacía pasar a mí, que sufro del corazón, las de Caín. Cuando Dios quiso llegamos al lugar.

La primera cosa que me dijo el señor Romaña fue :

- Sabe, señor Zamboni, le regalo este camino. No sé cómo podrán pasar con carga, por esta picada imposible.

- Escuche Excelencia -le respondí- la ruta no puede ser peor, pero al final se llega a aquí. A donde no se llega es a allá, a la orilla opuesta.

- Tiene razón, .....agregó. Cuente con doscientos cincuenta pesos que es todo lo que puede ofrecerle la Gobernación. Y trataré de recomendarlo al Jefe de Vialidad para que contribuya con su personal en la construcción de la balsa.

Un poco de aquí otro poco de allá, con la ayuda también de los Municipios vecinos, la balsa estuvo hecha después de un año. Dentro de poco, con la presencia del señor Gobernador y de otras autoridades y con una fiestita la inauguraremos. Y así mi amigo no tendrá más la excusa de que el río está crecido y no puede pasar....Pero ambos nos estamos ya acabando. Y aquí termino como comencé, con los versos de De Amicis:

Y ya veo el cortejo callado y pío

lentamente bajar de la colina,

y tú lo sigues con la frente baja,

diciendo ¡adiós, viejo amigo, adiós !


Santa Ana, 14 de junio de 1940

 

Benito Zamboni

El relato es parte del libro “Escenas Familiares Campestres” publicado por Universidad Nacional de Misiones en 2005

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