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El Santo de la Espada

miércoles 18 de agosto de 2021 | 6:00hs.
El Santo de la Espada

Eran las 3 de la tarde de aquel sábado 17 de agosto de 1850 cuando el máximo prócer de nuestra historia, el general José Francisco de San Martín, daba el postrer suspiro de despedida de este mundo. Fenecía lejos de su patria en Boulogne-sur-Mer, puerto francés sobre el canal de la Mancha y último lugar de su largo exilio en Europa. Arrodillados al lecho de sus restos estaban su hija Mercedes, su yerno Mariano Balcarce, y sus dos nietas Josefa Dominga y María Mercedes.

Fue el héroe que libertó a la Argentina, Chile y Perú. Su figura simboliza el compromiso en la conquista de la libertad y la independencia de los pueblos. Luchó por la liberación y unificación, construyó la libertad de sus compatriotas y respetó a los pueblos originarios a quienes llamaba nuestros indios y paisanos, tal como se expresara José Artigas sobre los originarios y mestizos orilleros.  Escribió “Odio todo lo que es el lujo y aristocracia”. Lo demostró en el exilio viviendo austeramente y de manera sencilla.

Su accionar revolucionario surgió durante el segundo Triunvirato cuando intervino en el cenáculo de la Logia Lautaro al decir: –Escuchad, nuestra primera intención debe entrañar la expulsión de los españoles y luego formular qué clase de gobierno queremos. En este sentido, ustedes saben que yo particularmente me inclino por una monarquía constitucional, pero esto lo debo proponer después de logrado nuestros objetivos independentistas.

-Es respetable vuestra opinión- intervino Monteagudo, -pero yo lucho por imponer una república como en los Estados Unidos. De todas maneras, por una u otra opción debemos optar cuando nos emancipemos. Pero primero debemos lograr la independencia, como usted bien ha expresado.

-A eso hemos venido- opinó José Matías Zapiola, el marino que seguiría a San Martín en el cruce de los Andes y se destacaría en la batalla de Chacabuco.

-Es lo correcto -manifestó Alvear-, ya tenemos un triunvirato afín; el próximo paso será tener una sola persona al frente del gobierno, así se dará mayor agilidad al ejecutivo.

Los contertulios escucharon en silencio las palabras que daba fin a la reunión, pues se trataba del jefe de la Logia que, no obstante, su joven edad, ostentaba un grado superior al de los otros asistentes, sin que por ello sintieran algún tipo de recelo, sino todo lo contrario, le guardaban un profundo respeto y, más que ningún otro, José de San Martín, quien solicitara a su compañero fuera el padrino de su boda con Remeditos Escalada. Sin embargo, reservadamente, Juan Martín de Pueyrredón sentía cierta aversión por Alvear. Lo tenía por un ambicioso y le desagradaba su rebuscada exposición social y el devaneo constante que hacía para ser considerado el niño mimado de la aristocracia porteña; núcleo de privilegio al que él también pertenecía, debido al abolengo y generoso patrimonio de sus progenitores. Pero su tirria oculta no era por envidia; le fastidiaba que un miembro de la Logia no demostrara la humildad y prudencia necesarias que los integrantes debían observar. Hasta se llegó a preguntar si guardaría algún decoro en las futuras actuaciones que se avecinaban, y bajo dicho aspecto lo comparó con San Martín, el prudente y recio militar nacido en Yapeyú de las Misiones; un desconocido total para la élite porteña, que sin embargo intuía sería el hombre destinado a liberar el sur de Suramérica. Pueyrredón veía en él al típico militar de carrera de la España guerrera: austero, parco, lleno de estudios teóricos de la guerra y con el conocimiento práctico de cien batallas libradas. En general, en las rondillas sociales se opinaba que Alvear sería quien se destacase en la revolución libertadora, pero luego la historia demostraría que tal no sería así, sino que San Martín sería el que se destacaría. Porque de los dos, uno era soldado hasta los tuétanos con dedicación exclusiva a la vida militar. El otro, también nacido en las Misiones Jesuíticas Orientales de Santo Ángelo, de ahí su nombre, Carlos Antonio del Santo Ángel Guardián, ambicionaba poder y para ello debía necesariamente dedicarse a la política. Sus destinos quedarían separados en el mismo mes y año, cuando San Martín en San Lorenzo lograba ganar su primera y única batalla en suelo argentino contra el invasor español. En tanto en Buenos Aires, Alvear sería elegido presidente de la Asamblea Constituyente del año XIII. Un mes después de este acontecimiento, Belgrano, en el norte salteño volvería a vencer a los realistas de Pío Tristán, luego de haberlo vencido en la batalla de Tucumán en septiembre del año anterior. A partir de esos triunfos gloriosos todo fue jolgorio y festejos en la metrópoli. Los Triunviratos, cabildantes y asambleístas salieron a los balcones para saludar a la multitud que copó la plaza de la Victoria para vivar a los gobernantes y a los vencedores en los campos de batallas. Sin embargo, y para desgraciada, al finalizar el año la alegría se trocó en angustia al conocerse las derrotas de Belgrano en los desolados valles de Vilcapugio y Ayohuma, razón por lo que acudieron a San Martín, el militar de más prestigio en las Provincias Unidas, para que fuera a sustituirlo. En el traspaso del mando a orillas del arroyo Pasaje, Belgrano le dijo: –Mi General, yo soy abogado, me hice militar a sabiendas de mis limitaciones y traté de cumplir mi deber hasta donde pude. Confío en que usted concluirá la liberación de la patria.

-Mi General -contestó San Martín-, usted ha cumplido correctamente la misión encomendada, me congratulo de haberlo conocido y le ofrezco mi sincera amistad.

A continuación, los dos más grandes hombres que construyeron los cimientos de la nacionalidad se estrecharon en un fuerte y afectuoso abrazo. Y como símbolo de tal nobleza, la amistad surgida entre ellos perduraría hasta la muerte del creador de la bandera seis años después. Y a treinta años vistas lo seguiría El Santo de la Espada, a los 72 años de edad.

Nuestros maestros nos enseñaban que ambos eran incorruptibles y tremendamente austeros. Imítenlos, repetían.

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