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La Betty se fue a Buenos Aires

lunes 02 de agosto de 2021 | 6:00hs.
La Betty se fue a Buenos Aires

Después de la Segunda Guerra Mundial la Argentina se convirtió en un polo agroexportador. Esto generó procesos encadenados. Un desarrollo agroindustrial en la ciudad de Buenos Aires y su conurbano, sumado a una gran migración interna hacia esos lugares, de personas provenientes del campo y de las provincias, esencialmente del norte.

La migración interna tuvo su contrapartida en la ola de inmigrantes europeos que huían de los desastres de la guerra para buscar en el país tranquilidad y esperanza para mejorar de fortuna. La distinción étnica y cultural, generó choque culturales y políticos, ya que a las personas que venían del interior en un determinado momento se le endosó una denominación despectiva de tipo racista, los llamaban ‘las cabecitas negras’.

En la década del 50 y del 60 muchos misioneros se fueron a vivir a Buenos Aires; allí una prima o un primo le conseguía un trabajo, en la construcción a los hombres y en el servicio doméstico a las mujeres.

Las denominadas clases altas de por entonces tenían en sus hogares dos empleadas, una se encargaba de la limpieza y la otra de la cocina.

Lógicamente la migración se producía por la falta de oportunidades en sus lugares de origen e imposibilidad de concluir un estudio superior. Los desmembramientos familiares producían nostalgias, que se recompensaban con la mejoría económica de sus salarios, que se reflejaba en aportes que recibían desde la gran urbe. Los viajes en tren eran los más comunes, no se había popularizado el transporte de ómnibus de larga distancia.

Los europeos, quizás por su misma historia, eran más audaces desde el punto de vista comercial. Sus emprendimientos en los rubros comestibles, bares, restaurantes, almacenes, panadería, eran moneda corriente. Con ‘el tano’ o ‘el gallego’ trabajaba el hombre de interior.

La ciudad fue creciendo rápidamente y la propiedad horizontal en departamentos de diez pisos se puso de moda. Hasta el día de hoy cualquiera que camine por la avenida Santa Fe podrá apreciar las construcciones de ese tiempo.

Los misioneros, y los provincianos en general, extrañaban su tierra natal, decían siempre que estaban por un tiempo para volver al amparo de su pago sagrado. Al final nunca volvían o eran muy pocos los que lo hacían.

Las chicas que trabajaban en el servicio doméstico, tenían franco los días jueves y los sábados concurrían a los bailes con provincianos igual que ellas.

Emma se fue a Buenos Aires desde el sur correntino, con el correr del tiempo quedó de encargada en un edificio; allí se conoció con Tito, un entrerriano que realizaba trabajos de pintura.  Se enamoraron y formalizaron una relación. Con sus ahorros compraron en cuotas un lote en la localidad de Longchamps, ubicada en el partido de Almirante Brown. Los fines de semana levantaban personalmente las paredes de su hogar.

–Acá vamos a vivir cuando nos jubilemos- decía Emma.

Tito siempre quiso regresar a su provincia, pero entendía que no era tan simple. El hombre ingresó en la planta permanente de la Municipalidad de Quilmes y Emma se jubiló en el edificio.

Tito se enfermó y le decía a su esposa: “Si me muero, quiero me cremen y arrojen mis cenizas en los campos entrerrianos”.

No tenían hijos y por cinco años Emma tenía en su hogar en un pequeño nicho las cenizas de su esposo. Finalmente cumplió su deseo, viajó a Entre Ríos y tiro al aire en un campo.

La historia del Negro y Marta también reflejan la ilusión y la búsqueda del progreso, con los inconvenientes propios de Buenos Aires y su conurbano. A diferencia de la pareja anterior, ellos tuvieron muchos hijos, muchos nietos y muchos bisnietos que conviven con la pareja en las inmediaciones de la Estación de Merlo.

Para no regresar aducen “nuestros hijos nacieron acá, los nietos y bisnietos también, van a la escuela y tienen que hacer su vida”. Dicen sentirse felices viéndolos crecer.

Ramona Rosa Marcelina Romero, “la Betty” nació y se crió en Villa Blosset, ciudad de Posadas, estudió la primaria y terminó el secundario.  A los 22 años empezó a salir con Agustín por espacio de tres años, hasta que se dio cuenta de que la cosa no iba a funcionar. Se peleó y terminó relacionándose con otro amor “tóxico” que la trasladó a un proceso depresivo. Les decía a sus amigas: “Me tengo que ir a Buenos Aires para hacerme gente, esto no va más”.

Cumplió 28 años el 17 de abril y el 18 se “borró”.  Sin que nadie supiese a excepción de sus padres, se marchó a la Capital Federal. Consiguió empleo en una tienda de un judío, cerca de la calle Pueyrredón del Barrio de Once y alquilaba en una modesta pensión para encontrar algo de mejor nivel. Apreció que la zona donde vivía y trabajaba tenía un gran movimiento de personas durante la semana y las calles casi vacías los sábados por la tarde y domingos.

Betty era muy sociable y fue armando su nuevo grupo de amigos, entre ellos un chico de Venado Tuerto que era tornero en una fábrica. Tuvieron buena química y compartían cosas en común. Él decía: “La vida nos vino a encontrar en Buenos Aires”.

Empezaron a vivir juntos y tuvieron dos hijos varones, no podían permanecer en la Capital y se fueron a Isidro Casanova. Cuando los chicos comenzaron el colegio, Betty dejó de trabajar porque no les alcanzaba el dinero para contratar una persona que se encargara de esos trámites.

Pese a las dificultades económicas las cosas funcionaron más o menos bien, hasta que quebró la fábrica y el marido de Betty se quedó sin laburo.  La situación los obligó a abandonar la casa que alquilaban y se fueron a vivir a la villa, donde, como la mayoría de los vecinos, estaban colgados de la luz y tenían necesidades insatisfechas.

Brian y Jonathan, los hijos de Betty, tenían 15 y 17 años, abandonaron la escuela y hacían algunas changas con otros chicos. Cuando Betty hablaba a su casa le decía a su madre que temía que el paco y el alcohol les coman la cabeza a los pibes. La madre le decía que vengan, de alguna forma se iban a arreglar, pero Betty le contestaba que ni los chicos ni el padre querían irse del lugar.

Lamentablemente, la pobreza y la miseria, han destrozado tantas ilusiones. La gran ciudad y el conurbano han mostrado ese lado oscuro de la vida que vemos, pero no queremos ver.

Por Ramón Claudio Chávez
Ex juez federal

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