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Una pequeña excursión a las Cataratas

domingo 01 de agosto de 2021 | 6:00hs.
Una pequeña excursión a las Cataratas

Eldorado sigue siendo un pueblo muy extraño. Tiene 12 kms de largo y sólo en pocos lugares la población se amplía hacia los costados de su picada (calle) principal. En el Km 2, en el 8, en el 9 y en el Km 12.

El más importante es el Km 9.  Allí es donde se concentraba la parte comercial. Estaban los bancos, el Nación como principal, con el edificio más grande, el Banco Provincia de Misiones y varios otros que fueron cambiando de nombre con el tiempo.

El Banco Nación era en ese momento el número 7 de la República en cuanto al dinero circulante.

 También estaba el edificio del Correo, muy importante en aquella época sin teléfonos. Para comunicarnos con urgencia lo hacíamos por telegrama.

Había varias estaciones de servicio, el Automóvil Club Argentino del cual casi todos éramos socios, la Shell y la Esso en el Km. 10.

Ya en los primeros tiempos los colonos habían formado la Cooperativa Agrícola Eldorado. Tenía también su sede en el Km 9 con sus oficinas, un gran almacén y una ferretería muy bien surtida de todo lo que el colono necesitaba.  Sus sucursales, estratégicamente situados, fueron de enorme utilidad a la colonia.

La Cooperativa secaba la yerba de la mayoría de los socios en sus propios secaderos, tenía un aserradero modelo y habían instalado en el Km 1 una fábrica de aceite de tung. Pero eso es tema para otro relato. La Cooperativa de Eldorado abarcaba un enorme radio de acción. De alguna manera también funcionaba como banco. La mayoría de los colonos tenían depositado sus entradas en la Cooperativa. La mayoría de las ganancias no fluían hacia otros destinos sino que eran reinvertidos en nuevas plantaciones, naranjas, limones,  tung,  mandioca y más tarde en  forestaciones del pino eliotti. Aparecían pequeñas industrias, empresas de transporte tanto de personas como de mercaderías. Muchos colonos compraron lotes en los alrededores del km 9, donde con el tiempo edificaron casas para ellos o sus hijos graduados en las Universidades (sobre todo la de Córdoba).

El camión comenzó a tener mucha relevancia cuando poco a poco se asfaltaron las rutas y cuando la Flota Fluvial del Estado simplemente fundió a las demás navieras. Las obligaba a cobrar los mismos fletes que ellos cobraban. Estos fletes fueron aumentando fuertemente debido a su propia impericia impidiendo cualquier competencia.

Desde tiempos inmemoriales, en el mundo entero, el barco ofrece el transporte más barato que existe. Por toda Europa hicieron canales por esta razón.  Canales que hoy en día siguen usándose.  Nosotros tenemos un gran río que fluye sólo hacia el mar y seguimos transportando todo por camión.

Alrededor del km 9 se hicieron loteos que poco a poco se fueron edificando y poblando. Cuando el Territorio de Misiones se convirtió en Provincia edificaron con el tiempo un hospital, escuelas y comisarías.  Había varios hoteles, cine, médicos de todas la especialidades, clínicas, odontólogos,  arquitectos y abogados. Había un juzgado de primera instancia.  Con el tiempo, no recuerdo en que año,  Eldorado fue también bautizada como ciudad.

El fundador de la colonia quiso descentralizar un poco al km 9 donando 4 manzanas al Municipio en el Km 2. La Municipalidad se edificó allí.  Se hizo una plaza pero no se logró el objetivo.

Todavía era soltero y me había afincado en mi chacra.  Habiendo comprado un monte, me estaba ocupando de una nueva plantación de tung.  Un día decidí  ir a ver las Cataratas del Iguazú  (aguas grandes en guaraní).

Hice cambiar el aceite del Jeep en el ACA y al día siguiente muy tempranito salí para el norte por la Ruta 12. Hacía muy poco había sido inaugurada pero aún no estaba asfaltada. Era como un túnel verde serpenteando por el monte.  Es muy pintoresco el contraste del verde intenso del monte con la tierra colorada.

Recuerdo que pasando unos kilómetros la Colonia Victoria vi en la ruta uno de esos típicos boliches de la zona. Era como uno que vi en el Paraguay años más tarde, con un gran cartel que decía: “Almacén, frutería, carnicería, ropería, anexo peluquería”.  Era un almacén de esos.

Había llovido bastante en esa zona. Las lluvias suelen ser muy locales. Por consiguiente no había tráfico. Pero con la doble tracción del  Jeep no tenía problemas. Si bien no avanzaba a velocidad normal no corría el riesgo de empantanarme.

Habré recorrido unos 15 kilómetros cuando me di cuenta que la luz roja de la presión de aceite del motor estaba encendida.  Paré de inmediato. Mirando hacia atrás había como una cinta negra sobre la ruta.  Había perdido todo el aceite pero había parado justo a tiempo.  Abrí el capot y me di cuenta que se había caído el tapón de aceite del cárter. No lo habían fijado bien y de a poco se fue aflojando.

 ¿Qué hacer? Eran las 10 de la mañana. Hacia el norte, una incógnita.  Mi única salvación podría ser el boliche que había visto.  Salí caminando, sabía caminar rápido y mantener el ritmo. Traté de localizar el tapón pero no lo encontré.

Llegué al boliche alrededor de la una de la tarde. Me preguntaron qué andaba buscando; le dije, ¡la felicidad! Esto siempre deshiela corazones.

Aceite para motores no había, opté por comprar 5 botellas de aceite común de cocina.

Como en todos lados hay gallinas y con las gallinas hay mazorcas de maíz; elegí cuatro o cinco marlos de distintos grosores para reemplazar, provisoriamente, el tapón perdido.

Volví caminando, no había pasado ningún vehículo. Tapé el cárter con uno de los marlos,  le puse el aceite al motor y seguí viaje.  La luz del aceite no se volvió a encender.

A unos 50 o 60 kilómetros, en la zona de Colonia Esperanza, en una hondonada con un tremendo lodazal se encontraba atascado un camión  cargado de troncos. El camión estaba atravesado y era imposible pasar por los costados.  Por fortuna los del camión tenían un cable bastante largo lo enganché al Jeep,  cargué a cuantas personas que estaban allí para hacer peso sobre el Jeep y con la primera baja lentamente  pudimos sacar al camión. Perdí un montón de tiempo. Pero no podría haber seguido viaje.

Ya estaba oscuro cuando llegué al lugar donde la ruta 12 se encuentra con la 101. A la izquierda se llega a Puerto Iguazú,  a la derecha  Dionisio Cerqueira,  la frontera con el Brasil,  y las Cataratas.

En ese lugar había un puesto de Gendarmería con dos gendarmes que me pidieron identificación y los papeles del vehículo como es de rigor.  Había una casucha inclinada hacia un lado de madera pintada con cal con un techo de chapa oxidada y piso de tierra.  En un fuego abierto una pava con agua.  Todo tenía un aspecto de dejadez.

 Cada gendarme tenía su arma de puño reglamentaria y había dos fusiles Mauser (modelo 1909) colgados de  ganchos  en la casilla.

Como no tenía apuro; recién a la mañana me podían cambiar el aceite en Puerto Iguazú; me quedé un rato con ellos y me invitaron muy amablemente a tomar unos mates. Uno de ellos era un sargento.  Conversamos un rato sobre lo que se conversa generalmente con extraños, todo muy superficial.  En un momento dado,  así como de paso les pregunté qué es lo que estaban haciendo allí.  El sargento fijó su mirada en mí como desafiante, con sus facciones tensas, con los dientes apretados, moviendo apenas los labios  y con un tono marcial me dijo: “Tenemos una doble misión!. La de Policía y la de salvaguardar las sagradas fronteras de la Patria!! “

Llegué sin tropiezos al Puerto Iguazú temprano por la mañana.  Hice lavar el cárter, se le puso el aceite que correspondía y salí hacia las Cataratas. Al pasar por el puesto, otra pareja de gendarmes volvió a pedir los papeles de rigor y seguí viaje.

Y allí estaba el viejo Hotel Cataratas de una sola planta, de madera, muy tropical, todo rodeado de verde; tal como lo recordaba del viaje que habíamos hecho con mis padres cuando tenía 6 años. Me dirigí a la parte trasera del hotel y allí estaba todavía, pero mucho más grande, una planta de citrus con un grueso tronco y cuatro ramas.  Una de pomelo, una de limón, una de mandarinas y una de naranjas. Estaba viejita ya pero se la veía robusta y sana.

Las Cataratas.  No hay iguales en el mundo,  con su caudal de 1700 a 13000 metros cúbicos de agua por segundo y su esplendor de vistas,  vegetación y entorno no tienen comparación.

Recuerdo que años más tarde nos embarcamos con mi señora, sus padres, una amiga y mi cuñado en Puerto Canoas para una excursión a la Garganta del Diablo. Ya era tarde cuando nos dimos cuenta que el remero estaba borracho. Perdió un remo y estábamos a la deriva. Con mi cuñado saltamos del bote para sostenerlo. Suerte que el agua sólo nos llegaba a la cadera. Calculo que estábamos a unos 100 metros de la Garganta y por fortuna fue sólo un susto mayúsculo.

También recuerdo que durante una tremenda sequía pude cruzar el río Iguazú a pie a la orilla opuesta, Brasil.

Volví bien a Eldorado. No pude conseguir el tapón faltante en los negocios de la zona. Recién al mes me lo mandaron de Buenos Aires por encomienda. ¡El marlo me vino como anillo al dedo!

El relato es parte del libro Recuerdos de Misiones (inédito) Klomp residió varios años en Eldorado. Falleció en Buenos Aires en 2019.

Gerardo Klomp

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