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Karumbé

domingo 25 de julio de 2021 | 6:00hs.
Karumbé

Esmeralda se internó esa mañana en la reserva en busca de Karumbé, en un idílico silencio, solo interrumpido por el coro de las típicas aves de la zona, en el Parque Provincial Esmeralda de la reserva Yabotí, a unos kilómetros de San Pedro. Hacía meses que ésta era su confidente, su amiga, la que escuchaba sus historias de la vida en la aldea.

La joven Mbyá guaraní tres meses atrás había rescatado a Karumbé de las garras de un aguará que buscaba sus partes blandas para alimentarse. Fue solo un mordisco, pero Esmeralda se encargó de que Karumbé vuelva a la vida, con los yuyos curativos que le había enseñado su abuela Ramona y con agua limpia del Arroyo Yabotí Guazú.

La tortuga en semanas se curó, con la mezcla de medicina natural y la gran empatía de la joven que dulcemente le hablaba mientras acariciaba su caparazón.

Esa mañana Esmeralda le contaba a la tortuga que algo estaba ocurriendo, ya que unos días atrás mientras la tribu se reunió a comer, escucharon en la radio que un virus peligroso había llegado a su amada tierra colorada.

Las recomendaciones del cacique cuando reunió a la tribu eran urgentes: “no salir de la aldea, cero contacto con los blancos, lavarse las manos de seguido, comer más frutas de estación para fortalecer el cuerpo…”

-A mí la única fruta que me gusta es la pitanga- le contaba Esmeralda a su amiga. -¡Vamos a buscar pitangas en el arroyo…! ¡Vamos, Karumbé!

Así, a medida que se adentraban en la selva, siguiendo el curso del Yabotí, juntaban pitangas. En eso estaban, cuando Esmeralda empezó a toser y a sentir chuchos de frío.

-¡Uh, está cambiando el clima, amiga! ¡Está refrescando! Ya me siento fatigada de tanto caminar. ¿Y si nos sentamos un rato aquí?

Karumbé había aprendido a mimetizarse con las actitudes y la voz de Esmeralda. La amaba con el amor que puede sentir una tortuga que es feliz con una compañía humana.

Pero esta vez se internaron muy dentro de la selva… más lejos de lo habitual, buscando la única fruta que le gustaba a la joven, quien se sentía desmejorada. Se acostó en un rellano cerca del arroyo y se durmió.

Karumbé daba vueltas en derredor sin entender por qué a su amiga le costaba despertarse. Empujaba su cuerpo, dándole golpecitos con su caparazón. También le acercó agua en cuencos de hojas de guayaba.

Luego de pasar un día entero haciendo esto, decidió llamar a sus amigos, los monos caí, para que la ayudaran a transportar a la joven sobre una alfombra de hojas de pindó.

Por ese misterioso instinto geográfico que poseen las tortugas, ésta intuía que ya quedaban pocos kilómetros para llegar a San Pedro.

Una comadreja colorada se unió al extraño grupo de salvación de la joven Mbyá, que cada tanto despertaba estremecida, sintiendo que su cuerpo era llevado por la agreste espesura como en una mágica alfombra.

Los monitos le seguían acercando cuencos hechos con hojas de guayaba y barro ñaú para que no se deshidratara.

Después de tres fatídicos días llegaron a orillas de una ruta asfaltada. Por esos misterios del destino, justo unos guardaparques andaban patrullando la zona. Éstos vieron la escena y no podían creer. Una joven Mbyá que parecía afiebrada estaba recostada en hojas de pindó, resguardada por una tortuga más grande de lo normal y acompañada por monos caí que saltaban a su alrededor.

Los guardaparques la llevaron rápidamente al hospital, donde le hicieron un hisopado que resultó positivo. Las enfermeras sabían a qué aldea pertenecía, entonces luego de verificar que tenía buena oxigenación y ya le había pasado la fiebre, la trasladaron nuevamente a su hogar.

Lo que nadie sabía era que ésta rápida mejoría fue producto de las hojas de guayaba mezcladas con la purificada agua del Yabotí.

Mientras, Karumbé junto a los monitos y a la comadreja colorada, regresando a la espesura, con la certeza de que en unos días volverían a jugar, conversar y juntar pitangas con Esmeralda.

Misteriosamente, todavía hay un guardaparque que sigue analizando los cuencos de barro ñaú mezclados con hojas de guayaba que encontró junto a la alfombra hecha con hojas de pindó.

 

Andrea Reyes

El cuento obtuvo el tercer premio en el Concurso “Cuentos de la Selva en Pandemia”, homenaje 84° aniversario Horacio Quiroga. Reyes es docente, miembro del Grupo Literario “Buscapalabras” de Puerto Esperanza, Misiones

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