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Las listas de candidatos y el tendido eléctrico

domingo 18 de julio de 2021 | 6:00hs.
Las listas de candidatos  y el tendido eléctrico

Todos los medios periodísticos de Matelandia reflejaron la noticia del llamado a elecciones de medio término, provocando sentimientos encontrados en la población. Algunos ciudadanos vieron la oportunidad del desquite por promesas incumplidas y otros la libreta de pedidos a cambio de refrendar la gestión. Oficialismo y oposición se prepararon para la contienda calzando zapatillas de militante los unos y los otros levantando el tono de voz que ya casi ni se escuchaba; los independientes -en tanto- se persignaron pensando en la tributación extraordinaria que tendrían que hacer para solventar la cada vez más onerosa parafernalia electoral.

Se conminaba a los matelandeses a concurrir a las urnas y optar por alguna de las listas de candidatos que ya habían sido llenadas en secreto pero cuyos nombres - por cuestión de preservación de la imagen- aún no serían dados a conocer. Eso se haría más adelante cuando la inminencia del acto ordenara la presentación oficial de las listas ante la justicia electoral y no restara tiempo para indagar el por qué, el para qué y el con qué de los nominados para llevar adelante los loables propósitos comunitarios.

Pero estaban todos de nuevo (se sabía). Por segunda, tercera, cuarta o quinta vez y de no haber estado antes, provendrían de algún ministerio, intendencia o entidad descentralizada, instituciones al frente de las cuales habrían hecho bien los deberes ordenados por la suprema autoridad, el dueño del yerbal, el patrón del secadero, el mandamás del molino, el presidente de la Firma o como diera en llamarse a los poderosos que regían la retórica del mate en Matelandia.

Este sistema de elección se llamaba democracia y al parecer el nombre provendría de la misma cultura de los inventores del oráculo. Significaba algo así como “poder del pueblo” y consistía en un sistema de representación por el cual gobernaban los integrantes de la lista más votada en una compulsa electoral. En su cuna de origen la democracia solo admitía la elección de ciudadanos probos, en Matelandia, los elegidos una y otra vez parecían ser los réprobos.

Los integrantes de la lista ganadora asumían el rol de representantes del pueblo -como indicaba la Constitución- pero en base a una singular interpretación de la norma, se consideraban facultados a decidirlo todo por sus representados incluyendo bebida, comida, costumbres, dolencias y mañas y –de hacer falta- sus correctivos de mate con agua hirviendo si se atrevían a desconocer las recetas legales que salían de la cocina del recinto, todas elaboradas en base a componentes altamente indigestos.

Más allá de eso, nada más claro, justo, razonable y legítimo que esas elecciones de Matelandia. El pueblo soberano elegía la lista sin discutir el contenido y se tragaba la fórmula completa aunque después sobreviniera la inflamación, el atascamiento, la corredera y la explosión. En tal caso, en el término de dos años podría revertir el cuadro de gastroenteritis con el fármaco de nuevas elecciones. Si no estaba muy debilitado para entonces, sobreviviría hasta la próxima convocatoria.

La democracia era una creación de los devotos de Zeus bien aprovechada por las deidades de Matelandia en la persecución del interés común. A éste bien –luego de atrapado- se lo disecaba, escurría, filtraba y convertía en el menú del banquete de los dioses. Los arribados de las listas lo aprovechaban durante cuatro años y éstos, sumados a servicios anteriores prestados a la divinidad, bastarían para asegurarles un retiro sin contratiempos y disfrutarlos en sus comedores a perpetuidad.

No se exigían títulos académicos, científicos, de nobleza, constancias laborales o de buenos vecinos para integrar las listas de candidatos, bastaba la bendición de la deidad del mate y de ser posible haber hundido algunos pares de sandalias en los andurriales de la militancia. Este requisito no era exigible en los casos de allegados a los dioses quienes contaban con un mérito innato para ser primeros en ellas. Una vez instalados los representantes, los pases de oposición a oficialismo eran frecuentes, dado que, poner las bancas al servicio del dios mateico era solo cuestión de negociación. La democracia preveía estos arreglos, los alentaba, festejaba, subsidiaba y aplaudía.

Los anteriormente consagrados más los ingresados triunfantes y sus lugartenientes, participaban cada dos años de la comilona pagada, servida y asistida por el leal y devoto pueblo de Matelandia, y lo hacían en compañía de miembros de la farándula que habían brindado apoyo desinteresado al triunfo de la bandería. El resto de los matelandeses, el día de la elección se contentaba con sorber las bombillas del mate de la felicidad por el ingreso y la salida triunfal del cuarto oscuro. Tiempo después sobrevendría la maldición por el desliz de haber acariciado la urna.

La cultura celebraba viendo que se abría una nueva ventana por donde mostrar la excelencia del arte que se practicaba en el lugar: música, danza, malabarismo, magia y declamación. Por amor a ese arte los artistas y cultores no dejaban pasar oportunidad de retratarse con los enlistados triunfantes en imágenes que al día siguiente aparecerían en los diarios y pantallas de televisión emparentándolos con los flamantes laureados del podio democrático. Del mismo modo, desempolvando prácticas viejas y reverdeciendo en esperanzas nuevas, festejaban los sindicatos.

Todos tenían en la mira los puertos del estado para recalar sus trirremes. Abarrotados de oficiales, contramaestres, marineros, remeros y grumetes, harían lugar para uno más, esta seguridad les hacía verse entremezclados con la tripulación veterana, llevando y trayendo papeles, escrutando ordenadores y olfateando el aire circundante para detectar lo que se estuviera cocinando en los cuatro rincones del fondeadero. El conocimiento sería esencial para la supervivencia en esos mares infestados de tiburones.

Y la rueda de la representación empezaría a girar de nuevo. Al momento de votar las leyes que regirían la bebida, la comida, las costumbres, las dolencias y las mañas de los matelandeses, los representantes que habrían de votar por el sí dirían que sí y los que tendrían que votar por el no, dirían que sí y unos y otros -los ingresados de las listas más los habitués del foro- retribuirían al pueblo la confianza depositada en las urnas devolviéndole voto por voto y gesto por gesto, la elección realizada.

Y el pueblo se habría ganado su felicidad: Compuestos de linaza y ricino por jugo de frutas para el desayuno; cachiporra, porotos y polenta para las comidas restantes; géneros de diversos colores, texturas y formas destinados a la confección de bombachas y calzoncillos; dolencias patentadas en el registro de la virología sintética con sus respectivas jeringas salvadoras y nuevos impuestos para quitarle la maña de esconderle el bulto a la contribución que sostenía tan encomiable sistema democrático.

Los ciudadanos, habituados como estaban a la exorbitancia de los regalos de la democracia, esperarían un par de años el turno del desquite aguantando con dignidad la dieta diarreica, los golpes de cachiporra, la baraúnda de los géneros y hasta se ofrecerían como voluntarios para el experimento de los jeringazos internacionales, pero la próxima cambiarían a Rosendo por Zacarías y al Frente de la Batata por el Frente del Choclo y se sentirían realizados como colectivo de adultos mayores en viaje a la clase de zunga.

Todo sería optimismo, pre-calentamiento, elongación y quema de oxígeno. Para qué pensar en el huracán que podría esconder el futuro y si al llegar derrumbaría las redes del tendido eléctrico dejándolos sin música para la danza… Si eso ocurriera harían rodar las cabezas de los titulares de la empresa de electricidad porque, habiendo presupuestado cables, postes y generadores de primera calidad, las redes habrían explotado en algunos sectores y volado en otros por estar construidas con materiales de cuarta.

El pueblo tenía soluciones para todo. Era la democracia y con ella comía, bebía y se curaba… y por cierto, asistía a sus alegres clases de zunga. En cuanto a la luz, con un poco de suerte los representantes de la lista entrante convencerían a los habitués del foro de que había que reemplazar los cables conductores de electricidad, los postes, los generadores y ponerles fin a las tormentas. Para concretar esa esperanza contaba con una aliada formidable: La virgen desatanudos de los tendidos eléctricos.

 

Norma Nielsen

Nielsen reside en Posadas. Libros editados: A mar abierto (poemario) y Cuando caen las hojas (cuentos y poemas). Participó en varias antologías.

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