sábado 24 de julio de 2021
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Reiniciando inconscientemente

domingo 18 de julio de 2021 | 6:00hs.
Reiniciando inconscientemente

Otra vez tarde, siempre lo mismo, ¡por fin consigo que me invite y voy a llegar tarde!, y todavía no me bañé, me cago en la recalcada suerte, basta de maldiciones, me baño y salgo.

Ya está, espero que la moto tenga combustible, a ver…sí, alcanza y sobra.

Me voy, espero no llegar muy tarde, primera, segunda, un badén, una esquina, tercera, cuarta, quinta, máxima cincuenta dice el cartel, cuarta de nuevo, el tiempo corre y yo no puedo, ¡la cosa de la lora! Fin de zona urbana, último cartel, ¡gracias Dios! Ahora sí, quinta a fondo, o casi, el tránsito de la colonia no permite distracciones, tractores, animales domésticos y también salvajes. Una bajada larga permite acelerar ciento diez, ciento treinta, ciento cincuenta…un cartel de cruce y precaución; ya es tarde. De frente viene un colectivo por el carril contrario y por mi derecha una vieja Ford queriendo ingresar, todo junto, mi bocina, el colectivo de frente haciendo señales de luces y el conductor de la Ford que no entiende lo que pasa, ¿Por qué el colectivo le hace señas de luces? Cuando mira a su izquierda ya ocupó media calzada.

A ciento cincuenta kilómetros por hora más o menos se avanzan cuarenta y dos metros por segundo, el último cartel de cruce está a cien metros de dicho cruce; o sea que tengo dos segundos antes de chocar.

Las manos se clavan en las manillas como queriendo aferrarse a la vida, la izquierda en el embrague y la derecha en el freno delantero, los discos de freno adelante se ponen al rojo vivo la cubierta de atrás se bloquea hasta salir humo mientras chirria de forma estrepitosa… nada va a detener la tragedia, ya siento esa sensación horrible que se anticipa al dolor, es imposible de describir pero la siento y me doy cuenta de que no es la primera vez, veo la cara de quien maneja la Ford, se afirma en el volante y se echa atrás como queriendo retroceder, el colectivo llega al cruce en el instante justo y coincidimos todos en tiempo y espacio; pero no cabemos.

Impacto a la Ford en su rueda delantera, primero mis manos golpean el duro metal, luego mi hombro, puedo escuchar el ruido de los huesos al romperse y me recuerda los tallos de la planta de apio, el mismo ruido producen al quebrarlas, es en ese momento que me doy cuenta que voy a llegar tarde.

Por la fuerza de la inercia paso sobre la camioneta y golpeo la cabeza sobre el pavimento una y otra y otra vez, el golpe es brutal, el casco se rompe como si fuera de barro, me deslizo por la calle como si fuera de hielo hasta detenerme y en un intento loco trato de levantarme, es en vano nada responde, mi cerebro da la orden pero ni las manos ni los pies obedecen, nada se mueve, entonces siento el calor de la sangre escurriéndose desde todos lados, siento como se pegotea entre los dedos y la ropa, la sensación es horrible, pero nada puedo hacer, la sangre sigue saliendo y nada la va a detener. Todo esto en dos segundos, o poco más.

En un instante lo veo todo como si estuviera volando, ¿Qué pasa? No entiendo.

De pronto me veo sentado en un frondoso árbol de la orilla, es alto, lleno de vida, desde aquí veo todo, me miro aún sin entender que hago aquí arriba y me doy cuenta de que a través de mí puedo ver las ramas, un nido, hormigas llevando hojas, una oruga tejiendo su capullo para transformarse luego en mariposa y abajo…abajo todo es caos; ¡ahora entiendo, debo estar muerto!

Que locura, pienso, hace tres segundos estaba vivo.

El anciano de la Ford se baja y rodea la camioneta para ver mi estado, el colectivo se detuvo en medio de la ruta, también lo golpeó la moto en su loca carrera hasta detenerse entre sus ruedas, el chofer se baja también maldiciendo su suerte porque va a llegar tarde a destino y le advierte al anciano que no me toque, éste haciendo caso omiso a las recomendaciones, se acerca y se arrodilla desesperado manchando su pantalón con la sangre que ya hizo un charco.

-Parece mi nieto- alcanza a gritar al chofer del colectivo, y este insiste.

-No lo toque abuelo puede ser peor, escuche las sirenas, ya vienen las ambulancias.

-No. No es mi nieto- dice el anciano y se incorpora con dificultad para retroceder unos pasos y volver a sentarse, parece que llora, no puede creer lo que pasó. Siento su pena y aflicción, puedo darme cuenta que el abuelo pese a no tener ningún parentesco conmigo esta muy apenado por la desgracia, me gustaría poder bajar a abrazarlo y decirle que la mitad de la culpa era mía por andar tan rápido pero es inútil paso a su lado y nadie me nota, y sí, si estoy muerto como me van a ver. El chofer en cambio mucho más frío mira desde más lejos, puedo sentir que no es la primera vez que le pasa, esta vez no fue su culpa, pero me doy cuenta que recuerda otro accidente fatal en el que él sí fue imprudente y se calló la boca para evitar problemas, total los muertos no hablan.

Llega la ambulancia, muy rápido, seguro alguien del colectivo llamó con su teléfono, no habrán pasado más de diez minutos, sin embargo todos los apuros fueron en vano ya estaba muerto antes de que ellos salieran de la ciudad, de semejante golpe es casi imposible salir vivo, recuerdo que cuando compré la primera moto alguien me dijo, andá con cuidado el paragolpes de esto es tu cabeza, ahora entiendo por qué lo decía. De la ambulancia bajan solícitos los enfermeros, uno con la tabla el otro con el cuello ortopédico y el doctor con su maletín y el estetoscopio colgando como si fuera una onda se acerca a mi para examinarme… fue rápido nada más tomó mi muñeca y con sus dedos índice y medio toma mi pulso, solo por rutina, el estado de mi cabeza hacía innecesario todo eso y el gesto en su cara lo dijo todo.

-Ya está, guarden todo, no toquen nada, cubrilo con la sabana que no se vea, esperamos a la policía para que hagan su trabajo y después lo levantamos.- Le dice al enfermero que estaba mas cerca, el otro debe ser más nuevo, porque se acercó y salió devolviendo todo lo que tenía encima, no soportó la imagen de mi cráneo casi abierto como un zapallo.

Entonces me acuerdo, ¡María! Es obvio, ya no voy a llegar, pero me preocupa qué pensará ¿Qué va a decir?

Me traslado mentalmente a su casa y ¡qué locura! Puedo verla desde afuera, por su ventana, se está peinando, mira su reloj, corrige su maquillaje, vuelve a mirar su reloj como tratando de apurar mi llegada, algo que ya no va ocurrir, y escucho que alguien le habla.

-Tranquila María, ya va a llegar seguro salió tarde del trabajo, esas cosas pasan.- Es su madre.

Y bueno; ¿qué hago? ¡me voy! ¿pero adónde? Vuelvo al árbol, el desastre ya fue limpiado, no hay nada, ni camioneta, ni colectivo, nada, solo una mancha ya negra en la calle en el lugar donde yo estaba tirado y un perro vagabundo husmeando que como por arte de magia levanta la cabeza hacia donde yo estoy y mueve la cola como saludando, ¡parece que me ve!, termino de pensar eso y nuevamente mueve la cola, rodea el árbol y se va.



RETROSPECTIVA

Estoy solo, es rara la sensación, me recuesto cómodo en la rama que estaba sentado y comienzo a recordar cosas, situaciones, me confundo un poco al principio, trato de entender qué pasó… ¿Por qué nunca llego a tiempo?... ¿dije nunca?... ¿Por qué dije nunca? Entonces me doy cuenta, es como una película que empiezo a ver, todo pasa por mi cabeza, trato de ordenar las imágenes, son muchas, se mezclan, respiro hondo, ¿respiro? Bueno no sé como decirlo. Inconscientemente dije nunca, los sicólogos llaman a esto lapsus, si no es la primera vez que me sucede, sigo ordenando imágenes en mi cabeza (o lo que queda de ella) para poder sacar conclusiones y es ahí cuando me doy cuenta, esta no es mi primera vida.

Como si fuera ayer nomás empiezo a recordar… me veo corriendo apurado por el bosque, esquivando helechos gigantes y lianas enmarañadas con los arbustos, también estoy llegando tarde, y de pronto una detonación y el golpe brutal en mi cabeza… caigo cuan largo soy y el mismo y asqueroso charco de sangre a mi alrededor en este caso mezclándose con las plantas y malezas.

Quedé ahí tendido, nadie me vio, nadie se dio cuenta, nadie me extrañó, era otra época, fue un cazador que erró su disparo, estaba lejos pero la bala viaja mucho y para mi infortunio encontró mi cabeza en su trayectoria.

Nunca llegué a verte, te enojaste mucho, unos me acusaron de cobarde, otros de vago, hubo quien dijo que tenía otro amor, lo cierto es que nadie supo en realidad que pasó.

Nadie me encontró, nadie me buscó y las fieras y el tiempo hicieron lo suyo.

También me veo luego en un puerto, uno viejo, me refiero a que es de otra época, con barcos de madera y de velas roídas, veo el mar, puedo sentir la arena entre mis dedos, estoy descalzo, mi ropa es un desastre, está rota y sucia.

Hay mucha gente hablando pero no logro entender nada, todos hablan diferentes idiomas, esa es la razón. Algo más llama mi atención, otros que están a mi lado como en fila pero sentados todos en la arena somos diez, de pronto alguien que no está en la fila grita dando órdenes y los que están sentados se empiezan a levantar lentamente, siento el tirón en los tobillos y el ruido de cadenas… ¡estoy encadenado! ¡somos esclavos!

Entonces apareces tú, montando un caballo muy bonito y me señalas, (en mi estado actual me estremezco no puedo evitarlo nuevamente tú) otra persona que venía caminando a tu lado de aspecto terrible sucio y desalineado toma unas monedas de un pequeño saco y se las pasa a aquel que daba las órdenes este toma las monedas y le reclama algo, supongo que encontró que eran pocas, pero el que pagaba lo mira fijo y sin hablar le indica los grilletes con el látigo que tenía en la mano, él de las órdenes toma unas llaves grotescas, grandes, oxidadas y abre los grilletes… ¡soy libre! es lo primero que cruza por mi mente; que tonto, me acerco para agradecerte y escucho el látigo silbando en el aire hasta cortar mi espalda obligándome a arrodillarme, otro más y otro más, solo por que puede hacerlo lo hace, no represento amenaza pero para demostrar su superioridad vuelve a golpear, te miro, ya desde el suelo, el rostro lleno de arena y la espalda en carne viva, alcanzo a escuchar las risas de los otros encadenados y pienso si son idiotas, ellos están atados y yo casi libre, desde tu caballo le haces un ademán al capataz indicando que ya es suficiente y este deja de azotarme.

Nuevamente eres inalcanzable, no por que llegue tarde, esta vez son diferencias sociales, tú la niña rica y yo el esclavo, algo que no se mezcla son ricos y pobres.

Luego me veo en una batalla, es muy salvaje, espadas, escudos, mazos, lanzas, piedras, todo vale, golpeo, me cortan en el brazo es profunda la herida pero no puedo detenerme sigo peleando no se puede parar, es un vorágine infernal soldados gritando y maldiciendo a todos los dioses, el que se detiene es porque está muerto, otro golpazo esta vez en la cabeza el casco amortigua el golpe pero igualmente caigo rendido.

Cuando despierto escucho tu voz discutiendo con alguien, nuevamente tú, quiero ver, veo mal y la cabeza me duele horrores, me doy cuenta que tengo un parche en un ojo, es una tienda hospital improvisada, todos se quejan, gritan de dolor y maldicen a sus enemigos. Tú tratas de curarme, con cariño me acaricias con ternura casi maternal pese a tu juventud, te reconozco, eres tú.

-Te vas a poner bien, nos vamos los dos, ya verás.- es lo que alcanzas a decir pero un superior se acerca y te dice, en realidad te ordena, que me dejes.

-Este ya no sirve para pelear, perdió un ojo, fíjate en quien sirve aún y atiéndelo primero, los soldados nunca son suficientes.

Un reproche se te escapa, gesticulas desaprobando la decisión, pero órdenes son órdenes y las debes acatar, así es la guerra, pese a todos tus cuidados entiendo que no soporté la infección (de lo contrario no estaría aquí; creo).

Nunca llego, ¿Por qué será?, ¿cuándo podremos estar juntos y felices? ¿Cuándo?

De pronto siento que me desvanezco, que todo se termina, alcanzo a pensar que seguiré intentando, que algún día será, que todo pasa por algo… pero ¿Cuándo?... ¿cuándo será ese día, esa hora?... cuando…

Todo tiene su tiempo,

y Todo lo que se quiere

Debajo del cielo tiene su Hora.

Eclesiastés 3:1

Damián Pereyra

Inédito. Pereira es oriundo de Buenos Aires, reside en Apóstoles. Tiene publicado los libros Cementerio de Almas, Viajeros y Atraco.

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