miércoles 28 de julio de 2021
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El narco

domingo 18 de julio de 2021 | 6:00hs.
El narco

Entonces, maté a mi madre de dos balazos en la cabeza y mandé a mi padre a prisión inculpándolo de un kilo de clorhidrato de cocaína de máxima pureza, quien no conozca esta historia en su hilado fino dirá que soy un mal hijo. Pero ustedes saben cómo vino la mano: Las cosas son como son y por eso pasa lo que pasa, no se conoce explicación más sencilla que ésta para el origen y funcionamiento del Universo.

Visto que Argüello está preso y considerando que yo (con el patrocinio de Romeo Pozzi) fui el artífice de su caída, la mitad del bajo mundo me considera una especie de libertador, un Mesías que vino a librarlos del yugo opresor de un faraón llamado Argüello, que con el fin de monopolizar el mercado se puso a cobrar impuestos de protección y peaje y a sacar del medio, a como dé lugar, a cualquiera que se atreva a comercializar productos de cualquier especie en sus dominios cada vez más extensos.

Con el efectivo que recibí del italiano por el asalto a Argüello, más una interesante propina en paquetes de kilo, decidí hacer a un lado los pocos escrúpulos que me quedaban y me puse a vender cocaína. Los que se quieran matar, que se maten, allá ellos, yo no obligo a nadie. Drogadictos siempre hubo y seguirá habiendo, así como hubo y habrá quien les venda la droga. Yo nunca fui trigo limpio, qué esperaban de mí, que me ponga un tallercito de herrería.

Los tres pibes que me acompañaran en la última operación se quedaron conmigo, se unieron a esta empresa de manera comprometida y con una lealtad varias veces comprobada. Simón es el nombre del especialista en vehículos, un conductor avezado en cualquier tipo de camino. Con sólo quince años, sabe más de mecánica que muchos profesionales del motor que he conocido. Dice que cuando se retire del mundo delictivo va a poner una agencia de autos. Pero ninguno de los otros dos le cree, ellos dicen que Simón nunca va a llegar a desenvolverse en ninguna actividad legal.

El más alto se llama Tomás y tiene dieciséis igual que el otro, Mateo. Simón, Tomás, Mateo, “Mis apóstoles”, les digo a veces. Tipos parcos, monosilábicos, que rara vez se permiten una mueca, un tic, algo que se parece a una sonrisa. Aprendí a respetarlos como a verdaderos soldados, sin subestimar nunca los bríos de su juventud, sin olvidar que yo estuve “allí”, con el mundo quedándome chico sólo por llevar una pistola en la cintura. Suelen tener, sin embargo, un costado infantil, una grieta en el pedernal de sus vidas por la que asoma el niño que deberían estar siendo ahora. Ríen y bromean como si estuvieran en el colegio. Muchas veces me he encontrado luchando contra mí mismo, tratando de convencerme de que no son mis hijos. Un segundo después, dos rayitas de cocaína, tres demonios. Se ponen duros como el acero y oscuros como un personaje de Poe. Espíritus sórdidos, abocados a la empresa de provocar la perdición de toda la humanidad.

Otro soldado, el Mono, estando preso, se enteró de mis nuevos negocios. Así como le dieron la condicional vino a verme. Está hecho mierda, de entrada le tuve que dar un anticipo para que adquiera un poco de apariencia humana. Pero es un tipo leal hasta el tuétano, sé que vale cada billete que pongo en su mano y mis apóstoles también lo saben: Lo reconocen como mi segundo en el mando dentro de la organización. No hay un tercero.

Por el Mono me enteré de que Argüello no la está pasando bien en el penal, sus amigos le dieron la espalda y sus enemigos le perdieron el respeto, lo hicieron depilar íntegro, le pusieron un vestido y lo tratan de “Doña”. Yo no me reí cuando el Mono me lo contó, no me causa gracia. Es demasiada crueldad para un pobre viejo, tiene casi sesenta, que perdió lo único que lo hacía ser alguien: El Poder.

Encaro mi nueva empresa de un modo concienzudo, pensando meticulosamente cada jugada que voy a hacer, por qué la hago y cuáles serán las consecuencias. Decido evitar la calle, en principio. No voy a exponer a mis hombres por una minucia, andar dando vueltas por las esquinas con diez, veinte gramos, es cosa de gansos. Hasta el nombre del rubro es de segunda categoría, “narcomenudeo”. Suena a comercio de quincallas. No es sólo por proteger a los soldados, tampoco estoy dispuesto a poner en riesgo mis inversiones.

No sé si tendré los contactos necesarios, pero tengo los suficientes como para moverme a otros niveles, de kilo para arriba. Llevar un bulto, cobrar y regresar a casa.

Mi Bersa sigue activa, no la voy a dejar olvidada en un cajón después de tantos servicios prestados. Yo sigo despierto y no le niego mis pellejos a un trabajo que prometa: Una agencia de autos, una gasolinera, una inmobiliaria. En esos lugares se llega, se muestra el fierro y se sale con un bolso, limpio. Todo el dinero que pasó por mis manos, a lo largo de toda mi vida, provino del ilícito. Suena terrible, lo sé, pero es una realidad que no parece tener trazas de querer cambiar.

Tiempo atrás Argüello quería que yo robe para él, cuando le pregunté por qué trabajaría por un porcentaje si podía quedarme con todo el botín trabajando solo. El viejo se hinchó de soberbia, “Trabajando para mí vas a tener ciertas garantías”, me dijo, acentuando su tono ladino en la palabra “garantías”. A mí me estaba yendo muy bien con la Bersa, iba ganando y estaba agrandado, “Yo soy mi garantía”, le contesté, “no necesito otra”. El viejo se tragó el desaire y capaz que por eso hizo lo que ustedes ya saben.

Mandé a remozar la casa de El Bueno y ya no parece un aguantadero. Ahora es una vivienda amplia y moderna, con un patio tan grande que me dio para construir una piscina y un área social, con su quincho y su parrilla, donde se reúne el selecto grupo de hijos de puta al cual pertenezco. En las reuniones que organizo la cocaína circula en bandejas, el champán por baldes, los invitados llegan al final del ágape espiando desde atrás de las cortinas o por el ojo de las cerraduras, roídos por la paranoia de la droga, pero convencidos de que pertenecen a una casta superior. Yo hasta ahora no caí en la trampa, me tomo unas copas de champán y me divierto observando como todos empiezan a mirarse de reojo como si hubiese cámaras, a cuchichear en los rincones como si hubiese micrófonos.

Pero claro, esas reuniones me permiten vincularme con otro tipo de gente: Ya no tengo que tratar con rateros viciosos, ahora me codeo con empresarios viciosos.

Siempre he sido un tipo de mucha ambición. Eso, sumado a una marcada tendencia al delito, nutre la madera de la cual estoy hecho.

La ambición es como una verruga, pienso, se aparece y va creciendo, haciéndose más y más dura conforme los días pasan. En un abrir y cerrar de ojos ya está grande y con pliegues y grietas como la piel de un elefante. Entonces se vuelve una parte inseparable de vos. Pensás que ya ni vale la pena extirparla. A partir de ahí empezás a observar la verruga, todos los días, la ves crecer, sólida, la tocás, sentís su textura, comprobás su dureza. Hasta habrá quien diga que la estás cultivando. Quizá sólo yo tengo esa manía con las verrugas, pero nadie me va a decir que no jugó con la cascarita de una herida.

Por ambicioso quise tener un Mustang, ahora tengo un Mustang. Siempre quise un jacuzzi en el baño, ahora tengo uno. Siempre quise tener una casa grande como la que hoy tengo, para hacer fiestas como las que hoy hago y conocer gente como la que hoy conozco. Siempre viví en un mundo de ratas, rodeado de ratas, pensando que Argüello era el Gran Gato. Hoy veo las cosas de un modo diferente, Argüello no era más que otra rata, pero tenía el Poder, rey tuerto en un país de ciegos.

“La Quinta de Marcial Del Valle” es visitada por actores, frecuentada por músicos y deportistas, aquí menudean políticos que traen a sus asesores que, a su vez, vienen con sus secretarios. Jueces y legisladores, periodistas y empresarios. Todos vienen a “La Quinta de Marcialito”, se mezclan, se agitan, intercambian sus hipocresías en esta especie de caldo de cultivo. Luego se van, con las narices empolvadas, las pupilas grandes como monedas y con un ojo en el camino y el otro en el retrovisor.

Me compré una maquinita para contar la plata, es un espectáculo ver los billetes girar y amontonarse, mientras el rojo del numerito electrónico vuela como si fuese un cronómetro. En eso estaba un día, mientras las risas de mis invitados se iban apagando en el parque, yo contaba billetes encerrado en mi estudio. Epifanio Robledo golpeó la puerta y entró, hombre de mi entera confianza, brazo armado de un poderoso sindicato y alcohólico confeso, un petiso cuadrado con la frente cruzada en diagonal por la cicatriz de un machetazo y un mirar negro que haría temblar las rodillas de Hannibal Lecter. Es atrevido o es loco quien se anima a llamarlo como lo hace su madre, “Pepi”. Robledo hace tintinear el hielo en su vaso cargado hasta el borde de buen whisky y me dice, “Vas a tener que empezar a lavar toda esta plata”.

Sé que no se trata de meter los billetes a la lavadora, no soy estúpido. Hasta ese momento sólo sabía que era un delito económico, lo había visto en la tele y en los diarios, pero desconocía por completo el mecanismo. Como quien hace una confesión deshonrosa, le dije a Robledo, “Me vas a tener que dar una mano con eso, Pepi”. Él levantó su vaso en señal de brindis y dijo, “Vos no te preocupes”.

Así los hechos, de la noche a la mañana me vi propietario de un taller de imprenta y serigrafía, de un club de salsa y merengue (“La Isla Bonita”, se llama) y de un local de esos donde se venden cigarros caribeños y licores de Bangladesh. El Pepi Robledo se convirtió de esa manera en mi ministro de economía. En presencia de los soldados lo llamo Robledo. Todo el dinero que ingresa pasa por sus manos, el que sale también. Pero ese no es el principal motivo por el cual la figura de Robledo se va a destacar en este relato y, por inseparable del mismo, en mi vida: Epifanio Robledo es el hombre que me llevó cerca del Poder, el que me dio a conocer sus glorias y sus miserias, el que me mostró el cuchillo y la tabla donde se corta el famoso bacalao.

Pero esa es otra historia.

 

Mano Vogler

Primer capítulo del libro Delincuento II, El Narco. La trilogía se completa con El Sicario y El Candidato. Vogler tiene publicado además Esperanza y la muerte (novela). Email: [email protected]

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