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El socialismo en Argentina

miércoles 07 de julio de 2021 | 6:00hs.
El socialismo en Argentina

Un 28 de junio, a finales del siglo XlX, grupo de jóvenes idealistas encabezado por el doctor Juan Bautista Justo, médico humanista, echaron las bases del Partido Socialista en Argentina. Se reunieron en el salón de exiliados alemanes tras las leyes antisocialistas de Bismarck. Fue sobrino del presidente conservador Agustín P. Justo, pese a ello, en su juventud militó en la Unión Cívica Radical, donde tuvo participación en la revolución del Parque curando heridos, pero ya en su condición de socialista.

Se recibió de médico muy joven, fue medalla de oro, manteniéndose económicamente como periodista parlamentario del diario La Prensa; luego, para perfeccionarse como médico viajó a Europa. En el Viejo Continente concurrió al congreso constituyente del Partido Socialista siendo el redactor del estatuto de la Declaración de Principios Sociales y Gremiales. Y tradujo del alemán al castellano El Capital, de Carlos Marx.

Es así que, vuelto a la Argentina y bajo su liderazgo político e intelectual, el socialismo tuvo fuerte impronta en la sociedad y en el mundo del trabajo; plasmados en la concreción de la Sociedad Obrera de Socorros Mutuos, la Sociedad Luz y la Cooperativa El Hogar Obrero cuyo edificio de Acoyte y Rivadavia se ubicaba en el porteño barrio de Caballito, lugar que supo albergar a jubilados y entre ellos a dos tías mías.

Fundador del mítico periódico La Vanguardia, para concretarlo tuvo que vender su automóvil en el cual visitaba a sus pacientes y la medalla que la facultad le otorgó por recibirse con honores, en sus hojas desparramó su ideario y la de otros conspicuos socialistas entre ellos Enrique Del Valle Iberlucea, el primer senador socialista del país, y de Alfredo Lorenzo Palacios, convertido en 1904 en el primer legislador socialista de América elegido por la circunscripción de La Boca. A su turno, él mismo ocupó la banca de diputado primero y senador después, sustentando su accionar ético bajo el eslogan “honestidad de manos limpias y uñas cortas”.

En 1922 se casó con Alicia Moreau, la militante que luchó por los derechos de las mujeres en Argentina, cuyos sueños hoy son realidad.

Alicia nació en Londres de casualidad, pues su familia por culpa de su padre, un comunero que defendía la causa obrera en las históricas revueltas de Francia, emigraron a Inglaterra y de allí partieron a la Argentina como tantos otros inmigrantes. Socialista, médica y feminista, la centenaria dirigente que murió a los 100 años de edad, tuvo ideas de avanzada y dedicó su existencia a mejorar la calidad de vida de las mujeres, los niños y los trabajadores. Ambos, Juan B. y Alicia, fueron dinamita en pro de la igualdad social.

Consideremos que el socialismo centró su accionar en el perfeccionamiento de la democracia y la defensa de los intereses de los sectores más vulnerables de trabajadores y asalariados, de pequeños comerciantes, de productores del campo, la ciudad, de niños, jóvenes, y ancianos. Y en particular, la lucha emprendida por Alicia Moreau a favor de los derechos civiles y políticos de las mujeres, se plasmaron en un vigoroso movimiento feminista que es ejemplo en Latinoamérica.

Juan Perón, creador de la Justicia Social, doctrina del partido justicialista, se nutrió de dos fuentes: del Socialismo y de la Doctrina Social de la Iglesia.   

El socialismo nunca ha sido un fin en sí mismo, sino un instrumento al servicio de la sociedad. Y en Misiones hubo socialistas desde siempre con la meta puesta en bregar por el bien común. Uno de ellos, don Aparicio Almeida, se pasó al nuevo movimiento justicialista que empezaba a bregar por la justicia social. De ese modo, y por sus antecedentes de lucha a favor de los desposeídos, se convierte en gobernador del territorio de Misiones.  Fue un hombre tremendamente austero y, en su vejez, la muerte lo sorprendió en su humilde y vieja morada detrás del agua corrientes. 

Después del año 1955 el PS misionero cobra nuevo impulso en las figuras preponderante de los hermanos Mariano y Vicente Díaz, el primero odontólogo, el segundo agrimensor, y don García Rincón, quienes inauguran la sede partidaria por calle Santa Fe al 300, al lado de la mía.  Supe tratarlos y en ellos conocí a verdaderos políticos austeros y de vida sencilla. Al poco tiempo se sumaron jóvenes quienes comenzaron idealizar la Juventud Socialista y difundir sus ideas con la impresión de su propia publicación, que luego repartían junto al mítico periódico La Vanguardia.

En una tarde-noche a principio de los 60, la Juventud Socialista organizó la presentación en el local partidario de la madre del Che Guevara, Celia de la Serna, invitada de honor de la agrupación política.  Ante una nutrida concurrencia doña Celia comenzó su alocución explicando los alcances de la Revolución Cubana. Muy delgada, más bien baja, de cabellos entre canos y medianamente cortos, impresionaba la expresión de su cara que le daba más fuerza a su oratoria. A la sazón, no solo partidarios de la Revolución Cubana asistieron al convite, también independientes y partidarios de otras fuerzas políticas interesados en escuchar de primera mano lo que diría la madre del personaje que acaparaba la atención mundial.

No pudo terminar su alocución. En la vereda opuesta, protegidos tras las columnas del edifico de la telefónica, un grupo de reaccionarios fascistoides contrario al acto se manifestaba en forma vandálica agrediendo a la concurrencia a pedradas, gritos, rechiflas y estruendos de petardos. Hasta que llegó el carro hidrante para bombardear con agua, no a los manifestantes, sino a la tranquila concurrencia del acto.

Al otro día, jóvenes ayudaban a ordenar el desastre hídrico y los estoicos y viejos compañeros García Rincón y los hermanos Díaz, también lo hacían en silencio, pero con lágrimas en los ojos. Fruto de la intolerancia.

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