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El viejo Kaiser

domingo 04 de julio de 2021 | 6:00hs.
El viejo Kaiser

Ovidio tenía un resentimiento muy agudo con ese auto. Le habían comentado que perteneció a la flota de vehículos del presidente Arturo Frondizi y él siempre tuvo dudas de ese origen.

Su patrón, don Remigio Ballostino, impedía que se le acercaran mucho al privilegiado lugar que ocupaba en el viejo granero. Eso sí, indefectiblemente, cada quince días le retiraba la lona que lo cubría y protegía del polvo. Lo lavaba, lustraba y ponía en marcha el poderoso motor de seis cilindros que le daba vida al Kaiser Carabela.

Nunca salía a pasear o viajar con ese auto. Generalmente usaba una vieja camioneta Studebaker, desvencijada y en estado casi deplorable.

Una vez Ovidio insinuó una pregunta: - ¿Don Remigio porqué cuida tanto este auto si no lo usa?

El viejo italiano solo respondió: - A vos lo único que debe importarte es que este auto será tu futuro, aunque ahora no lo veas.

Claro, Ovidio no entendía. Estaba trabajando en la chacra desde hacía quince años y, desde hacía más de diez años que el auto estaba estacionado en el galpón. Como el “viejo Remigio” no tenía hijos prácticamente lo había adoptado. Mucho trabajo, cariño nada, ni un gesto ni siquiera en el día de su cumpleaños o Navidad.

Cuando el patrón apareció con el Kaiser lo primero que hizo fue desalojar a Ovidio del lugarcito que ocupaba en el granero. Le hizo limpiar el lugar y ya no hubo lugar para él.

-¿Y yo dónde voy a dormir?, preguntó Ovidio.

- Arreglate como puedas, rezongó Remigio. El auto es más importante que vos, que yo, que todos.

¿Qué secreto escondía el viejo Kaiser?, ¿Porqué ese cuidado tan extremo?

Preguntas sin respuestas. Más dudas que certezas.

Cierto día, haciendo tareas en el viejo galpón, Ovidio tropezó con un tablón y la caja con pesadas herramientas que llevaba fue a dar contra la carrocería del viejo Kaiser. Una pequeña abolladura, casi imperceptible, en la chapa de la puerta derecha fue la resultante de ese accidente.

Ese mismo día Don Remigio cumplió con la tarea quincenal de correr la lona y cuando comenzaba con la rutina de lavar el auto, su sensible mano descubrió el raspón. Dejó lo que estaba haciendo y llamó a Ovidio. Este, temeroso, se acercó y recibió sin decir agua va un tremendo golpe en la cabeza. La andanada de puñetazos y patadas sacudieron todo su cuerpo.

-¡Te dije que lo cuidaras. Más que a tu vida si era necesario!, rugió el  patrón. Y sacó a Ovidio a los empujones fuera del granero.

Los improperios siguieron largo rato. Un poco en español, un poco en italiano. La bronca de Remigio tardó en amainar.

Ovidio se decía a sí mismo, “algún día me voy a vengar de tanta injusticia”, ya va a ver este viejo avaro, arrogante e impiadoso. Este que prefería a un viejo Kaiser antes que a él, que trabajaba todo el día, de lunes a lunes.

El joven nunca más entró al granero. Veía como su patrón había cambiado la rutina y sus visitas al galpón se hacían más frecuentes, a hurtadillas. Llevaba una bolsita y, cuando salía no la tenía consigo.

El tiempo pasó. Argentina era gobernada ahora por un ex mandatario oriundo de La Rioja. Su calvo Ministro de Economía volvió a cambiar la denominación de la moneda. Ya no se llamaban Australes. Era el tiempo del Peso en los bolsillos de los argentinos y ¡uno a uno con el dólar!

Don Remigio enfermo y anciano lo llamó un día y le dijo: -Me queda poco tiempo. Te dejo todos mis bienes. Ahí en el cajón del escritorio hay un papel certificado que te hará dueño de la chacra, de la casa, de mis pertenencias y…también del viejo Kaiser.

Ovidio se retiró del dormitorio he hizo ingresar al médico. Minutos después don Remigio fallecía.

Pasó un tiempo, casi dos años. Ovidio no había tenido aún el valor de volver al granero. En los papeles que había dejado su ex patrón estaba el título del Kaiser Carabela. ¡Era cierto, había sido del gobierno! El por entonces presidente Frondizi lo usó hasta que fue depuesto en 1962.

Pero, ¿qué secreto ocultaba el auto y porqué la persistencia del cuidado que le brindaba el fallecido don Remigio?

Decidido, ingresó en el granero. Retiró la lona que cubría al vehículo. Allí estaba; con su techo blanco ahora cubierto de polvo y su rojo inmaculado. Lo observó durante un largo rato. Finalmente subió al viejo Kaiser e intentó ponerlo en marcha. No pudo. La batería había caducado.

Bajó y se dirigió a la parte trasera. Abrió el baúl. Estaba lleno de bolsitas de distinto tamaño. Perfectamente ordenadas y numeradas. Doscientas ciuncuenta y seis en total. Sobre ellas un sobre amarillento con una inscripción: “Ovidio, para vos. Este es tu futuro”. “En este auto te engendramos a escondidas y aquí, en este vehículo, murió tu mamá cuando tu abuelo le pegó dos tiros por “desvergonzada”, vos tenías dos meses”.

La letra decía también: “te encontré muchos años después. Sos mi hijo. Recuperé el viejo Kaiser y te recuperé a vos. Perdón por tanto silencio…”

Volvió a mirar el interior del baúl. Cada bolsita contenía… ¡Un millón de australes! ¡Doscientos cincuenta y seis millones de australes!.

El viejo Remigio, había ahorrado todo ese dinero ahora sin valor porque el tiempo de recambio por el dolarizado peso había finalizado. Tanto esfuerzo y penurias compartidas para ahorrar billetes que hoy solo podrían servir para coleccionistas.

Miró el auto. Rompió a llorar. El viejo Kaiser había sido el nido de amor de su mamá con Remigio. El desdén y la bronca dieron paso a un sentimiento indefinido. Poco importaban los australes perdidos. Solo quedaba el único recuerdo de una madre que nunca conoció pero ahora tenía una partecita de su vida.

Desde ese día, una vez por quincena, Ovidio limpia, pule y pone en marcha al viejo Kaiser…

Inédito – Posadas, junio de 2021. Blog del autor: Poedismo

Guillermo Reyna Allan

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