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Puerto Palmas

domingo 27 de junio de 2021 | 6:00hs.
Puerto Palmas

Era soltero todavía, estaba instalado en mi chacra de Eldorado. En realidad no me faltaba nada.

Tenía mi casa, me gustaba mi trabajo, tenía mis perros y algunos conocidos. De vez en cuando salía de pesca al Paraná o de caza en los montes más al norte. Tenía un mapa detallado de la zona. Es extremadamente fácil perderse en la selva. Como había aprendido a ubicarme, con una buena brújula y un mapa nunca me sucedió.

No me sentía a gusto, me parecía que mi vida era monótona, y no estaba conforme.

Ahora sé que, subconscientemente, me daba cuenta que estaba bebiendo más de la cuenta. Pensaba que era el lugar que me hacía mal y que cambiando de lugar todo cambiaría.

Muchos años más tarde leí un cuento análogo. No recuerdo quién lo escribió.

En un pueblo de Corrientes una madre se dirige al comisario del pueblo que tenía fama de sabio. Su hijo quería irse por razones no muy claras y con destino incierto. Le pidió al comisario que hable con él.

Una tardecita se presentó en la casa de la familia y pidió hablar con el hijo.

Escuchó con atención lo que le contó el muchacho y al rato le pidió que se coloque en el medio de la calle. El muchacho intrigado lo hizo. El comisario le dijo: “Eusebio, ¿ves tu sombra?”. Bueno ahora vení aquí y dejá tu sombra en el medio de la calle”. “¡No puedo!”, dijo Eusebio.

“Las razones que me mencionaste para querer irte de aquí son como tu sombra. Te van a acompañar donde quiera que vayas. Trata de solucionar tus problemas aquí, simplemente cambiando tu actitud ante ellas. Lo que piensas hacer se llama fuga geográfica”.

Un conocido mío Roberto William Lowe de Eldorado poseía una propiedad de 10 mil hectáreas en el Alto Paraná.

Me invitó un fin de semana a ir a verla con su Piper PA11. Tenía una pista en ambas propiedades con sus respectivos hangares.

El establecimiento se llamaba Puerto Palmas y estaba ubicado sobre el Paraná a unos 60 kilómetros del Puerto Iguazú del lado Paraguayo. Consistía de una plantación de 600 hectáreas de yerba mate y un secadero para secarla. El resto era monte y pastizal natural.

Tenía que sobrevolar dos o tres veces el establecimiento para poder aterrizar. Eso le daba tiempo a la gente para espantar el ganado de la pista.

Había un pequeño pueblo alrededor de una plaza de una manzana de superficie. En el medio flameaba la bandera paraguaya en un alto mástil labrado de lapacho. Había un secadero para elaborar la yerba, un almacén cuyo anexo hacía de oficina, galpones para estacionar la yerba seca, una escuelita llevada por una maestra esposa de uno de los capataces y las casas del personal, todas de madera.

Recuerdo que un temporal que nos azotó una noche quebró el mástil de la plaza. Ya era muy viejo. Había que reemplazarlo con premura. Se eligió un hermoso lapacho en el monte, más alto que el anterior. Se lo taló y arrastró con el camión hasta la plaza. También se mandó noticia a un viejito especializado para venir a labrarlo. Llegó como al mes. Sus únicas herramientas eran hachas, una chica y una grande y varias hachuelas de distinto tamaño.

Labró primero la base del tronco en forma cuadrada de cerca de dos metros de largo y unos 80 centémitros de cara. Luego comenzó con una de las caras del mástil que seguro tenía más de 15 metros de largo. Hizo dar vuelta el tronco y siguió con la cara opuesta. Luego las otras dos. Comenzaba con el hacha y terminaba las caras con las hachuelas, todas afiladas con navajas. Siempre parado sobre el tronco y trabajando hacia atrás. Abajo, el mástil terminado tenía unos 25 centímetros de lado terminando en la punta con no más de 10 cm de lado. Perfectamente derecho y sin fallas. ¡Parecía un milagro!

No recuerdo cuantos días trabajó, pero fueron muchos. Lo curioso era que tenía las manos como seda, sin callos, asperezas o arrugas. Cada golpe de hacha o hachuela era certero. Se concentraba en su trabajo durante cuatro horas por la mañana y cuatro horas por la tarde. Era un hombre frugal y hablaba poco, sólo guaraní. No sé qué edad tenía. Parecía un místico del Islam con la cara toda surcada de arrugas. Lo único que le faltaba era un turbante.

Nos costó bastante levantar el nuevo mástil. Colocarlo en el pozo no fue fácil. Se necesitó la fuerza de mucha gente para sostenerlo de todos lados. Se usaron lianas del monte porque sogas tan largas no había mientras el camión lo levantaba lentamente.

El río Paraná fluía muy encajonado, calculo que el barranco tenía unos 80 metros de altura, con un camino serpenteado para llegar al agua con el único camión que había en la zona. La casa principal, de material, construida sobre el barranco tenía una vista monumental del Paraná hacia el norte y hacia el sur. Al lado había una pequeña casa para huéspedes.

Esa casa fue mi hogar durante los dos años que estuve en Palmas.

Digo que el río fluía porque toda la propiedad, salvo unas 600 hectáreas más altas, se cubrieron años más tarde con el agua del embalse de la represa de Itaipú.

El dueño de la propiedad Roberto Lowe la había heredado de su padre.

Un día me mencionó que su administrador había fallecido en un accidente. Como la zafra (cosecha) de ese año se aproximaba, necesitaba a alguien para reemplazarlo. Me ofrecí para el puesto, lo pensó y a los pocos días aceptó.

Me ofreció como pago un pequeño sueldo y la producción de yerba virgen de sus montes. Acepté gustoso.

Dejé mi chacra al mando de un joven holandés que se había instalado en la zona con su familia. Él me llevó con mis perros al Puerto Iguazú en el Jeep, donde contraté una lancha para trasladarme.

En los 60 kilómetros del lado brasileño, salvo Foz de Iguazú, no vi ningún puerto o señales de vida, sólo selva y en la orilla los enormes bambúes típicos de la zona.

Del lado paraguayo vi dos o tres atracaderos de establecimientos cuyos nombres no recuerdo.

Nos cruzamos con “El Doradito”, barco de carga con algunos camarotes para pasajeros, que hacía el recorrido Encarnación-Guairá una vez por semana. “El Doradito” traía la mercadería para el almacén del establecimiento. El apodo de su capitán era Pato-hú (pato negro); el parecido era increíble.

En el trayecto, en un arenal del lado paraguayo, vimos a unos indígenas tratando de mover un bulto extraño en la arena. Nos acercamos. Se trataba de un pescado. Tenía unos cuatro metros de largo con una enorme cabeza. Era un Manguruyú, especie de bagre gigante. Había visto algunos, siempre grandes, pero nunca volví a ver uno de ese tamaño. Cómo lo habían pescado es un misterio. Le habían cortado la cola para desangrarlo y lo estaban por cortar en pedazos.

En el Alto Paraná paraguayo hay grandes zonas donde el monte se extiende en una franja de unos 10 Km bordeando el Paraná. Más allá hay pastizales naturales con grandes nidos de termitas llamados “tacurú” en guaraní. Algunos llegan a tener 4 metros de altura. Todos los arroyos también están bordeados por selva.

A unos 10 Km de puerto Palmas tierra adentro, allí donde comienzan los pastizales, se ubicaba la toldería de una tribu de indígenas pertenecientes a la tribu de los Guayaquíes, que son una rama de los Guaraníes.

Eran unas 50 familias al mando de un cacique llamado Taguató que dominaba un poco el castellano. Éstos eran los encargados de cosechar la yerba virgen de los árboles Ilex Paraguariensis (yerba mate) que crecían en los montes de la zona.

El procedimiento para la yerba del monte era el siguiente: el tarefero (hombre que cosecha la yerba) se encaramaba al árbol y cortaba las ramas con la hoja, dejando siempre lo suficiente para no dañar demasiado al árbol que se cosecha cada dos años.

Las ramas se arrastraban manualmente al camino o “picada” más cercana para su “sapecado”.

Esto consiste en pasar las ramas con sus hojas por un fuego. Para aliviar el peso de las ramas se las apoya en una vara que está colocada sobre las horquetas de dos postes hundidos en la tierra. Se va dando vuelta la rama para asegurar que cada hoja sea alcanzada por el fuego.

Lo que se logra con el sapecado es hacer estallar los aceites esenciales de las hojas. Se podría decir que se trata de un pre-secado. El ruido que esto produce es como si estallaran cientos de pequeños petardos.

Las ramas sapecadas se atan en bultos con tacuapí, un bambú fino, muy elástico que se corta a lo largo produciendo una fibra sorprendentemente resistente.

Los bultos se amontonan a la espera del carro con su yunta de bueyes para el transporte al “barbacuá”.

El barbacuá es el secadero rudimentario que los indígenas emplearon desde tiempos inmemoriales. Se parece a un enorme canasto redondo invertido, armado de varas dobladas. En los costados sobresalen ramas apuntando hacia arriba para sostener las ramas a sapecar. A una distancia, en un profundo pozo hay una especie de horno en cuyo interior se prende fuego con leña. El aire caliente de este fuego sale por boquillas situadas debajo del barbacuá por simple tiraje. Las ramas de yerba se van volcando continuamente para obtener un secado parejo. Es un trabajo arduo y caluroso.

Una vez secas, las hojas se separaban de las ramas y se embolsaban para su posterior molienda.

Así se obtiene yerba mate de la mejor calidad.

Muchos años más tarde se constató que la buena calidad de esta yerba se debe al tiempo transcurrido entre el sapecado y el barbacuá. (La espera al carro de bueyes) En ese lapso se produce en la hoja sapecada un proceso de fermentación. Esta fermentación no se produce en los secaderos modernos debido a que se transporta la yerba sapecada directamente en cintas al secadero.

Diana
Diana era una perra grande de pelaje negro. No era pura pero se parecía mucho a una gran danesa. Me la vendió un colono alemán en Eldorado. Tenía más de un año cuando la traje a casa.

La pobre había estado atada durante toda su vida. Una vez en mi chacra jamás la volví a atar.

Nunca mordió a nadie pero era muy guardiana e inteligente y la pude adiestrar con suma facilidad. Me seguía a todas partes. En verano en Eldorado íbamos los dos al Arroyo Piraí-Guazú a nadar para refrescarnos. Se zambullía conmigo desde un tronco inclinado sobre el agua como la mejor de las atletas. No me perdía de vista en ningún instante. Al principio me di cuenta que trataba de salvarme cada vez que me zambullía hasta que se dio cuenta que no me ahogaba.

El pueblo más cercano a Palmas hacia el sur, se llamaba Tacurú Pucú (hormiguero alto), creo que hoy se llama Hernandarias.

Era un típico pueblo paraguayo con calles de tierra colorada y casas de madera de colores a veces insólitos. Todo muy prolijo y limpio.

Una o dos veces por mes retiraba dinero del único banco, para el pago de la gente.

No había camino, sólo huellas. El recorrido era de unas 6 horas, lo hice a caballo las primeras veces hasta que me sugirieron hacerlo con mula. De las que llaman caminadoras.

Conocía por supuesto las mulas pero nunca las había montado. El andar de la mula es distinto, no tiene la cadencia del caballo, el continuo subibaja que es lo que a la larga más cansa. La mula camina con pasos cortitos pero rápidos. Su lomo se desplaza en forma horizontal. Es más resistente que los caballos, su paso es más seguro y en trayectos largos más rápida.

Desde Palmas se cruzaban primero unos 5 o 6 Km de monte por un sendero hasta llegar al arroyo Pirá Pitá (pez colorado en Guaraní). Había varios cruces en este arroyo distantes unos 10 Km el uno del otro. El Pirá Pitá era bastante caudaloso y profundo, sobre todo en tiempo lluvioso.

Dependiendo de la altura del agua, a veces había que cruzar asiéndose de la cola del caballo.

La primera vez me llevó don Serafín, uno de los capataces de Palmas.

Don Serafín había sido sargento en la guerra con Bolivia. Era un hombre muy serio e infundía respeto. Hombre de campo, siempre estaba vestido con cueros sobados sin curtir, chaqueta, sombrero, pantalones y polainas y calzado con espuelas grandes. Andaba siempre armado con un revólver calibre 44 en la cintura. En el Paraguay, en esa época, estaba permitido por ley, ir armado con la condición de llevar el arma a la vista.

Don Serafín era el encargado del personal de la plantación y el jefe de zafra (cosecha).

Era padrino de muchísimos jóvenes que se le acercaban para pedirle la bendición. Lo hacían con la cabeza gacha y con las manos en actitud de rezo. Él los bendecía con la señal de la cruz, hecha como tímida y rápidamente. Era conmovedor ver estos gestos serios y de mutuo respeto que se hacían con toda naturalidad.

Diana me acompañaba siempre. En el Paraguay, por lo menos en esa zona, no había perros tan grandes. Llegó a ser una sensación en Tacurú Pucú, muchos la observaban de lejos cuando estaba acostada al lado mío en el comedor del hotelucho donde pasaba la noche. El mozo daba una gran vuelta alrededor de la mesa para no acercarse demasiado a ella. Siempre dormía al lado de mi cama. A veces, no muchas, llegó a mostrar los dientes cuando alguien se acercaba en forma imprevista o de alguna manera que no le gustara.

Dos veces tuvo cachorros durante mi estadía en Palmas. La primera vez eran diez y la segunda doce. Me imagino que todavía debe haber descendientes deambulando por la región. Don Serafín tuvo la primer elección de la primera camada. Recuerdo verlo feliz y muy orgulloso ese día con su cachorrito macho que llegó a ser casi tan grande como la madre.

Nunca tuve problemas de ninguna índole con la gente del lugar. Siempre encontré hospitalidad y buenas maneras.

Había llegado bien a Tacurú Pucú ese día. Me había albergado en el hotel. Esa noche la dueña había organizado una musicanta (luego me enteré que era debido a mi presencia), previo permiso del comisario para poder seguir con la música después de las doce.

Como músicos había dos guitarras y un arpa paraguaya. Los guitarristas cantaban a dos voces. No eran músicos profesionales sino muchachos del pueblo. Comenzó después de la cena, el local se llenó y siguieron tocando y bailando hasta la 1 de la mañana.

Quedé cautivado con esas canciones que parecían confundirse con el lugar y el ambiente. Polcas, guaranias y chamamés se sucedían sin descanso. El guaraní es un idioma suave y melodioso, sobre todo cantado. Pedí varias veces que vuelvan a tocar el Pájaro Campana.

Al día siguiente, previa visita al banco emprendí el regreso.

Le había enseñado a Diana a cambiar el lado en que me acompañaba. Cuando le decía “izquierda” esperaba que pase la mula y se iba al lado izquierdo. Cuando le decía “derecha” volvía a esperar que pase la mula y cambiaba de lado. En un momento dado, se hartó. Cuando le di la orden pasó por debajo de la mula y se puso del otro lado. Desde entonces siempre hizo lo mismo.

Estábamos jugando ese jueguito. No me dí cuenta que nos aproximábamos al monte previa llegada al Pirá Pitá. De golpe Diana salió disparada hacia adelante ladrando frenéticamente.

Los perros ladran de muchas maneras. Cada tono tiene un significado distinto. Puede significar alegría, dolor, aviso, peligro, temor, lamento etc.

El de Diana en esa ocasión era distintivamente de aviso y agresión. Estaba muy enojada. Ladraba y gruñía continuamente. Había entrado en el monte y no la podía ver.

Como tenía una considerable suma de dinero en la alforja, decidí emprender la retirada de inmediato. Di vuelta la mula y salí galopando. Afortunadamente, Diana, al oír que me alejaba, me siguió. Opté por cruzar el Pirá Pitá a unos seis kilómetros río arriba; un paso mucho más profundo, pero paso al fin. Hacía calor y la ropa en ese clima se seca con rapidez.

Llegué a casa entrada la noche, agradecido que no hubiera sucedido nada desagradable con Diana, muy orgulloso de ella y satisfecho de haber tomado la decisión correcta.

Diana nunca me contó lo qué vio esa tarde en el monte. ¿Habrá sido un animal?. Puede haber sido un anta (tapir), había muchos por esos lares. También puede haber sido una persona o más, para asaltarme. Me habían avisado sobre asaltos de esta índole.

La oficina del establecimiento también hacía oficialmente de correo y hasta había una auténtica gorra del uniforme usada por los carteros.

Un sábado por la mañana, día de pago, toda la gente estaba frente a la oficina para cobrar. Había una pequeña ventanilla de pago y un ventanal que daba a la plaza.

Se me ocurrió sentar a Diana en la silla detrás del escritorio. Le puse la gorra del correo, una mano sobre el escritorio sosteniendo un lápiz entre los dedos y una pipa entre los dientes. Durante largo rato se quedó quieta en esa posición. En el ventanal que daba a la plaza, se agolpaba la gente para ver la curiosidad.

Llegué a escuchar a Taguató exclamar asombrado “¡Había sido letraa la yaguá!” (perro).

Gerardo Klomp


El relato corresponde a vivencias del autor en la década del 50. Son parte del libro Recuerdos de Misiones, inédito. Klomp tenía propiedades en Eldorado. Falleció en 2019 en Buenos Aires.

Imágenes: familia Lowe

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