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Rosas y su descendencia misionera

miércoles 23 de junio de 2021 | 6:00hs.
Rosas y su descendencia misionera

Misiones está poblada por descendientes de inmigrantes de origen europeo, también por hijos del país. Estos son herederos de la vieja prosapia que, en 1580, comandados por Juan de Garay, salieron de Asunción, madre de ciudades, en el barco San Cristóbal para refundar la ciudad Santa María de los Buenos Aires. Fueron una decena de españoles de pura cepa, 200 indios y una joven mujer de nombre Ana Díaz, a quien Garay le otorgó el título de primera vecina y un lote en propiedad. Es decir, los primeros habitantes de estos lares fueron españoles, indígenas y criollos que en mestizaje se multiplicaron, para luego, merced al eslogan alberdiano gobernar es poblar, bajaron de barcos europeos miles de inmigrantes. En Misiones, la primera oleada comenzó en l883 en la zona sur, donde antes se habían desarrollado los pueblos jesuitas cercanos al río Uruguay.  

En 1580, junto a Garay, viajó su lugarteniente Cristóbal Ignacio de Loyola, que diera inicio a esta versión de historia relatada por un descendiente suyo que vive en Posadas, de quien tuve el agrado que me visitara. Se trata del vecino Abel Costa de Arguibel, amigo y compañero de vieja data, pues nos conocimos en la militancia política después del asesinato de Victorino Ripoll por parte de Avelino Grahl en el año 1972. El crimen se produjo en la vereda del local que el PJ ocupara en la avenida Mitre, frente al mástil, donde hoy funciona la Secretaría de Comercio. Ese día, el Congreso provincial debía elegir la fórmula gubernamental para gobernador, y Ripoll encabezaba una de las listas que enfrentaría a sus amigos y ocasionales adversarios Gies y Alterach. Estos, producido el insuceso, se retiraron de la puja y el PJ se resquebrajó. Las huestes que cinchaban por esta fórmula se reunieron en la librería de Bienvenido Báez, por calle Santa Fe, para conformar el Partido Tercera Posición. Se eligieron candidatos a concejales, y como nadie aceptaba el cargo a intendente, porque de antemano se predecía que no se ganarían las elecciones, se designó para alcalde a un nuevo vecino, Carlos Sorol, llegado de su Santiago del Estero natal. Increíblemente, Tercera Posición ganó la intendencia de Posadas y Sorol, al tiempo de asumir, fue destituido por, según los concejales que votaron su destitución, mal desempeño en la función.

Comentaba Mico Gauna, uno de tantos detenidos tras el golpe militar del 76, que en la cárcel tuvo oportunidad de conversar con Avelino Grahl. Y en un momento de la plática, le sugirió que debía revelar el motivo que lo impulsó a quitarle la vida a Coco Ripoll aquella mañana. Sostenía Mico que la sociedad misionera y los peronistas en particular merecían conocer la verdad de aquel desgraciado suceso. La respuesta que recibió fue contundente: “El motivo lo llevaré conmigo a la tumba”. Grahl cumplió con su palabra hasta el final de sus días y nada dijo del móvil de su crimen. Se fue de este mundo sin dar el más mínimo detalle o alguna insinuación que corriera en parte el velo de la incógnita, dejando en ascua a la posteridad y motivo para que los revisionistas traten de develar el secreto.

Pues bien, Costa de Arguibel me aclaró que su visita se debió al artículo que escribiera en el diario El Territorio, donde exponía que en 1812 partieron desde Inglaterra, en la fragata George Canning, una veintena de pasajeros, entre ellos los militares José de San Martín, Carlos de Alvear, Matías Zapiola, Francisco Chilavert, el capitán Francisco Vera y el oficial del Imperio Austríaco al servicio de la corona española Eduardo Kaunitz, ostentando el título de barón de Holmberg y, además, Andrés de Arguibel. Éste Andrés, siendo niño, fue enviado a Cádiz, España, para continuar con sus estudios y luego dedicarse al comercio de ultramar de la empresa familiar.

Es en Cádiz donde entabla contacto con los integrantes de la  Logia Lautaro, San Martin, Alvear y Zapiola, quienes de regreso al continente y en pleno contexto revolucionario, lo recomiendan para que la Junta Patria lo designe –a través de Bernardino Rivadavia- agente secreto al servicio de la revolución.

Más acá en el tiempo, María de la Encarnación Ezcurra y Arguibel, hija de  Juan Ignacio Ezcurra y Teodora de Arguibel, se casará con Juan Manuel de Rosas después de una engañifa de seudoembarazo,  pues los padres de la niña no querían que se case con el futuro Restaurador. El matrimonio tuvo tres hijos, pero Manuela Robustiana, apodada Manuelita, al fallecer su madre ejerció un rol relevante en el gobierno de su padre, y hasta lo acompañó en su exilio de Inglaterra. Además, el matrimonio Rosas-Ezcurra adoptó a Pedro Rosas Belgrano, hijo de su hermana María Josefa Pepa Ezcurra Arguibel y Manuel Belgrano, quien nunca lo reconocería, motivo por el cual Pepa criaría a su hijo como sobrino.  

Manuelita fue hermosa mujer a quien le sobraban pretendientes y, a uno por uno, su celoso padre rechazó el pedido de mano de todos ellos. Entre sus enamorados se encontraba el unitario José Mármol, el de la prosapia porteña Bernardo de Irigoyen y el cordobés Dalmacio Vélez Sarfield. Ninguno de ellos los flechó porque su corazón ya tenía dueño, aunque ocultó su amor clandestino de años por Máximo Terrero, hijo de su amigo y socio en negocios de curtiembres Máximo Nepomuceno Terrero.

Recién en el exilio, y a los 36 años de edad, Manuelita reveló su amor por Terrero y anunciaba a su padre su pronto casamiento. Don Juan Manuel lo consideró una traición, porque ella le había prometido que jamás se casaría. Enojado, no asistió al casamiento, y se cuenta que dijo: “No sé qué le dio por casarse a los 36 años, después de que me había prometido no hacerlo”.  Con el tiempo, el celoso padre terminó aceptando a su yerno y Manuelita su perdón.

Al final, Costa de Arguibel me entregó copia de la nota que elevara al intendente Leonardo Stelatto, solicitando la restitución del busto de Rosas que sacaron de la rotonda. Y aunque tengo mi visión particular sobre el jefe federal, acompaño el pedido que hiere sentimientos de sus adeptos.

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