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Pinceladas de historia

El destino de las estancias de las Misiones Jesuíticas

domingo 20 de junio de 2021 | 6:00hs.
El destino de las estancias  de las Misiones Jesuíticas

E xpulsados los jesuitas y definida la nueva política económica de la administración del gobernador Bucarelli de Buenos Aires, quien ordenó que cada uno de los pueblos de las Misiones se autoabastecieran y vendieran sus excedentes, uno de los primeros problemas surgidos fue el de las enormes estancias que habían pertenecido a los guaraní-misioneros.

Las Misiones Jesuíticas, como es sabido, poseyeron por lo menos dos grandes vaquerías de ganado cimarrón: la Vaquería del Mar, en el sudeste de la Banda Oriental, cerca del arroyo Cebollatí y la Vaquería de los Pinares, en el planalto riograndense, donde el topónimo actual “Vaccaria” recuerda su ubicación. Ambas fueron fundadas en la segunda mitad del siglo XVII. En 1730 se fundan las estancias de San Miguel y Yapeyú con la intención de controlar esta riqueza pecuaria. Estas estancias reemplazaron a las antiguas vaquerías en el aprovisionamiento de los pueblos. Hacia 1750, al este del río Uruguay, además de Yapeyú y San Miguel, poseían estancias los pueblos de Santo Tomé, La Cruz, San Borja, Concepción, San Luis, San Nicolás, San Juan, San Lorenzo y Santo Angelo. Esta riqueza ganadera había sido factor fundamental para sobrellevar la gravísima crisis por la que atravesaron las Misiones en la década de 1730.

La decadencia que se produjo en los pueblos inmediatamente a la expulsión de los curas llevó a que esas estancias dejaran de controlarse, lo que motivó los intereses de los estancieros montevideanos, porteños, correntinos.

Los primeros conflictos se iniciaron en los terrenos cercanos a Montevideo, que, en esta época se hallaba en plena expansión. En los ríos Negro, Queguay y Yí se hallaban dispersos los ganados que, sin control vagaban por esas amplias praderas. Según un informe de aquella época, esas tierras, “...han estado consideradas como de los indios de Misiones, pero ni las han poblado jamás, ni les ha sido hecha formal adjudicación, y además de ser terrenos dilatadísimos distan mas de 120 leguas de los pueblos....el ganado es silvestre y cimarrón, sin marca ni rodeo..” Los conflictos aparecen en los Tribunales a partir de 1770 y tienen como protagonistas a la Administración Central de Misiones y a los principales hacendados de Montevideo.

En 1784, el Virrey de Loreto, para zanjar la situación, comienza a otorgar las tierras legalmente a quien las denunciara. Así, las fronteras ganaderas de Montevideo fueron ganando espacio sobre las antiguas posesiones del pueblo de Yapeyú. Hacia 1780 los límites interiores de Montevideo llegaban al río Negro. Diez años después, en 1790, alcanzaban los ríos Queguay y Daymán, en 1800, el Arapey y al momento de la Revolución de Mayo, habían alcanzado ya el río Quareim. Desaparecían así no sólo las vaquerías yapeyuanas, sino también las estancias de rodeo, con sus puestos, sus corrales, sus rinconadas, etc. Paralelamente y en forma casi coincidente con la decadencia misionera, las fronteras ganaderas de Corrientes, que hacia 1760 apenas llegaban hasta el río Santa Lucía, comienzan a expandirse hacia el sur y el este, chocando también con los intereses misioneros que poblaban campos hasta el río Corriente. Hacia 1790 ya todo el espacio sudeste de esa provincia, entre los ríos Corriente y Miriñay se encontraba ocupado por hacendados correntinos. Esta expansión se formalizará con la creación de pueblos como Nuestra Señora del Rosario de Goya, en la década de 1780, que afianzó la ocupación correntina del sudoeste del territorio y Nuestra Señora del Pilar de Curuzú Cuatiá, en 1796. En la región del Miriñay, al igual que con los montevideanos en el Queguay, el pueblo de Yapeyú tuvo serios conflictos con Corrientes por los derechos de esa jurisdicción. El cabildo correntino otorgó enormes extensiones que pertenecían por derecho y por ocupación efectiva al cabildo de Yapeyú. El problema mayor se centró en la franja costera al Uruguay, entre los ríos Miriñay y Mocoretá, donde don Juan de San Martín, teniente de gobernador de Yapeyú, había otorgado propiedades particulares a familias de guaraníes. La cuestión terminó por dirimirla Manuel Belgrano en su paso por estas tierras en la expedición al Paraguay. El oeste del Miriñay quedó para Corrientes, desconociéndose los derechos misioneros de poblamiento inicial y el nordeste de Entre Ríos, la región de Mandisoví, también de ocupación inicial guaraní-misionera en la época postjesuítica, quedó como un distrito independiente de Yapeyú, pero bajo el gobierno de Misiones.

Las formas de otorgamiento de las tierras por parte del cabildo correntino fueron muy arbitrarias y, como consecuencia de ello, las tierras de esa provincia quedaron en pocas manos y con títulos de dudosa validez. La tenencia de la tierra, por otro lado, gestó un tipo de poder socio-económico y político con características particulares en esta provincia durante el período independiente.

La aristocracia correntina, como muchas otras de las viejas ciudades, formaba parte o estaba integrada políticamente al cabildo gobernante, de quien obtenía fácilmente los campos a través de remates apenas divulgados y en los cuales participaban sólo los interesados por esos lejanos y baldíos terrenos. Muchos guaraníes que emigraron de sus pueblos en los tiempos posteriores a la expulsión de los jesuitas se “conchabaron” como peones en esas estancias. De ese encuentro se explican ciertos modos de vida que particularizan aún hoy en día al hombre de campo correntino.

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