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Tejer

domingo 20 de junio de 2021 | 6:00hs.
Tejer

La mujer se hamacaba en su sillón de mimbre. Luego de la siesta, le gustaba salir al patio y tejer escuchando el canto de las aves. Deseaba plasmar en sus tejidos aquellas imágenes cotidianas que tanto disfrutaba. Un día, tomó coraje y pese a su avanzada edad se trepó a un mango. Primero eligió una rama, en apariencia fuerte y se tomó de ella. Luego, levantó su pierna izquierda hasta colocarla en una horqueta. Cuando elevó la derecha, su cuerpo se sacudió y sintió miedo. Recordó que a sus siete años quiso cortar unas flores de paraíso y sólo consiguió un pasaje directo hacia el suelo. El dolor de los moretones le hizo pensar en su hazaña durante varios días.

De todos modos necesitaba subir un poco más. Sin mirar hacia abajo eligió un espacio, se acomodó en una de sus ramas y esperó la llegada de algún ave. La primera en aparecer fue un cardenal. Lo contempló en silencio deseando que se acercara un poco más. Debía ser precisa, estirar su brazo y atraparlo rápidamente. Entonces, surgió en su memoria la figura de su madre cuando copiaba el canto de ciertas aves mediante un silbido. Empezó a silbar y notó que el cardenal giró su pequeña cabeza. Estaba claro que buscaba a quien producía el sonido. Respiró y volvió a producir el canto. El ave voló y se apoyó en una rama cercana. Ella sintió que la miraba. ¡Sus plumas rojas se verían tan lindas en su manta! Se acordó de la leyenda que le habían leído en la escuela y lo examinó, ¿Cómo puede ser que ese diminuto ser haya sido un soldado? Tenía que arriesgarse porque desde el sitio donde se encontraba no lograría cazarlo. Entonces, con la rapidez de un gato estiró el brazo. Tomó el ave, sintió que se movía entre sus manos e intentaba defenderse. Le dio pena, pero deseaba sus plumas, su canto y su imagen. Luego de unos minutos su cuerpo dejó de sacudirse.

Abrió sus manos y no pudo evitar llorar. En su infancia, defendía a los pájaros del ataque de las hondas de sus hermanos; ahora, ella lo había matado. Quería congraciarse con la naturaleza, aunque no sabía cómo hacerlo. Primero debía bajar. Giró y se sujetó con sus manos sucias de otra rama gruesa. Luego, debió ubicar el pie en la siguiente horqueta y nunca había que mirar hacia abajo. Iba descendiendo de frente al árbol. Solo faltaba un último envión para llegar al suelo. Se sujetó fuerte de las ramas y dejó que su pie contenido en la zapatilla acaricie el tronco para medir la distancia. Después se deslizó y fue su pierna derecha la primera en tocar la tierra. Un tirón en el brazo izquierdo fue el aviso que necesitaba para soltarse.

Ya había pisado el suelo, pero el miedo no se iba. Caminó lentamente hacia el sillón y comenzó a arrancar una por una todas sus plumas. Las clasificó en colores. Cuando terminó, se dirigió hacia el muro y colocó el cuerpito pelado sobre los ladrillos. Se lo veía aún más chiquito. Hoy los gatos se van a encontrar con un pequeño regalo, pensó.

Hamacándose fue recreando la imagen del cardenal en su tejido. Las plumas rojas constituían su cabeza, las grises el lomo y las blancas el resto del cuerpo. Le gustó lo que veía y decidió atrapar otra ave para que le hiciera compañía. Nuevamente subió al mango. Se ubicó en la misma horqueta y espero tener igual suerte. Mientras aguardaba observó el patio de su vecino, sus flores y la calle vacía. Solo se escuchaba el sonido de las chicharras.

Un hornero sobrevoló el árbol y parecía que buscaba un lugar donde posarse. Lo esperó y cuando iba a apoyarse lo atrapó con su mano derecha. Lo apretó fuerte hasta que comenzaron a dolerles los dedos. No lo iba a soltar. Se sintió poderosa y con una capacidad que desconocía. Se prometió a sí misma que iba a ser su última cacería. El hornero no tenía las plumas coloridas del cardenal, sin embargo admiraba su capacidad constructora y su canto suave.

Podría comenzar a bajar, pero el pájaro seguía moviéndose. Esperó. Cuando notó la ausencia de aleteos, colocó el hornero en el bolsillo de su delantal, junto a unos broches de madera y comenzó el descenso. Fue tomándose de las ramas y ubicando el pie en las horquetas. Cuando llegó al piso se quedó un rato, junto al árbol, esperando adaptarse al nuevo espacio. Se sentía mareada y no sabía si era la adrenalina o el ejercicio repentino. Una vez que se sintió mejor fue hacia el sillón y con un hilo de color rojo, unió su presa al telar. A su cuerpo lo llevó al muro.

Pese a todo lo que contenía, el paisaje no estaba completo porque faltaban las flores, el paraíso y los jazmines. Cortó flores y hojas y, poco a poco, fue uniendo a su tejido lo que consideraba necesario.

La obra se fue ampliando y lo que comenzó como un rectángulo pequeño ahora podría cubrirla por entero. Se tapó con la manta y cerró los ojos. Se sintió abrazada y contenida. Era feliz y entonces apareció a su esposo. Allí estaba él sujetándola de la cintura mientras bailaban un chamamé. Sus risas se apagaban solo para dar espacio a algún comentario: “¡Ay, que te quiero!”, le decía él y las lágrimas comenzaron a caer. Lo extrañaba demasiado. Le dolía su ausencia. No quería seguir sufriendo. Habían pasado ocho años desde aquel momento y el malestar no cesaba; al contrario, se acentuaba. Se quitó la manta lentamente mientras sentía el roce de las plumas y el aroma de las flores.

Después la desplegó frente a sus ojos y contempló la imagen. Había recreado su patio, solo faltaba ella. Tomó un puñado de sus cabellos blancos y volvió a tejer. Con sus viejas agujas fue uniendo las canas, una por una. Finalmente, la percibió igual a lo que deseaba representar y anheló quedarse allí. Cuando bajó el sol y apareció la luna, sacó el sillón al patio y, cubierta con la manta, decidió esperar el sueño o la muerte.

El relato es parte del libro “Sueño de perro”, de reciente publicación. Albrecht es profesora de Lengua y Literatura.

Su primer libro de cuentos y microrrelatos se titula “Lo que escribí mientras no me mirabas”.

Noelia Albrecht

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