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Cuatro rosas y un funeral

lunes 14 de junio de 2021 | 6:00hs.
Cuatro rosas y un funeral

En una calurosa tarde de primavera jugábamos al fútbol en el Estadio Maracaná.  La cancha estaba ubicada en el barrio San Martín, de Apóstoles, a escasos 50 metros de la vivienda del artista Wilfrido Tántera.

Se llamaba Maracaná porque para nosotros era la más grande del mundo. Los partidos eran de nueve contra nueve, duraban 35 o 40 minutos, quedaba en cancha el equipo ganador.

Nos refrescábamos con agua fresca del pozo de la casa de Rulo Sanabria.

Tipo 3 de la tarde en pleno partido vienen a la cancha nuestros familiares, Jorge, Enrique y Anastasia, que tenía en sus manos cuatro rosas rojas.

Sus gestos eran adustos y denotaban signos de preocupación.

–¡Necesitamos que nos acompañen al cementerio, tenemos que trasladar el cajón de Don José!

Nuestro pariente, Don José, había fallecido hacía más de dos años, y ocupaba un panteón o capilla de una familia que nos cedió un lugar. El motivo por el cual su cuerpo inerte fue depositado allí era que existía un proyecto de construir un panteón familiar, que al momento de deceso ni siquiera se había iniciado.

El cambio de morada surgió imprevistamente al producirse la muerte de un familiar directo de la capilla donde se encontraba el cuerpo.

El partido de fútbol continuó con cuatro cambios en reemplazo nuestro; debíamos solucionar el tema de la mudanza antes de las 5 de la tarde.

Otra familia bondadosa que tenía un espacio en su panteón nos cedió transitoriamente en comodato el lugar para el ataúd de Don José.

Partimos al camposanto con el propósito de realizar el traslado con la premura del caso. Le explicamos al encargado del sitio donde “viven los muertos” qué íbamos a realizar para que lo asentara en alguna parte, no sabemos si lo hizo, pero nos autorizó a trasladar el cajón.

Había pasado tanto tiempo de la muerte de Don José que el funeral que debía realizarse con muestras de dolor y recogimiento, lo realizamos en un tono festivo hasta casi con algarabía.

Por los caminos internos del cementerio hacíamos chanzas como:

–¡Mirá, José, lo que tenemos que andar haciendo por vos!

–¡Tené modo, José! -o algunos de los dichos que solía expresar en vida. Sobrenombres que adjudicaba.

Nuestro comportamiento en nada se condecía con la larguísima tradición que existía en los pueblos en los entierros de las personas que fallecían, ni siquiera con ánimas que permanecían en el lugar, por lo que familias que estaban en el lugar rezándole a sus deudos nos miraban con inmensa sorpresa.

Llamaba la atención que sólo siete personas acompañaban el cuerpo y, además, lo hacían al mejor estilo surrealista de una película italiana de Federico Fellini, donde el imaginario colectivo veía a alguien que no sabía qué tenía que decir, pero sabía cómo hacerlo.

Presumimos que las familias que se hallaban en el cementerio deberían vivir lejos del lugar, porqué era también tradición rezar a las almas de los muertos los días lunes, conocido como el día de los difuntos.

Al vernos pasar hablando en voz alta, sonriendo, habrán pensado que estábamos locos.  Se corrieron del camino con un silencio sepulcral, hasta diríamos con cierto temor por nuestra conducta.

No podrían pensar estar personas que el difunto había fallecido hacía un tiempo y que nosotros, independientemente del dolor que nos produjo su partida, ya habíamos elaborado la resignación y el duelo.

Abrimos la capilla donde iba a permanecer José, de nuevo con gente extraña, o ánimas propias del misterio que nos produce la muerte.

Ventilamos un rato el lugar con el cajón afuera en el suelo; ante la sorpresa de miradas indiscretas que pensarían que quizás el alma del difunto ni siquiera pudiese entrar al purgatorio.

Anastasia nos contó que una noche, en tiempos que el cuerpo estaba en la otra capilla, soñó con Don José y que él le hablaba.

–¡Anoche hubo una discusión aquí, porque ustedes vinieron y me prendieron velas sólo a mí!

A partir de ese momento cada vez que iban al cementerio, prendían velas en todos los ataúdes.

Esperamos un rato prudencial y colocamos el cuerpo en la capilla, rezamos un padre nuestro, prendimos velas junto al cajón de Don José y en los restantes.

Anastasia puso las cuatro rosas rojas sobre el féretro y nos marchamos.

Cuatro rosas y un funeral.

Publicado en ideasdelnorte.com.ar

Por Ramón Claudio Chávez
Ex juez federal

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