martes 03 de agosto de 2021
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Las achiras se marchitan

domingo 13 de junio de 2021 | 6:00hs.
Las achiras  se marchitan

El invierno y el otoño eran tan cortos que los recuerdos de esos meses se diluyen entre los festejos de San Juan y la purificación de la gente, con los cinco tragos en ayunas de caña con ruda los días primero de agosto y los colgantes de alcanfor que se guardaban con los braseros para el año siguiente.

Percibíamos que finalizaba el invierno y que pronto aparecerían, como todos los años, los mensajeros del calor. Aguaciles, algunas langostas saltonas y las mariposas marrones que se convertirían en trofeos multicolores de nuestras expediciones infantiles.

Nunca supimos de dónde venían. Algunos decían de la arboleda, del monte cercano; los más imaginativos hablaban de la luna y los que vivían del otro lado de las vías del ferrocarril lo asociaban al poder del lobisón, del Cambá Bolsa o del Pombero que correteaban por el barrio arrebatando a primas y hermanas, relatos tan creíbles que nos volvían locos de miedo.

Con toda esa muchedumbre de seres vivíamos tan miedosos que nadie a la hora de la siesta se movía de sus casas.

En primavera, si al atardecer surgían de la nada las mangas de polvorines y mosquitos enancados en el viento norte, la gente comenzaba a tirar algunos presagios muy jodidos sobre los calores del verano. “Se viene la seca”, pregonaban por lo bajo.

Si para noviembre no se avizoraban tormentas copiosas, ni del sur ni del norte, y se rumoreaba que las lagunas cercanas, algunos pozos y los aljibes comenzaban a secarse. “Se viene la seca”, pregonaban los más viejos.

A estas suposiciones se sumaba que al tanque regador lo remplazaban remolinos de tierra. Los vecinos ya no se sentaban a la vereda, ni se oían los cantos de las chicharras.

El abuelo tenía sus cábalas. Si las plantas de achiras que rodeaban el zócalo del aljibe comenzaban a ponerse raquíticas o sus pétalos se arrugaban por la falta de humedad, se ponía nervioso y comenzaba a putear a Dios y a todos los santos como pájaros de malagüero.

Llamaba la atención en la familia que un hombre tan urbano y sobrio como era él tuviera esa vocación casi enfermiza hacia esas flores. Nunca se supo bien el origen de su devoción por las achiras.

Según mamá, la sequedad de esas plantas lo enloquecía. La abuela, que era muy piadosa, en esos días dejaba de ir a la iglesia. “Son los Rosacruces”, comentaba ella en voz baja mientras rezaba el rosario en la cocina.

En cambio, mi tía comentaba que en esos días de mal humor el abuelo tenía su propio remedio. Como un gran secreto y en voz baja, decía:

- “Yo lo vi muchas veces levantarse en algunas madrugadas y hablar con las plantas, como murmurando les rogaba algo mientras las orinaba.

En cambio mi tío Alberto de una manera cautelosa contaba:

-“El viejo, para mí, guarda con las flores de las achiras algún secreto…yo lo vi preparar en una taza, un mejunje con las flores, ajo y ginebra. Creo que lo tomaba para orinar mejor y para aflojar la vejiga”.

Si los conjuros secretos de mi abuelo para salvar a las plantas de achiras sucumbían antes de las navidades ordenaba:

- “Hay que limpiar el fondo del aljibe…para las nuevas lluvias”.

La orden del abuelo se cumplía inexorablemente. Una vez me tocó a mí, justo cuando el sol pegaba intenso sobre la boca del brocal del aljibe.

Recuerdo cuando mi tía Yuchi y la Goyita me prepararon para la misión. Me desnudaron, lavaron desde los pies hasta la cabeza y me hicieron hacer pis. Fabricaron una especie de arnés con unas tiras, me las pasaron entre las piernas y lentamente fui bajando.

El agua estaba tan fría que cuando la tocaba con mis pies mi cuerpo temblaba. A esa agua se la subía en baldes y se la depositaba en fuentones al sol para el baño de la tarde. A la noche, el abuelo echaba un balde de cenizas de carbón de algarrobo que guardaba especialmente para purificar la cisterna hasta la próxima lluvia.

Luego nos tocaba aquellos baños soleados en los fuentones con agua tibia. Los había olvidado, pero los volví a recordar de la butaca del cine, cuando el “cowboy sediento y lleno de polvo llega a la posada y la rubia va cargando la tina mientras el cigarro y el whisky flotan entre su dedos, ella con mano enguantada le va enjabonando la espalda.

Con una manopla de trapo enjabonada, mi abuela nos iba refregando mientras nos coreaba:

- “Pum, pum, a la francesa, pum, pum, a la francesa... a la francesa”.

La idea de las manoplas las había sacado de los modelos de los catálogos de Harrods y de las revistas de costura que recibía mi tía por correo desde Buenos Aires. Las gotas del perfume venían con el peinado con jugo de limón para mantener el pelo ordenado. Yo ya me había olvidado de esos, “pum, pum”a la francesa.

Después supe que los franceses en esa época tenían fama de bañarse una sola vez a la semana, de ahí la ironía de la abuela. Lo comprobé por el olor a lavanda un sábado en el Metro.

El pasaje más barato que conseguí fue en el último viaje del Pasteur, en una cabina con tres Chilenos que parecían mudos y no se sumaban a las jodas del barco. Después creo que a los tres los volví a ver en una foto con Salvador Allende

Ya vivía en Buenos Aires. En uno de esos fines de semana en que los porteños putean por la temperatura, aproveché una invitación para festejar mi partida para escaparnos en su Gordini a la costa atlántica. -“Te vas a París negrito…” me decía mi amiga Marisa y su hermana. La ruta 2 era un infierno. Ellas todo el viaje cantaban en francés y me hacían deletrear el vocabulario.

El parte meteorológico no se había equivocado. Bien temprano, a esa hora de la mañana, mientras mis amigas seguían durmiendo, con el sol tibio en la espalda y el agua fría hasta los tobillos, contemplaba los zarandeos de las olas; más atrás, sobre el horizonte, entraba y salía el mástil de un velero. Sin querer, ese paisaje me llevó a los Buques Suicidantes, de Quiroga. Seguí pensando sobre la trama del cuento del uruguayo cuando una ola fría se me subió hasta el short.

No sé si fue el escalofrío que sentí, que me hicieron volver al aljibe de la casa de mis abuelos. Yo ya me había olvidado de esos baños a la francesa, que la abuela pregonaba y la asocié a aquellos preparativos de mi futuro viaje de estudios a Francia.

Un uruguayo, con el cuál en el mayo francés conoceríamos a Jeanne Moreau, me dio la recomendación más sutil antes de mi viaje.

- “De entrada, a las francesas no hay que dejarlas aletear”. Abrazala fuerte chaqueño mirá que no usan desodorantes”

Para mí, todo el viaje era una fiesta. “Negro, te imaginaste alguna vez de Quitilipi a París”, me decía un amigo que además me había regalado un long play de los Beatles.

Posiblemente por mi metro ochenta medio robusto moreno y pelo negro, en la tradicional ceremonia del cruce del Ecuador el Capitán, me nombró Neptuno. Entre los infieles primerizos me tocó prenderlos y llevar al bautismo en la pileta del barco a una francesa nieta de españoles. El resto de la travesía, ella mejoró mi poco francés y en el puerto de El Havre viajamos juntos hasta París. Esa noche, sus abuelos me invitaron a dormir en la chamnabre de la empleada que estaba libre.

Busqué la ducha. Unas manoplas parecidas a las que confeccionaba mi tía Yuchi estaban colgadas sobre el lavatorio. Lo que me impresionó fue la fragancia de los jabones. Me hicieron recordar el perfume de mi abuela Crimilda cuando nos rociaba después del baño y que ella compraba por catálogo a las tiendas Harrods.

El autor vivió varios años en Posadas. Ha publicado Relatos de la terra bermella y Quién mató al dentista posadeño. Actualmente reside en Buenos Aires

 

Hugo Schamber

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