sábado 24 de julio de 2021
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Al fin

domingo 13 de junio de 2021 | 6:00hs.
Al fin

Cuando la madre apareció en la galería donde estaban jugando los niños, él supo que, como siempre, sería molestado. Era el más pequeño y le tocaban las tareas ingratas, aburridas y fatigosas.

-¡Oboshi! -gritó la mujer- es hora de salir para lo del tío.

El tío Yuranoshuke había sido herido en el frente y estaba recluido en su aldea a varios kilómetros de la ciudad. Sus hermanos comenzaron a burlarse y sintió que unas lágrimas entibiaban sus ojos. Vio, a través del llanto, los rostros deformados que parecían máscaras. No dijo nada. En el galpón del fondo encontró la bicicleta y trató de salir por una calle lateral para no ser visto pero tuvo que pasar por la casa para buscar la canasta.

Cuando comenzó a pedalear bajando la cuesta, sintió a sus espaldas algunas carcajadas y una lata que reboto junto a la rueda trasera con gran estrépito. Las calles estaban inusualmente agitadas. Había un tránsito muy intenso de personas y vehículos. En las afueras de la ciudad se detuvo a contemplar una caravana militar. Era una fila interminable y sombría de camiones y camiones que no dejaban de pasar. Había cañones montados sobre ruedas que parecían insectos gigantescos.

A medida que se internaba en el campo, Oboshi sintió que disminuía su cólera y varias veces dejó de pedalear demorando la marcha para disfrutar del paisaje. Comenzaba a atardecer. Miró hacia la ciudad y se emocionó al ver los edificios, ya muy lejanos a contraluz, y las chimeneas vomitando un humo gris que el viento dispersaba rápidamente. Un perro lo acompañó un largo trecho y después corrió tras una perra que lo doblaba en tamaño. Se detuvo en un puente junto a unos pescadores. Eran viejos y estaban en silencio. Pasaron unos aviones formando una escuadrilla. Los viejos no levantaron la cabeza pero Oboshi quedó maravillado por la velocidad de los aparatos.

Ya tenía las piernas entumecidas cuando divisó la silueta de la aldea. El tío vivía a la entrada.

Estaba parado junto a la cerca con la vista perdida. Se abrazaron sin decir nada y entraron en la casa. Hacía frío. El hombre encendió el fuego y abrió el paquete. Tenía un brazo totalmente inmovilizado y caminaba rengueando.

Oboshi corrió hasta el baúl y sacó el uniforme del tío. Le gustaba colocarse la chaqueta, inmensa, y mirarse al espejo.

El tío sonreía. Presentía, desde hacía varios días, que la guerra estaba por concluir. Muchas veces había pensado suicidarse ante una derrota de Japón pero así, aislado y mutilado, sintiéndose casi un muerto, el suicidio le parecía desproporcionado. Se mata la vida y no esa ruindad en la que se había convertido. Cenaron junto al fuego. Y luego fueron quedando dormidos sobre la tarima de madera. Antes, el hombre había cantado con voz profunda unas canciones que hablaban de victorias pasadas.

Así, Oboshi se sintió envuelto en una extraña sensación mientras sus pensamientos se iban desdibujando hasta desaparecer. Se sentía feliz.

No sabía que nunca regresaría a la ciudad; que nunca regresaría a Hiroshima.

El cuento pertenece al libro Esquirlas y Perdigones, Editorial Universitaria. Abinzano es docente emérito de la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la Unam

 

Roberto Abinzano

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