domingo 25 de julio de 2021
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No soy tu confidente

domingo 13 de junio de 2021 | 6:00hs.
No soy tu confidente

Me siento mal.

Con esa frase Clara dio la primer pitada al décimo cigarrillo. Se tiró hacia atrás un mechón de pelo rubio que insistía en permanecer sobre sus ojos y tras echar al aire el humo con violencia dijo, abrumada, “Me siento mal”.

Sí, mal. Como si una mano callosa me penetrara y apretara mis ovarios.

En realidad Clara estaba muy nerviosa. Por sus entrañas corría, no la mano callosa sino un calor extraño, diferente al que le hacía desear una presencia masculina en su interior. Era un ardor que no nacía en el bajo vientre sino en la garganta, le roía el pecho y luego subía. Y se deshacía en palpitaciones en las sienes y en lágrimas mal contenidas de sus hermosos ojos azules.

Como un lejano eco monocorde escucho: Hum..

¿Por qué no me decís otra cosa? Solamente «hum... hum...hum...» Si aunque más no fuera me preguntaras qué me pasa...

Sí, bueno. ¿Qué te pasa?

Mi marido me mete los cuernos (Sollozo, pitada, colilla, al piso, se suena la nariz, seca una lágrima, se echa el pelo hacia atrás).

¿Qué? (Admiración)

Me mete los cuernos. El, que parecía tan inocente. Tiene una mocosa. Ni a veinte años llega. Lo contrario que yo. Pelo negro, ojos marrones. Bien puesta, eh, ahora que es pendeja pero unos años la celulitis le hará estragos.

¿Cómo sabés?

¿Lo de la celulitis?

Lo de los cuernos.

Ah. Los espié. ¿Que querés? Me costaba creerlo al principio pero cuando le encontré una boleta del motel El Ciervo en el bolsillo del blazer ya no dudé más. Lo seguí con el ciclomotor de la empleada. La guachita llevaba un bulto blanco debajo del brazo. Creo que era el guardapolvo. Sí, eso era. Porque la reíta va a la Normal. Jhá! Flor de maestrita.

Clara prende otro cigarrillo. No alcanza a ponérselo en la boca porque ahora está llorando convulsivamente. Se sienta al borde de la cama. Luis se sienta también. Espanta el humo haciendo pantalla con la mano. Siempre le ha dicho que no fume. Le quita el cigarrillo, lo apaga en el cenicero. Le acomoda los bucles dorados. Le besa el cuello. Aprisiona uno de sus pechos con la mano izquierda. La presiona suavemente hacia él.

¿Qué hago Luis?

Por toda respuesta, él la aprieta cada vez más; la tiende de espaldas sobre la cama, la destapa del todo, la sigue besando y acariciando, la muerde y se posesiona de ella en una especie de delirio. Clara gime de manera distinta a la de recién. Toma el cuello de Luis y apoya la cabeza del hombre, de su amante, contra sus pechos. De repente queda rígida y silenciosa, no jadea ni suspira. Levanta la cabeza de Luis y le dice “Mi marido me guampea, Luis, mi marido... ¿No entendés?”.

Luis no puede elaborar respuesta ni puede entender nada, al menos ahora. Se desploma sobre Clara casi exánime. Sonríe y la besa suavemente en la boca; justo para impedir que vuelva a preguntarle si la entiende.

Resbala hacia un costado. Estira la mano hacia la mesa de luz. Toma la botella de whisky y vuelca trabajosamente una medida en el vaso que está en el piso, al costado de la cama. Bebe de un trago.

Clara vuelve al ataque “¿Qué hago?”

“Dormir -Tranquila- Dormir que son las cinco de la mañana.

Le acomoda la cabeza en la almohada. Boca abajo. Va a taparla pero se arrepiente. Prefiere recorrer su columna con los labios, hasta abajo, ahí donde comienzan las nalgas redondas, bastante más claras que el resto de la piel. Ella toma sol con la bikini puesta. La besa. La siente dormida. La reciente actividad, las palabras de Luis la han tranquilizado.

El extiende la melena rubia sobre la espalda de Clara.

Ahora sí, coloca la sábana sobre el cuerpo dorado. Sale de la cama, se da una ducha. Se pone la ropa, toma el portafolios y se va. Desde la puerta la mira y como despedida murmura:

“Te lo dije Clara. Varias veces te lo dije. Soy tu amante pero no me interesa ser tu confidente”.

Le sopla un beso con la mano y cierra despacito la puerta. Se apura, más gente está entrando al ascensor que baja.

“Hola” le dice la adolescente de pelo negro y ojos marrones. Bien puesta. Luis la mira y piensa “Clara tiene razón. Ahora es pendeja pero cuando pasen unos años... La celulitis”.

“¿Me pagás ahora Luis, o tengo que ir a payasear de nuevo al motel con el idiota ése?”

La voz de la chica denota ofuscación, Luis la mira otra vez, le sonríe y saca la mano del bolsillo con unos billetes. Los ojos marrones de la chica se iluminan.

Pregunta: “¿Salió todo bien?”

Sí, el detalle del guardapolvo doblado estuvo fantástico. Cuando me necesitás, ya sabés.

Claro. Estamos en contacto.

La puerta del ascensor se abre y Luis esquiva molesto un beso de la muchacha al despedirse. Al salir, él se detiene a atarse los zapatos. Ella corre con andar de gacela hacia la calle. Al colectivo.

Amanece. En el departamento Clara busca el cuerpo de Luis. No está. Se da vuelta y sueña con una chica de pelo negro y ojos marrones. Abrazada a ella, Julio, su marido.

Luis toma un taxi. “Lejos ¿eh?” dice el chofer. Luis no contesta. Se estira en el asiento. Sonríe. Cierra los ojos. Sueña con Julio, el marido de Clara. Estará esperándolo en la casa de fin de semana como todos los viernes. Eso sí, si en algún momento comienza a darle la lata con lo de “qué pensará Clara si se entera” y todo eso, le dirá, “Julio soy tu amante, no tu confidente”.

Relato publicado en la revista Mojón A. Abad es periodista, ha publicado varios libros y participado de muchas antologías. La imagen es una captura de la película francesa El amante doble del director François Ozon

 

Esteban Abad

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