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El aleph de cada uno

domingo 13 de junio de 2021 | 6:00hs.
El aleph de cada uno

El juguete se llamaba La Escala de Jacob. Eran unas tablitas, unidas con cinta, con la particularidad de desplazarse una sobre otra, o de caer una sobre otra ocupando el lugar de la anterior, de forma sucesiva, como si estuvieran entrelazadas y a la vez sueltas, como si brotaran siempre.

Yo era un niño y vivía con mi abuelo. Él mismo construyó el juguete y me lo regaló. Quedé extasiado. Era algo simple y hermoso, como un mirador para entretenerse horas enteras.

-“¡Qué observatorio formidable, che Borges”! -murmuré, acordándome del juguete y repitiendo las palabras que el propio Borges se dijera a sí mismo en el relato El Aleph.

Ahí nomás pensé en Carlos Argentino Daneri, personaje del cuento, y lo imaginé sacando una boquilla de nácar, sentado, todavía solo, en la confitería de la calle Garay, de Buenos Aires, y poniendo un cigarrillo en el extremo, aunque el escrito no dice que fumaba.

Hasta que llegó Borges. Me figuré su arribo, lo que pensaría: porque don Jorge Luis no apreciaba los versos decadentes de Carlos Argentino.

Daneri estaba tranquilo, con pinta de aristócrata, largando volutas, con un pañuelo al cuello, al estilo de los estancieros pitucos, elucubrando hemistiquios de un poema larguísimo llamado La Tierra, que abarcaba la hidrografía, la flora, la fauna, las luchas militares y clericales, y una vasta lista de elementos de historia y de la economía del país, como la fundación de ciudades, el surgimiento de los caudillos, el contrabando en tiempos de la colonia, el puerto…

Borges apenas llegó, supongo ahora, lo habrá mirado con desprecio. Entonces, para qué fue a la cita, si no le gustaba el personaje ni sus versos.

Daneri le había hablado de un aleph. Un aleph es un punto en el espacio que contiene todos los puntos. Es un lugar donde están sin confundirse, todos los lugares, vistos desde todos los ángulos. Allí derrochan luminarias y veneros de luz los rincones más profundos de la memoria y la especie, se compendian los lenguajes y se excitan en lamparones fogosos que destilan golpes sucesivos y simultáneos de fotones que enceguecen.

Pero ¿qué había pasado? O ¿qué estaba por pasar?

La casa vecina de la confitería donde se encontraron los dos personajes, uno real y el otro ficticio, iba a ser demolida. Esa casa que era de los Daneri, tenía un sótano que contenía justamente un aleph, y Borges tenía curiosidad por verlo antes del derrumbe, quería que Carlos lo lleve y lo encierre ahí abajo.

El inmueble fue destruido en 1942, me adelanto en el relato porque todos conocemos el cuento, lo que ignoramos es la vida posterior de Daneri. Yo averigüé. Supe en qué anduvo. Daneri se diluyó en las bibliotecas más extrañas del mundo buscando datos para su magna obra y gastando decenas de resmas en la escritura (que quedó inconclusa). Ensayó tropos y epítomes rimados. Intentó leer los originales de Polibio y entresacar latinismos. Quiso hallar ideas para quiasmos y calambures. Viajó a España, Italia y Escocia para indagar sobre dioses paganos de mitologías perdidas, o ancestrales balbuceos en museos etruscos. Persiguió en la neblina del ártico a pescadores que sabían de duendes. Quizás influido por Borges, no sé, escarbó en la migración milenaria de celtas y vándalos hacia el oeste de costas y de islas.

Pero a medida yo iba obteniendo información todo adquiría un tinte extraño. No comprendía, por ejemplo, por qué teniendo, o habiendo tenido, en el subsuelo de su casa, un artilugio fantástico, un diccionario de todas las cosas, una llave maestra para ingresar a los misterios, andaba desculando entuertos filológicos, genealogía precarias, anécdotas de héroes que nunca desenvainaron la espada, ni se batieron a duelo.

Al final de mis investigaciones llegué a pensar que todo bien podría ser una elegante patraña o una inmensa simulación. Todo, no solo el proyecto poético de Daneri, sino también la fingida la muerte de Beatriz Viterbo, la incipiente ceguera de Borges, y el encuentro entre dos fabuladores; incluso falsa la casa y el sótano.

Pero ¿y el aleph?

Si la casa se vino abajo como está demostrado ¿dónde quedó? Aunque se afirme que basta la imaginación para que algo sea posible, no consta en los archivos, ni el la Biblioteca Nacional, ni hay dossier, archivo, folio, documento que certifique su sitio, ni hable de su mudanza. Me cuestionaba durante la exploración, el aleph ¿dónde está, o se fue?

Claro, ahora que pasó el tiempo, que muchos años cayeron como las tablitas de mi juguete, y que desentrañé el destino de los personajes del cuento famoso, supe que para nosotros, los lectores, esa pregunta carece de importancia. Después de décadas de detective literario arribé a la conclusión que la verosimilitud es un requisito prescindible, aunque no desdeñable. A propósito, el mismo Borges sugiere que ese aleph, el de la calle Garay, era postizo, porque en el epílogo del cuento, tira pistas equivocadas, quizás para confundirnos, y nos refiere algunas ambigüedades.

Yo también creo que no era el verdadero. Y puedo decir por qué.

Alberto, mi abuelo, tenía una pieza en su casa del campo donde había un escritorio con un antiguo armario de madera, un mueble enorme, con vidrios repujados, donde había libros y papeles. En esa biblioteca cuyas puertas no cerraban bien, atrás de biblioratos, escondido entre las revistas de Histonium y los tomos del Tesoro de la Juventud, camuflado con ejemplares de Julio Verne y Salgari, bajo carpetas, cartas amarillas, y olor a libros viejos, yo guardaba la Escala de Jacob para que nadie se la lleve. Allí bien pudo estar el aleph. No el apócrifo, sino el auténtico.

Que nadie lo haya visto no invalida mi testimonio.

Porque atando cabos, uniendo casualidades, ensamblando recuerdos, uno se da cuenta que ese punto o vértice desde donde se divisan todos los ángulos, está en la infancia y ese es el tiempo en que debe ser descubierto. Ahí, o nunca.

Otras personas habrán tenido su aleph, también legítimo, en algún espacio-tiempo del pasado. Es probable que cada uno aporte información distinta. Y es probable que cada señal contribuya a la confusión general sobre el domicilio del fenómeno. Es que la ubicuidad del aleph no puede garantizarse. Sus noticias están llenas de supuestos, atisbos e hipótesis vagas o, directamente, contaminadas de literatura.

Está sin estar. Cada uno lo ve si puede. Quizás algunos estén escondidos en el bolsillo roto de un pantaloncito corto, en una armónica de cuando éramos chicos, en un títere fabricado con retazos de tela, en una bolita, en un trineo llamado Rosebud o en una Escala de Jacob.

Lo valioso de mis sondeos fue la conclusión de que desde ese aleph de cada uno vamos a ver la vida para siempre, la grandiosidad de la bóveda celeste, la desesperación de los escritores, el regazo de la música, la belleza de las mujeres, el paso-toro del tiempo, los ciclos inauditos del hombre, la linterna de la poesía. Y también la crueldad de nuestro país, vejado y vendido, sus élites egoístas, el dolor que nos producen escupiéndonos la cara, pero que, sin embargo, no nos matan, porque no pueden matarnos la esperanza, ni la memoria, ni la nostalgia, ni la alegría.

Porque en ese juguete, o en el recuerdo de ese juguete, permanece la evocación del mundo que llevamos adentro como una mochila interna, el corazón que golpea, buril, martillo, escoplo, para decir que está, que está él y su pasado. Ese pasado que es un ave de pico terco y precioso, dale que te dale, cincelando constante la madera de nuestra alma.

Inédito. Szretter es médico de profesión, reside en Puerto Rico. Tiene publicados libros de cuentos y novelas

 

Rosita Escalada Salvo

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