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Sanidad y stock ganadero

miércoles 09 de junio de 2021 | 6:00hs.
Sanidad y stock ganadero

Se gastaron ríos de tinta para escribir sobre la aftosa en la Argentina desde su aparición en 1863, y varios cientos de millones de pesos en combatirla. Representó por décadas la frustración sanitaria del país, el quebranto del bolsillo del productor ganadero, grandes pérdidas en la recaudación fiscal y la baja estima del país en la consideración sanitaria internacional. Referenciada como el símbolo de las enfermedades a exterminar del rodeo nacional, su existencia impedía entrar al exclusivo circuito no aftósico de los países más exigentes y ricos del mundo, los Estados Unidos, Japón, CEE, Israel, entre otros pocos. Su maldita presencia en los potreros discriminaba el precio de nuestras carnes considerada la mejor del mundo, cuyo valor en los mercados internacionales, abstrayendo la cuota Hilton, promediaba los mil quinientos dólares la tonelada, comparativamente la mitad del valor que percibía Canadá por su carne de inferior calidad, resultado de haberla eliminado 

En 1989, sobre una población estimada en 55 millones de bovinos, se alcanzó a vacunar alrededor de 34 millones de cabezas con una nueva vacuna oleosa creada por el Dr. Sholeim Riverson, profesional del Inta, en ensayos probados en distintos campos provinciales sobre la base de las experiencias realizadas en la localidad de Henderson. Atrás quedó la vieja vacuna hidroxisaponinada de tres aplicaciones anuales, de la cual, ganaderos no la utilizaban porque consideraban de poco efecto inmunológico. En el mundo sanitario se decía “el país de las vacas tiene aftosa por desidia”. La vacuna oleosa de una sola dosis de aplicación fue tan exitosa en el campo de la inmunización que, ese mismo año del 30 de enero, se lanzó en el Salón Blanco de la casa de gobierno presidido por el presidente Raúl Alfonsín, el uso obligatorio de la vacunación con la vacuna oleosa al rodeo bovino nacional. Fue un hecho histórico en la que asistieron ganaderos, funcionarios de nación y provincias y embajadores de distintos países, incluido el de Estados Unidos, tal vez, para informarse de la elaboración de la vacuna creada por científicos argentinos en laboratorios locales.

La lucha contra la aftosa fue de tal importancia que, esta vez, también en el Salón Blanco de la Casa de Gobierno y ante la presencia de parecida concurrencia, en 1992, el presidente Menem lanzó el Plan Nacional de Erradicación de la aftosa, continuado de esta manera la política sanitaria ideada e impulsada por el gobierno del presidente Alfonsín, claro ejemplo de continuidad de un plan de un gobierno a otro en nuestra historia contemporánea; cuando los otros eran adversarios políticos, no enemigos.

La lucha emprendida fue de impecable ejecución. Conmovió la impresionante movilización de vacunadores desparramados por el país. Como marabunta allá iban por llanuras, montes, bañados, quebradas, cerros, espinillares, en zonas desérticas y de areniscas. Con sol abrasador, frío, viento, barro y por caminos imposibles de transitar, pero siempre llegando, a caballo, mula, a pie y hasta en motocicletas por los senderos selváticos de Salta, Misiones, Tucumán, Chaco. Ese período de tres años de lucha es histórico, porque en él se conjugaron el último fracaso y el primer éxito. Hubo un antes y un después, pues en ese lapso se alcanzó a vacunar 60 millones de cabezas sin que se produjeran los rebrotes tan temidos. Y Argentina conseguiría el tan anhelado estatus de libre de aftosa con vacunación, condición que entre los signatarios del Plata únicamente Uruguay exhibía. Para ese entonces la única región libre de aftosa sin vacunación constituía el sur del paralelo 42. Es decir, la Patagonia. Si aparecía un foco debía aplicarse el rifle sanitario según las normas internacionales. Y hubo un insuceso el día de los inocentes el 28 de diciembre de 1993 en Bariloche. El virus, sin control amenazaba expandirse en potreros de mil hectáreas o más y la matanza sería terrible. Ante tal situación se decidió vacunar en anillo. Un enorme círculo virtual de varias leguas desde la periferia al centro del brote. Resolución audaz y acertada, prohibida por las normativas internacionales que, si trascendía, ocasionaría al país sanciones sanitarias severas. Un par de meses más tarde la enfermedad fue controlada gracias a la vacuna elaborada por laboratorios argentinos, antígeno reconocido mundialmente. Fue, la vacunación, la única alternativa válida para cortar la propagación del virus en tan vasta región. Sin tal resolución, el sacrificio de animales sobrepasaría diez veces más de las casi trece mil cabezas sacrificadas.

Las normativas internacionales indican que, al ocurrir un brote en una región libre de aftosa sin vacunación, deben sacrificarse los animales del potrero problema y de los lindantes sanos. Cuando el potrero es de tamaño regular y de pocas cabezas, si no hay complicaciones, la resolución es rápida. No así en potreros de grandes extensiones que sobrepasan miles de hectáreas y con miles de animales pastando como en la Patagonia. Allí las cosas se enmarañaron muy mal. Como la enfermedad no paraba, al contrario, se multiplicaba rápidamente en la inmensidad desértica, la progresión del sacrificio de animales se volvía incalculable. Y ante la alternativa de seguir encorsetado a las normas o cambiar, se tomó la determinación de vacunar apostando a la rápida respuesta inmunológica, una prueba de fuego que resultó eficaz. Merced a la calidad de la vacuna y a la estabilidad económica se pudo introducir carne en los mercados más exigentes y, el Servicio Nacional de Sanidad fue reconocido entre los mejores del mundo. Pero la estabilidad duró un suspiro, trayendo consigo inflación galopante y la pérdida del stock ganadero en 12 millones de cabezas a mediados del 2000, para después evolucionar en la recuperación actual de 54.500.000 y el precio de la carne por las nubes, situación que debe ser resuelto por el actual gobierno nacional y los futuros.

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