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La única elección que importa

domingo 06 de junio de 2021 | 6:00hs.
La única elección que importa

La de hoy es la única elección que debe importar a quienes serán elegidos en la provincia de Misiones. Y cumplir el mandato que les da el pueblo de la provincia es el mejor modo de prepararse para las próximas.

No es la primera vez que pongo el ejemplo de Carlos Pellegrini en este espacio y lo vuelvo a hacer porque contiene una enseñanza ejemplar. Por eso le calco algunos párrafos que vienen al pelo para un día de elección en la provincia; aunque los cargos que se eligen no son ejecutivos, todos son reelegibles salvo los de convencionales constituyentes en San Pedro y Dos de Mayo.

El 6 de agosto de 1890, a los 44 años, Carlos Pellegrini sucedió en la presidencia de la República a Miguel Juárez Celman, que renunció tras la Revolución del Parque. Mientras el presidente se escapaba a su estancia cerca de Arrecifes, Pellegrini, al mando de las tropas y a caballo, sofocó la Revolución y asumió la presidencia de la Nación para terminar el mandato. Pellegrini había sido el vicepresidente de la desastrosa gestión de Juárez Celman, pero en dos años y tres meses, arregló el país y entregó el poder a Luis Sáenz Peña el 12 de octubre de 1892.

Los revolucionarios que se llevaron puesto a Juárez Celman hoy son ciudades y avenidas de todo el país: Leandro N. Alem, Bartolomé Mitre, Aristóbulo del Valle, Bernardo de Irigoyen... Y Carlos Pellegrini compite en monumentos con ellos y con Sarmiento o Roca, mientras que solo una estación perdida en el norte de la provincia de Córdoba se llama Juárez Celman, así, sin nombre de pila, quizá para provocar la confusión con su hermano mayor, Marcos, que fue gobernador de Córdoba y le dio su nombre –ahora sin Celman, para que tampoco lo confundan– a una linda y pujante ciudad en el sur de su provincia.

Lo que quiero resaltar no es la política que llevó a cabo Pellegrini sino los dos años, tres meses y seis días que duró su gobierno y que le sobraron para arreglar el desbarajuste. No le interesaba ningún otro resultado que el bien de la Patria... o quizá su propia autoestima. Tomó las medidas que había que tomar, sin vueltas ni lloriqueos. Pero hay una condición que quizá no tengamos en cuenta cuando ponemos a Carlos Pellegrini entre nuestros grandes presidentes: no lo condicionó nunca su reelección porque en aquellos años había un solo período de seis años sin ninguna posibilidad de reelección inmediata.

La presidencia de Carlos Pellegrini enseña que hay que trabajar duro para cumplir las metas, pero sobre todo que no hay que preocuparse por las elecciones que vienen, porque las únicas que realmente importan son las que te eligieron y te dieron mandato para hacer lo que prometiste. No importan las encuestas, los consejos de los consultores ni la retórica de la oposición.

Nunca hay que dejar para un hipotético segundo periodo el cumplimiento del mandato del pueblo. Una, porque no se sabe si llegará. Y dos, porque para que llegue, siempre lo mejor es hacer de tripas corazón y abocarse a la agenda que los llevó al gobierno. No alcanza con instalarse en el poder para que ocurra por arte de magia todo lo que se prometió. Las cosas no funcionan así: hay que empujarlas con esfuerzo y constancia para que ocurran.

Pellegrini nos enseña que quienes son elegidos por los votos del pueblo tienen que inmolarse sin pensar en su reelección. Lo paradójico es que esa es la mejor manera de ser reelegidos.

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