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El loco del reloj

domingo 06 de junio de 2021 | 6:00hs.
El loco del reloj

Nadie recuerda cómo ni cuándo. Lo cierto es que el “Loco del reloj”, como lo llamaban en el pueblo, se convirtió en parte de su folklore. Siempre, a la misma hora y en el mismo lugar, el anciano se sentaba en el centro de la plaza, con sus cabellos blancos al viento y su larga barba descuidada. Las arrugas de la cara dejaban entrever la tristeza y la soledad que brotaban de sus ojos claros.

Todos los días, a la misma hora, se lo veía venir por la callecita del río, con el andar lento y la ayuda de un improvisado bastón. Cabizbajo, mirando hacia todos lados como buscando algo. Se sentaba en el mismo lugar, abría una gastada bolsa y sacaba un reloj a cuerdas y unas herramientas. Todos los días lo desarmaba y volvía a armarlo. Le daba cuerdas y como no funcionaba, guardaba el reloj en la bolsa e iniciaba el regreso, por la misma calle que lo había visto venir.

Alguna vez su vida y sus acciones generaron curiosidad, los chicos lo espiaban desde atrás de los árboles y le gritaban:

- ¡Cuidado con el loco del reloj! – y se escondían en la plaza. -

La gente grande se preguntaba de dónde había salido. Nada, nunca nada, ni una palabra.

Había armado una casita debajo del puente y tenía lo mínimo, sus únicos tesoros lo constituían el reloj y una foto de una mujer y dos niños.

Solo el cura del pueblo había podido intercambiar unas palabras con él, ya ni recordaba cuánto hacía y por temor al ridículo jamás reveló lo escuchado. El hombre le había confiado que fue un joven relojero con una familia feliz y un próspero negocio. Que un día le trajeron un reloj para arreglar y cuando lo logró, intentó hacerlo funcionar, pero algo sucedió, la cuerda se rompió increíblemente y un gran destello de luz lo envolvió dejándolo sin sentido. Al despertar se encontró en este lugar, solo, avejentado, con barba y cabellos canosos, como si hubiese viajado al futuro, envejeciendo el tiempo que se adelantó. Le había contado que casi enloqueció al ver los almanaques, estaba a casi 50 años del tiempo en que vivía y que extrañaba a sus hijos y a su mujer. Solo había aparecido en sus manos el reloj que estaba arreglando y la foto.

Luego le comentó que en el reloj había una extraña inscripción, apenas legible y que con esfuerzo logró descifrar: “El regreso está en su marcha” y al borde de las lágrimas le había confesado que no lo podía arreglar y ya había perdido las esperanzas. El cura se compadeció y rezó por su locura. Jamás contó la historia de aquel encuentro, total era un pobre hombre, atrapado en su insanía.

Y pasaron los años, siempre la misma imagen: a la misma hora, en el mismo lugar se sentaba en la plaza, desarmaba el reloj, lo armaba y como no funcionaba, se volvía.

Pero un día, todos notaron que a la hora indicada no había venido el viejo. El lugar de la plaza estaba vacío. Miraron hacia el camino y éste lucía desierto.

– ¡No vino el loco, no vino el loco! – gritaban los niños-. Decidieron ir a verlo, el religioso tomó la iniciativa y la gente lo siguió. Llegaron a la casita debajo del puente. El silencio envolvía a todos con una profunda paz. Recorrieron el lugar, pero no lo hallaron.

De pronto lo vieron: encima de la cama, un papel fotográfico en blanco, un bastón y el reloj… funcionando.

El cura cerró los ojos y ante la sorpresa de todos se arrodilló y se puso a llorar.

El cuento es parte del libro Ramos generales: Mboyeré”, editado en 2020. Pereyra es docente jubilado y reside en Virasoro, Corrientes

 

José Pereyra

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