jueves 17 de junio de 2021
Nubes 11ºc | Posadas

La columna de la galería

domingo 30 de mayo de 2021 | 6:00hs.
La columna de la galería

Esas columnas que se ven frente a los muros de las habitaciones, en las antiguas reducciones jesuíticas, fueron las que sostenían el techo de las galerías. La protección necesaria para dar sombra en los días abrasadores y refugio cuando las familias indígenas, bajo aquellos aleros, veían caer la lluvia interminable. Allí han quedado, erguidas y solitarias, luego que los techos de tejas, sostenidos por tirantes de lapacho se derrumbaran.

Con el tiempo, aquellas columnas en fila, solitarias, se fueron impregnando de soledad y cada una de ellas se cubrió de musgo y de silencio. Mejor dicho, silencio de voces humanas a su alrededor, la de los niños jugando a la mbopa escondida tras ellas, y el de las mujeres sentadas, hilando el algodón. Silencio de aquellas voces guaraníes que el tiempo reemplazó en las mañanas por el canto de las aves y en las noches por los infinitos rumores de la oscuridad.

Desde su quietud, y ya sin tener que soportar la carga de aquellos techados, cada columna se retrotrajo a su solitaria verticalidad y a sentir en derredor los ciclos de las estaciones. Las largas lluvias de invierno, el verde nuevo de la primavera, la luz de la siesta en verano y el deshojar de otoño que fuera acumulando capas y capas de hojas dentro de las habitaciones destechadas.

Desde su inmovilidad, cada columna vio el nacer y crecer de los árboles vecinos, aquellos que de ser simples brotes nacidos de la deyección de un pájaro llegaran con el tiempo a ser envejecidos gigantes, trepados por las enredaderas, sobrevolados por los colibríes y albergando en sus huecos la miel de las pequeñas yateí.

Las columnas, inmóviles, fueron testigo de aquel verde crecer entre amaneceres neblinosos, mediodías candentes y crepúsculos rojos, en medio del madurar de los naranjos y el zumbido de las avispas, yendo y viniendo a sus panales de cartón.

Fue en ese lento devenir que una columna sintió un día que allí, a sus pies, había asomado de la tierra un pequeño brote.  Alguna semilla, dejada por un pájaro o traída por el viento había germinado en el borde de su base y abría a la luz sus dos hojitas, como las alas de una pequeña mariposa.

Las plantas no se preocupan mayormente por dónde va a parar su descendencia. A lo sumo las proveen de algún recurso que las ayude a dispersarse y luego, ¡Dios te ayude! Pero, esta era una semilla afortunada,  porque esa cercanía con la columna le ofrecía reparo contra el viento y sombra para conservar la humedad en esas temporadas en que, pese a ser un clima propenso a las tormentas, el cielo se ponía remiso a regar la selva.

 A medida que el brote crecía, la columna iba viendo como abría nuevas pequeñas hojas, sostenidas por un débil tallo temblequeante. Más de doscientos años empotrada en la tierra, y sin otra cosa que hacer que estarse quieta, le sobraba tiempo para reflexionar. De modo que la piedra  comenzó a prestar atención al brotecito.

Con los años otras columnas se veían socavadas por la lluvia, y alguna hasta partida por el rayo, pero ésta permanecía intacta, más allá de haber perdido, con el tiempo, el filo de sus bordes y de haber sido patinada por aquel musgo que opacaba su rojo ferroso. De un lado tenía, muy cerca, el hueco de una puerta, y por detrás el espacio de un patio donde, como ocurre en todos los pueblos jesuíticos, los árboles no crecen o crecen muy poco, de modo que sus vinculaciones eran escasas, y ese brote infantil era la cosa viva más cercana que hubiese tenido desde que el pueblo quedara solitario. Así que comenzó a alentarlo para que creciera sin temor, aunque sabía que en cualquier momento algún bicho del monte podría comerlo.

Pero vaya a saber de qué estarían constituidas aquellas hojas y aquel tallo verdoso que los animales respetaban. Tal vez por amargo, o a lo mejor por venenoso. El caso es que la columna comenzó a transmitirle, como sólo las piedras pueden hacerlo, el ansia de permanecer, de perdurar, mientras todo lo demás sucumbe en derredor, y a traspasarle al brote esa fuerza ciega y silenciosa que les permite sugerir cosas y eternizarse en el silencio. 

Así pasaron años, y la vieja columna encontraba en aquella compañía de la plantita que amparaba, y del árbol en que se transformó más tarde, la oportunidad de ir contándole su historia, desde que fuera un bloque de asperón junto al río que manos indígenas cortaran un día cargándolo en carreta para llevarlo al pueblo que se estaba levantando. Le contaba cómo fue tallada, igual que sus hermanas, bajo la atenta mirada del arquitecto italiano José Brasanelli, que dirigía aquella construcción, y que había aprendido de su coterráneo, Miguel Ángel, que la piedra una vez tallada sigue contando cosas para siempre. Lo recordaba en aquellos días en que el pueblo iba reemplazando las habitaciones precarias de adobe y palma por construcciones de piedra destinadas a perdurar por siglos. Recordaba al arquitecto con su compás en la mano supervisando cada bloque de asperón, midiendo la anchura y los ángulos precisos y había sido el propio Brasanelli quien, palpándola, decidió su destino como bloque cúbico, destinado a sostener el techo de los corredores privándola de ser cilíndrica, como esas con más lucimiento como las del pórtico de la iglesia.  Pero algún orgullo conservaba no obstante en haber sido elegida para ser columna y no un anónimo bloque más de las paredes. 

Porque no era poco ser una de las que sostenía aquel alero debajo del cual pasaba toda la vida cotidiana de la reducción. Y así, día tras día, fue contándole al árbol, a medida que éste crecía, todo lo que vio durante las fiestas, cuando se recostaban contra ella los miembros de la familia guaraní que vivía a pocos pasos. De cómo aquel indiecito enamorado le hablaba en su lengua a la hija de un vecino que sonreía en la puerta de su habitación. De cómo el padre Lorenzo, una mañana, había apoyado su mano en ella mientras le daba instrucciones al cacique Tayazú sobre cómo organizar la gente para la próxima celebración de san Isidro Labrador, del rumor inacabable de las voces guaraníes en aquella gran colmena y del silencio que sobrevino luego, cuando los pueblos quedaron vacíos, tomados poco a poco por el monte.

El arbolito en tanto, mientras oía estas historias iba echando cuerpo, con su corteza lustrosa, y mientras crecía se apoyaba en ella y la columna seguía contándole cientos de historias viejas, de cuánto trabajaban en los talleres los maestros plateros, de cuando se oía el trote de los caballos al entrar a la plaza, durante la visita del Gobernador y se escuchaban las detonaciones de los arcabuces cargados sólo con pólvora que espantaban los pájaros de las ramas vecinas.

-Algún abuelo tuyo debió sentir aquellas descargas, -decía la columna- y el árbol se pegaba más a la piedra, deseoso de recuperar alguna recóndita vibración de aquellos días de risas y gritos del pasado. Pero lo que buscaba, en realidad, era tener alguna referencia de su origen, porque si bien cerca no había ninguna planta igual, él había crecido allí, de modo que quien lo engendrara no debía estar muy lejos…

 Esto se lo había preguntado a la columna muchas veces, y en vano la columna le explicaba que tal vez el viento, desde lejos, hubiese traído la semilla, porque ella no recordaba una planta igual al menos en el espacio que podía contemplar. Pero esto no convencía al árbol que cada día se aferraba más, trepando y cubriéndola para ver si desde ese apoyo, encaramado, podía mirar un poco más lejos y descubrir a su familia.

Fue entonces cuando la columna comprobó que aquel frágil brote que había protegido la estaba tapando, y quienes mirasen la formación erecta de las columnas veían en ese lugar de la fila, no ya su estructura de piedra tallada, sino aquella corteza que la iba envolviendo.

Y fue así que una mañana alguien le prestó especial atención a esa fusión de piedra y árbol. Había llegado a las ruinas un arquitecto con unos ayudantes y pronto se dedicaron a tomar medidas. Estuvieron varios días  trazando planos y haciendo perfiles y dibujos en los que reconstruían las partes faltantes de los edificio, mientras los peones macheteaban la maleza, y ella creyó que había llegado la oportunidad de que le desprendieran de su cuerpo aquella invasión vegetal que había ayudado a que creciera. Era su oportunidad para recuperar su posición en la línea que siempre ocupara con las demás columnas.

 En las conversaciones del arquitecto con sus amigos escuchaba hablar de los muchos visitantes que vendrían. Que el pueblo, aunque en ruinas, volvería a estar frecuentado por quienes quisieran conocer el pasado de las misiones, y que era preciso entonces despejarlas de tanta maraña de plantas y enredaderas para que la gente apreciara aquellas centenarias construcciones. 

Ella había llegado a proteger y querer aquella planta, pero ahora no hubiese lamentado se la quitaran de encima para lucir como sus pares, en la posición en que había sido puesta tanto tiempo atrás. Pero el arquitecto y sus ayudantes juzgaron aquel ensamble de piedra y árbol como algo prodigioso, como un atractivo curioso para el turista que llegara y no tocaron para nada aquella planta.

Desde entonces, inútilmente la columna pidió al árbol, que era ya un gigante, le permitiera mirar el espacio que fue suyo de toda la vida: el corredor, el patio, y a sus otras hermanas enfiladas desde los días en que sostuvieran los tirantes de lapacho...

 Pero todo fue inútil. Él acabó recubriéndola, apretándola, tragándola, y ella dejó de estar visible para pasar a ser el corazón de piedra de aquella planta sin corazón que nunca supo de dónde había venido.-

Del libro “Piedras en verde silencio”. Capaccio es licenciado en Comunicación Social. En 1997 recibió el premio Arandú por su novela Sumido en un Verde Temblor

Rodolfo Nicolás Capaccio

¿Que opinión tenés sobre esta nota?


Me gusta 0%
No me gusta 0%
Me da tristeza 0%
Me da alegría 0%
Me da bronca 0%
Te puede interesar
Ultimas noticias