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Historia de una enfermera misionera

Luisa y el servicio por sobre las adversidades

A Dionides todos la conocen como Luisa, la enfermera del pueblo. Forjó una profesión que siempre amó entre el trabajo de chacra y el cuidado de su familia

martes 18 de mayo de 2021 | 1:45hs.
Luisa y el servicio por sobre las adversidades

El 14 de junio de 1945 nacía en 25 de Mayo Dionides Ramírez Alencar, mejor conocida como Luisa, la enfermera del pueblo. Habiéndose criado en el seno de una familia humilde y con distintas adversidades en la Misiones de ese tiempo, el lema que cosechó fue: ‘Ayudar siempre al que lo necesita’’.
Su infancia no fue nada fácil, no pudo terminar sus estudios primarios, llegó hasta tercer grado y desde entonces comenzó a trabajar en la chacra de sus padres, Indalecio Ramírez Alencar y Dora Ferráz. La producción agrícola consistía en el tabaco, té y un poco de yerba, pero no era suficiente, debido a que la familia era grande. Viviendo en la chacra recordó como eran los juegos de ese entonces. ‘‘Eramos chiquitas y nos ingeniábamos para hacer nuestras muñecas, mis hermanas y yo las inventábamos… buscábamos maíz y nuestra mamá nos ayudaba a fabricar esa muñeca con la que andábamos por todos lados’’, contó.
En cuanto a elegir la carrera de profesional de la salud, explicó: “Como yo soy la mayor de todos mis hermanos, a los 19 me tocó acompañar a mi papá a Brasil porque debía practicarse una cirugía’’. ‘‘Nos quedamos muchos días con él hospitalizado, yo miraba cómo las enfermeras lo cuidaban y sentí que tenían un gran corazón. Esos días me hicieron ver que yo también podía hacer lo mismo y así tomé la decisión’’, agregó.
Lo más cercano para cumplir ese sueño, según detalló, era Oberá, por lo que tomó el impulso y fue, primero en búsqueda de trabajo y de terminar la escolaridad. ‘‘Ni bien la completé, me inscribí para la carrera de Cruz Roja’’, detalló.
Lejos de su familia y entendiendo que le faltaba recursos, las ganas de ayudar a progresar a los suyos también fue el motor que la llevó a formarse. ‘‘Me fui con miedo, pero también con muchas esperanzas y fe porque siendo alguien con un trabajo y profesión, ellos podían estar mejor con mi ayuda’’.
‘‘Cuando se quiere, se puede y más cuando hay un propósito de por medio. Me metí eso en la cabeza, y así seguí trabajando y estudiando a la vez, durante seis años”, relató y precisó que al dedicarse a cuidar enfermos, fortaleció mucho la paciencia y la empatía.
Manteniendo un fuerte amor a la distancia, por correspondencia, ni bien culminó sus estudios, volvió a sus pagos para reencontrarse con los suyos.
‘‘Yo estaba tan enamorada que dormía con sus cartas bajo la almohada… cosa que hoy no existe’’, marcó.
Finalmente se casó con Arturo en 1971. ‘‘Como todavía no podía ejercer porque mi título estaba en Buenos Aires, fuimos a vivir a la chacra donde él trabajaba. Yo lo ayudaba, tanto en la casa con su mamá, como en el trabajo con el tabaco, el tung, el té… que ya era familiar para mí porque todo eso lo hacía cuando era chica’’, contó sobre los primeros años en pareja. ‘‘Nos las arreglábamos, yo caminaba y venía al pueblo a vender huevos y leche, salía muy temprano y golpeaba puerta por puerta’’, agregó .
Entre la chacra y los embarazos de sus dos hijos, más uno en el medio frustrado, esperó diez años para ejercer su profesión.
Como no había hospital en la localidad, el trabajo comenzó en la sala de primeros auxilios.
Orgullosa de pertenecer a la Cruz Roja, aseguró que no le daba miedo tener que moverse para curar. “Nuestra misión era ‘ser como ángeles en para los heridos’ Nos advirtieron sobre los peligros que corríamos por llevar esa insignia tan reconocida, estaba al tanto de todo, pero eso no me detuvo, no tuve miedo, me sentía orgullosa de pertenecer a un grupo mundial tan importante que tenía la finalidad de ayudar sin mirar a quien fuera”, manifestó.
No todos comprendían su profesión, en especial su marido. “Al principio no entendía, hasta que le expliqué durante horas sobre el significado de la verdadera vocación al servicio de los demás… sobre la seguridad que tenía de que no me iba a tocar ir a la guerra, pero que tampoco era imposible. Me acuerdo que me miró con esos ojos celestes y me dio un abrazo y juntos lloramos porque no sabíamos que iba a pasar’’, dijo al alegrarse de que nunca debió vivir una situación extrema y permaneció con su amor en su ciudad, hasta el final.
“Todas las cosas que hice mientras trabajé, las hice con el corazón”, afirmó sobre su forma de trabajar.
Y reivindicando sus elecciones, subrayó el trabajo de sus colegas hoy en esta situación pandémica. “Es un gran compromiso que implica ser un trabajador de la salud, también en lo humano. Hoy les diría que me siento orgullosa de las buenas acciones que escucho acá y veo grandes potenciales que sé que trabajan incansablementee. Les pediría que no bajen los brazos, que sigan luchando, que si notan que ya están cansados se aferren a lo que más aman, y que nunca, nunca, dejen de sonreír cuando la vida los pone a prueba, como ahora, son ángeles en la tierra que lo dan todo’’, cerró, consciente de la importancia de la vocación servicial. z

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