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Pinceladas de historia

Charrúas, yaros y minuanes

domingo 09 de mayo de 2021 | 6:00hs.
Charrúas, yaros y minuanes

Los primeros adelantados llegados al Río de la Plata señalaron en sus crónicas la presencia de los charrúas en la región litoral, pero sin una localización precisa.  Es evidente que dicha etnia poseía gran movilidad sobre extensos cotos de caza que comprendían las praderas entrerrianas, surcorrentinas y orientales. Desde los cabildos de Santa Fe y Buenos Aires la documentación existente señala con frecuencia la Banda de los Charrúas a las tierras situadas al oriente del Paraná y del Plata, espacio sin ocupación efectiva hasta el siglo XVIII. Unos pocos yeguarizos y vacunos introducidos en Entre Ríos a finales del siglo XVI, se alzaron y procrearon extraordinariamente. Los charrúas aprovecharon de inmediato este don gratuito y modificaron profundamente sus formas de vida. Rechazaron la autoridad y la ley hispánica, tanto como la doctrina cristiana. No obstante, algunas parcialidades mantuvieron ciertas relaciones de tipo comercial esporádico, especialmente con Santa Fe, pero los ancestrales odios con los guaraníes se acrecentaron desde que éstos se sometieron a la prédica de los padres de la Compañía de Jesús para formar la Provincia Jesuítica del Paraguay, en la primera década del siglo XVII.

Dueños del caballo, las parcialidades de charrúas y otros grupos nómades emparentados a ellos como minuanes y yaros, incrementaron su movilidad y las haciendas cimarronas les brindaron abundante alimentación, así como cueros para sus toldos y para trocarlos eventualmente por bebidas y otros productos de los hispanos. La lanza -preferentemente con punta de hierro - fue su arma preferencial para la guerra, aunque no abandonaron las boleadoras, arco, flecha y hondas, según la habilidad ancestral de cada parcialidad. Más que una guerra formal contra los españoles, llevaron adelante un proceso de riñas y depredaciones intermitentes, en las que algunas parcialidades movían acciones contra vecinos, establecimientos rurales, arreos, tropas de viajeros y de comerciantes, tanto de Corrientes, Santa Fe, Yapeyú u otras reducciones misioneras. Así, por ejemplo, en 1752, a pesar de estrictas órdenes gubernamentales, los guaraníes de San Luis no pudieron reinstalar su pueblo entre los ríos Miriñay y Mocoretá por la amenaza constante de grupos de charrúas que afirmaban derechos sobre esas tierras.

La presencia de esas belicosas y huidizas bandas de aborígenes impidió un efectivo asentamiento de pobladores blancos en casi todo el territorio entrerriano, sur de Corrientes y la Banda Oriental al norte del río Negro, hasta muy entrado el siglo XVIII. Si bien es cierto que desde Santa Fe entraban los vaqueros hacia la actual provincia de Entre Ríos para arriar la hacienda cimarrona que constituía la principal fuente de abastecimiento de la ciudad, esas faenas se hallaban condicionadas a la existencia de temporarias buenas relaciones con aquellos versátiles dueños de la tierra.

En el nordeste entrerriano se ubicaron los yaros. El uso del caballo les dio rápida movilidad y los mezcló con las andanzas de los genéricos charrúas. Fueron valientes guerreros, tan belicosos como aquellos, pero usaban con preferencia y notable pericia la honda, en lucha a mediana distancia y la maza o macana en combate cuerpo a cuerpo, según relata Félix de Azara.

Los bohanes, en tanto, como en general todas las restantes parcialidades, eran excelentes flecheros y desde el caballo sus lanzas se convertían en arma temible, al igual que sus boleadoras. Pese a lo difícil de su localización, los diversos testimonios permiten ubicar a estos indígenas a ambos lados del Uruguay, al sur del río Miriñay. 

En 1715 los bohanes con los yaros resistieron valerosamente la acometida de las tropas hispano-guaraníes que desde Yapeyú intentaron sin éxito castigar sus tropelías sobre los pueblos misioneros.

Hacia la década de 1740 arreciaron tanto las depredaciones de los charrúas y sus aliados que el gobernador de Buenos Aires don José de Andonaegui envió expediciones armadas contra ellos. Una partió de Santa Fe y otra de Santo Domingo Soriano, en la Banda Oriental. A fines de 1749, don Francisco Antonio de Vera y Mujica comandó una fuerte expedición al centro y sur de Entre Ríos.  A un número indeterminado de charrúas pasados a cuchillo se le sumaron 81 familias con 339 individuos que se entregaron y fueron internados en la Reducción de Concepción de Cayastá, al norte de Santa Fe.

Posteriormente se realizó la entrada de montevideanos y sorianenses por los campos orientales, dándoles batalla decisiva a estos indígenas a orillas del Queguay en la década de 1760.

De esa manera, al iniciarse la segunda mitad del siglo XVIII se pacificaron los campos entrerrianos, mientras charrúas, minuanes y yaros sobrevivientes de ambas campañas se concentraron en el actual norte uruguayo. Allí se relacionaron con los gauderios (mestizos apartados de la ley), que ambulaban por aquellas praderas en continuados arreos de ganados y en el faenamiento de cueros de las grandes manadas cimarronas que los pueblos misioneros habían formado en aquella región.

A partir de allí, estas agrupaciones nómadas ya no vadearon más el río dejando libre la Mesopotamia argentina. Recién reaparecerán en tiempos de Artigas, en número de 500 lanzas u hombres de guerra, para colaborar con los ideales federales del caudillo oriental.

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