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Un padre que da consejos...

miércoles 05 de mayo de 2021 | 6:00hs.
Un padre que da consejos...

¡Padre!- interrumpió el hijo mayor, quien si0empre andaba indagando sobre temas religiosos y de la Biblia. -¿Qué son los ateos?

-¿De quién escuchaste? ¿Del doctor Igor Dimitrov?

-Sí- respondió el hijo.

El doctor Igor era el enorme y robusto médico ruso que venía de Pindapoy a las colonias de Apóstoles cada sesenta días a revisar la salud de las familias. Siempre de traje de hilo blanco, sombrero panamá y barba de unos días; se ufanaba por fumar los mejores cigarros, beber vodka en las comidas y ser ateo y comunista, pero de León Trotsky, decía. Llegaba levantando polvareda en su Ford A, y haciendo sonar escandalosamente la bocina. Los chicos corrían alborozados a su encuentro porque seguro traía consigo algunas baratijas de obsequio, menos caramelos porque “pican los dientes”, sermoneaba. 

Meneando la cabeza y con ojos pícaros, ante la pregunta del hijo, el padre contestó:

-Ateos no, más bien agnósticos. Aunque buenas personas son aquellos que perdieron el ritmo de dialogar con Dios. Y digo agnósticos porque creo que no hay ateos absolutos sino que siempre se cree en algo; en la naturaleza, en el universo, en la energía, en la generación espontánea y hasta en la mismísima cosmogonía. Nada más que siempre queda el misterio de dónde sale la fuerza para poner todo esto en movimiento. Algunos jamás hallan la respuesta que los tranquilice; otros, más pragmáticos, como aquél gran sabio de la relatividad, en el límite de la duda, admitió que la ciencia termina cuando comienza Dios.

Es así que mi padre, vuestro abuelo, ferviente católico, nos repetía: las calamidades y los males de la humanidad no se dan por la ausencia de Dios. Al contrario, se suceden porque el ser humano se aleja de Él. En definitiva, es la ausencia de Dios en el corazón de los hombres.

Una noche escuchó, medio dormido, que su padre y el hermano mayor conversaban hasta muy tarde en la galería de la vivienda. Percibió el murmullo de la conversación matizado con algunas risas como si fuesen dos compinches noctámbulos que rematan el jolgorio de una francachela platicando. Las risas terminaron de despertarlo ya muy entrada la madrugada, en la hora que hasta los grillos guardan silencio, y por pura curiosidad entreabrió la ventana para observar cómo su padre y su hermano se pusieron de pie y se dieron un abrazo y en silencio entraron a la casa. Una vez en el cuarto compartido de los varones, apagó la luz de la lámpara que traía consigo y se hincó a rezar en el borde de la cama; luego se acostó. Aun así, le pareció que seguía rezando. Semana después, el hermano se despidió de la familia y partió al seminario para dedicarse a Dios.

Con el tiempo reconocería que las enseñanzas de su padre le sirvieron para orientar sus estudios en otras ramas del saber, independientemente de los libros de la carrera que había decidido estudiar. Conocimientos que le permitieron destacarse en reuniones y foros estudiantiles cuando debía explicar su posición. Y sus discursos eran tan sólidos que sus amigos, reconociendo su erudición, le preguntaban como hacía para acaparar tantos saberes.

-Por mi padre- respondía orgulloso a la vez que explicaba. -Mi padre ingresó a un seminario con la intención de tomar los hábitos sacerdotales. Si bien abandonó el sacerdocio, logró concluir su estudio secundario, hablar bien el castellano y adquirir cierta cultura que le permitió dialogar con otros hombres de igual o menor conocimiento. Porque él bien decía: “Hasta del más ignorante siempre se aprende algo”.

Él solía mantener coloquios con vecinos, amigos del pueblo y mercachifles que ofrecían mercaderías a los habitantes de la colonia. Algunos bastante cultos, como el turco Abdala, que se dedicaba a la compra y venta de cualquier cosa que fuera de utilidad en la vivienda. Nostálgico rememoraba su hogar en Esmirna; relataba pasajes del Corán y contaba las costumbres de los musulmanes asiáticos de Turquía. Un día relató las hazañas de Kemal Ataturk, el hombre que rescató los despojos que habían quedado del otrora imperio Otomano, organizando una república y equilibrando las pasiones entre los orientales y occidentales en un lugar del mundo que amenazaba convertirse en polvorín.

Con otro que gustaba charlar e intercambiar opiniones sobre el Antiguo Testamento era con el vendedor de ropa el judío Salomón. Don Salo le explicaba los misterios de la cábala y la diáspora del pueblo judío que había empezado a insinuarse en tiempos de Nabucodonosor y se concretó cinco siglos después, con la destrucción de Jerusalén por las hordas romanas. Pero con quien mejor se entendía era con don Raúl, un sabatista colportor que vendía libros de historia sagrada y máquinas de coser, todo traído en su envidiable coche sedan de color azul al que, en ocasiones, nos invitaba a subir, y para nuestra alegría nos sacaba de paseo. Don Raúl era un eximio ajedrecista y no fumaba como mi padre, pero en sus largas pláticas filosofales y en el intercambio de trebejos solían armarse unos cigarros envolviendo tabaco picado con chala de maíz y pitar como los más entendidos.

De manera que mi padre, con toda esta gente, trocó opiniones y adquirió nuevos conocimientos que después nos transmitía. Pero sin duda, la mayor enseñanza que nos legó no fue oral ni escrita, sino con el ejemplo. En el acto sencillo de mantener diálogo e intercambio de ideas con hombres de otros credos nos demostraba su pluralismo civilizado. Él solía repetir: “Sin diálogo y sin escuchar las razones de otros no hay comunión entre los hombres. El que sólo habla y no escucha a los demás es un sofista que utiliza la retórica para mezclar verdades con premisas falsas”. Y esto se da en todos los órdenes de la vida, tanto en el plano individual como el colectivo. Es el punto en común que une déspotas con tiranos. Por eso, las minorías sufren en los gobiernos antidemocráticos; y pueblos, como el ucraniano y el de sus vecinos los polacos, sufrieron el horror de la prepotencia. En consecuencia, en nuestra Argentina actual, roguemos que triunfe el diálogo.

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