sábado 08 de mayo de 2021
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La pandorga gigante

domingo 02 de mayo de 2021 | 6:00hs.
La pandorga gigante

Una de las cosas más fantásticas que fabricamos con Sergio fue la pandorga gigante ¡qué pandorgón nos mandamos! Pero eso no fue nada, lo más increíble sucedió el día que la hicimos volar por primera vez... y por última.

La pandorga medía como dos metros de diámetro, y le pusimos de cola unos pantalones, camisas viejas y unos pedazos de pellones que encontramos por ahí.

Me acuerdo de que la empezamos a fabricar un sábado que yo llegué a Cancha Larga, justo el día que comenzaban las vacaciones de invierno ¡tenía por delante quince días para pasármela en el campo con mi primo!

Siempre fabricábamos pandorgas, pero de las comunes, y nos gustaba remontarlas sobre el estero o en alguna chacra y enganchar un paracaídas al hilo; entonces lo hacíamos subir bien alto y cuando estaba cerca de la pandorga, realizábamos una maniobra con el piolín (un saludito) y con eso el paracaídas se desenganchaba y empezaba a caer lentamente. Muchas veces le atábamos al paracaídas un soldadito de plástico, para imaginarnos que se venía una invasión o cosas así.

El asunto de la pandorga gigante ya lo habíamos hablado varias veces y se nos había ocurrido que si era bien grande, tendría mucha fuerza y podríamos hacer subir por el piolín a una gallina o a un gato atado a un paracaídas y tirarlos desde allá arriba ¡íbamos a ser los primeros en tener gallinas o gatos paracaidistas! Pero jamás se nos pasó por la cabeza lo que luego nos sucedió.

Desde hacía unos diez días, Sergio ya había cortado unas varillas de guayibí, que es lo mejor que hay para fabricar pandorgas y las secó bien al sol, así que esa misma siesta nos pusimos a armarla con mucho entusiasmo. Cruzamos cuatro varillas para que la pandorga tuviera ocho lados en su borde, además con esta forma son muy estables y no coletean tanto. Le reforzamos el centro con unas vueltas de alambre bien ajustado y a las puntas las unimos con un piolín. Cuando estuvo listo el esqueleto, recortamos papel de unas bolsas de harina, que es un papel fuertísimo y no se rompe ni a palos, preparamos como cinco litros de engrudo y lo pegamos al esqueleto ¡que lo tiró que era grande! Parecía un plato volador.

En realidad no hicimos todo solos, también nos ayudaron los hermanos Acuña, Eduardo y Raúl, que eran muy compinches de Sergio. El otro que también estaba era Marcelino Cuesta, un chico de unos diez años, pero que parecía de seis o siete de tan flaquito y arruinado; capaz que no pesaba ni veinte kilos. Hacía poco él y su familia habían venido a vivir a Cancha Larga y tenían su ranchito cerca de la chacra de los Almanza.

Mi primo y los Acuña le habían puesto de sobrenombre Canastita, porque decían que de tan livianito podía andar pisando los camalotes y las hojitas sobre el agua —como el pajarito— y no hundirse. A Canastita no le dejaban hacer nada, porque no servía ni para cuidar a un perro atado, así que el pobrecito se la pasaba agachado con sus brazos sobre las rodillas y la carita apoyada, mirándonos horas y horas con sus ojitos muy grandes y curiosos. A mí me daba lástima, pero el que mandaba era Sergio, así que no había discusión.

A eso de las cinco de la tarde ya se había secado bien el engrudo y Sergio fue hasta un galpón a buscar la pintura. La pintamos de azul y amarillo ¡por supuesto! ¡Si Sergio y yo éramos boquenses hasta el caracú! También le agregamos en cada punta de las varillas unas tiritas de papel crepé con los mismos colores. Ya nos imaginábamos que todo Cancha Larga iba a ver en los cielos esa inmensa pandorga azul y oro. A la tardecita nos despedimos y quedamos en encontrarnos al otro día a las once.

Ese domingo hacía mucho frío y había un viento norte terrible, así que eso venía muy bien para nuestros planes. A eso de las once de la mañana, llegaron los Acuña y nos juntamos en el galpón; Canastita ya estaba desde las nueve, porque desconfiaba de todos nosotros y por nada del mundo quería perderse la remontada.

Partimos hacia una chacrita al costado del estero, ése era el lugar perfecto porque estaba recién arada y rastreada y medía como trescientos metros de largo por cien de ancho. Habíamos conseguido un carretel de doscientos metros de un piolín gruesísimo, de los que se usan para poner cimbras en el río, y cuando llegamos a la chacrita le hicimos las riendas, ajustamos todo y preparamos el operativo. ¡Qué emoción teníamos! Hasta Canastita saltaba de alegría y eso que no había hecho un pito…

—Y yo... ¿Qué hago, Keko…? —preguntó el gurrumín a mi primo con mucho temor.

—¡¡¡Dejate de embromar!!! Eso podés hacer ¡qué hincha que sos! —le respondió con autoridad.

Cuando estuvo todo listo, Sergio dio las instrucciones para el despegue: los Acuña serían los encargados de sostener la pandorga de cara al viento y esperar la orden para soltarla; mi primo sostendría el piolín y manejaría la remontada, y yo tenía que prenderme del piolín a unos cinco metros detrás de él, para ayudarlo a sostener por si hacía mucha fuerza…—Yo quiero ayudaaaar…—atacó de nuevo Canastita con su voz de lamento de urraca, viendo que el despegue era inminente.

—¡Pero, será posible! no ves que sos muy chiquito y arruinado para hacer algo...

—…yo quiero ayudaaaar…

—¡Bueno, mirá! Antes de que te dé una patada y te haga volar hasta el medio del estero, andá con Eduardo y Raúl a sostener la pandorga ¡y no me hables más!

Y ésa fue la mayor felicidad que pudiera haber recibido Canastita, salió a los saltos, loco de contento y agitando sus manitos hacia el cielo, corriendo hasta la pandorga que estaba a unos cincuenta metros ¡por fin podía hacer algo! Los Acuña lo pusieron en medio de ellos y le dijeron que se prendiera firmemente de las varillas y sostuviera con fuerza. En ese momento el viento soplaba como un chiflete, así que ahí nomás Sergio dio la orden esperada:

—¡¡¡Suelten!!!

Yo me afirmé trancando mi pie en un pozo y sosteniendo el piolín contra la cintura, como cuando se sostiene un lazo al enlazar un novillo, y ahí sentí el tirón cuando la fantástica pandorga empezó a levantar vuelo, haciendo un ruido grave por el zumbido del viento ¡parecía un avión a chorro, la loca! Haciendo flamear las tiritas azul y oro, su cola de ropas y pellones ¡qué emoción era ver esa cosa gigantesca subir a los cielos! Pero…¡¡Canastita también había levantado vuelo!!

¡¡No lo podíamos creer!! Canastita ya estaba a unos seis o siete metros de altura gritando y pataleando, prendido como una garrapata a la pandorga y enredado con la cola. Parece que de tanta emoción se olvidó de que tenía que soltarla o no escuchó la orden y cuando se avivó ya estaba subiendo y tuvo miedo de tirarse. ¡Qué desesperación nos agarró a todos! ¡No sabíamos qué corchos hacer!

Lo único que nos salió a todos fue gritarle a Canastita, pero me parece que con eso lo confundíamos más, porque Sergio y yo le decíamos una cosa y los Acuña, que estaban más cerca de la pandorga, le gritaban otra:

—¡¡Tirate, pedazo de tarado!! ¡¡Tirate, infeliz, no ves que si no te vas al  cielo!!— le gritábamos nosotros.

—¡Agarrate, Canastita! ¡Agarrate bien fuerte y no te sueltes, que te vas a lastimar! —suplicaban Eduardo y Raúl.

Y Canastita no sabía a quién hacerle caso, mientras la pandorga subía y subía, y él lloraba a grito pelado y pedía que lo bajaran; y lo peor era que el viento cada vez más fuerte nos empezó a arrastrar a Sergio y a mí, porque nosotros no le dábamos soga, sino la pandorga llegaba hasta las nubes.

La cosa es que, en esa lucha por sostenerla, en un momento tropecé y me fui de panza al suelo, y como no le aflojaba al piolín, me empezó a arrastrar por la tierra arada levantando polvareda. Sergio se desesperaba por sostenerla y me gritaba:

—¡Afirmate! ¡Afirmate, infeliz!, ¡no ves que nos está llevando!

Y yo más que nadie quería afirmarme, pero me seguía arrastrando y me comí como medio kilo de tierra y hasta perdí mis alpargatas. Por suerte llegaron en nuestra ayuda los Acuña, y entre los cuatro ya pudimos aguantar esa pandorga infernal.

Ahí recién nos tranquilizamos un poco y mientras mirábamos al piloto, empezamos a calcular qué corchos podíamos hacer para solucionar el asunto. Nos dimos cuenta de que el viento soplaba para el lado del estero; entonces Sergio dijo que lo mejor sería darle más soga a la pandorga para que se mantuviera sobre el agua, entonces si Canastita caía, por los menos caería en el agua y no se lastimaría tanto.

En ese momento la pandorga estaba a unos sesenta o setenta metros de altura y a pesar de eso, Canastita se sentía más tranquilo, hasta parece que le empezó a gustar eso de pilotear; nosotros también nos dimos cuenta de que la cosa ya no era tan peligrosa, porque el peso del piloto estabilizaba muy bien a la pandorga, así que no había peligro de que empezara a coletear ¡mamita querida, si llegaba a coletear! Ahí sí que Canastita se hacía pelota.

Como ya nos sentíamos tranquilos, con la situación controlada y con Canastita sentado y acomodado entre en las riendas de la cola y bien prendido de las varillas, entonces empezamos a disfrutar de la cosa:

—¡Che, Canastita! Sos un genio ¡Mirá cuando cuentes esto en la escuela! —le gritó Raúl.

—¡Canastita! ¡Sos el primer astronauta de Cancha Larga! —lo sentenció Sergio.

Y desde el espacio sideral, Canastita ya se animó a hablar y hasta a hacerse el canchero:

—¡Mantengan esta altura, muchachos! ¡Qué lindo se ve desde acá!

—¡No te hagas el piola, Canastita, porque soltamos el piolín y te vas de cabeza al agua! —le gritó Sergio.

—¡No se enojen, muchachos, pero esto es muy lindo! ¡Eeh! ¡¿Alguien puede ir a llamar a mis hermanos para que me vengan a ver?!—¡Vos estás loco! ¡Si se enteran dónde estás, tu viejo nos corre a chicotazos por toda la chacra!

La cosa estaba muy divertida, pero empezamos a darnos cuenta de algo importante y complicado a la vez, y es que no sabíamos cómo hacer para bajar la pandorga y a Canastita sin lastimarlo, porque el viento no aflojaba y si le dábamos más soga, la pandorga se alejaba y subía más todavía, y si tirábamos para bajarla, podría cortarse el piolín por la fuerza del viento. Lo único que quedaba por hacer era esperar que calmara ese chiflete, pero ya era mediodía y teníamos más hambre que perro de tapera y además, en cualquier momento podría venir alguno de la casa a buscarnos y ahí sí que se armaba.

Yo calculo que en ese momento Canastita estaría orbitando a unos cien metros de altura sobre el estero y nosotros estábamos casi en el límite de la chacrita y el agua, sosteniendo el piolín, algunos sentados, otros parados y ya medio aburridos por no saber cómo resolver el problema. No sé a quién se le ocurrió una peligrosa idea y a partir de allí se armó una discusión, mientras Canastita miraba desde arriba, queriendo saber de qué corcho hablábamos.

—Che... ¿y si atamos el piolín a ese aromito, nos vamos a comer y volvemos a la siesta?

—¡Pero vos sos loco! ¡¿Cómo vamos a dejarlo a Canastita volando y solito, mirá si le pasa algo?! —retrucó otro.

—¿Y qué le puede pasar? Solamente que se caiga al agua —agregó de nuevo el primero.

—No seas tarado. Mirá si afloja el viento o empieza a coletear. Si estamos aquí por lo menos podremos manejar la pandorga. O si se cae, podremos socorrerlo rápidamente.

En ese momento intervino un tercero, que dijo:

—Muchachos, lo que pasa ahora es que no podemos bajarlo y ni siquiera tenemos alguna idea de cómo hacerlo, si seguimos acá, van a venir a buscarnos y ahí se descubre todo. Yo creo que debemos dejarlo atado, vamos a comer, le decimos a los padres de Canastita que él se quedó a comer en lo de los Almanza porque lo invitaron y listo el pollo. Después volvemos a la siesta y ahí ya decidimos cualquier forma para bajarlo.

—Creo que ésa es una buena idea —apoyaron dos, y con eso se quedó todo decidido. —¡Che, Canastita! ¡¿Sabés qué...?! ¡Nosotros nos vamos a comer y...!

-¡¡¡Nooooooo!!! ¡¡¡Nooo me dejen, buaaaaaahhhhhhh!!!

—¡Pará un cacho, no pasa nada, te atamos de este aromito, nos vamos a comer y volvemos lo más rápido posible; eso sí, tratá de no moverte mucho por las dudas, a ver si todavía la haces coletear y te venís a pique!

—¡¡¡Noooo, no me dejen!!! ¡¡¡Por favor, llamen a mi mamá y a mi papá para que vengan a bajarme, buaaah!!!

—¡Si llamamos a tu mamá y a tu papá, a vos te van a bajar a los cascotazos y a nosotros nos van a correr por todo Cancha Larga! ¡Ni borrachos vamos a avisar!

Y Canastita lloraba y suplicaba que por lo menos se quedara alguien, pero no hubo caso y luego de atar el piolín al aromito, nos fuimos todos.

Y allí se quedó el tripulante de la pandorga, solito, con la única compañía de la música del viento norte y los cantos de los teros allá abajo.

Los Acuña fueron a su casa a comer y de paso mentirían a los padres de Canastita, diciendo que él se quedó a comer en lo de los Almanza.

—¿Y cómo anduvo la pandorga? —preguntó el papá de Sergio, mientras almorzábamos.

—Eeeh... bien, costó hacerla subir pero después la hicimos volar... —dijo Sergio.

—¿Y dónde la dejaron ahora? —preguntó de nuevo el tío Luis.

—Eeeh... la llevó Eduardo a su casa, porque iba a arreglarle la cola —mintió Sergio.

La cosa fue que apenas terminamos de comer, salimos rajando para lo de los Acuña, les chiflamos desde el tacuaral y ellos salieron a toda máquina. Ahí entre los cuatro nos encaminamos hacia la chacrita. Cruzamos corriendo el mogote que tapaba toda la zona del estero, para ver lo antes posible la pandorga y quedarnos tranquilos.

Cuando estuvimos del otro lado... ¡la pandorga no estaba! ¡Mamita querida! Ahí sí que nos agarró la desesperación y empezamos a correr a todo trapo, gritando a los cuatro vientos y llamando a Canastita.

Llegamos al lugar y a pesar del frío nos metimos a los saltos en el estero y revisamos toda la zona donde sobrevolaba la pandorga... y nada. ¡Nada!

En realidad lo que encontramos fue el piolín, y se notaba que se cortó justo en la rienda. Entonces pensamos que la pandorga pudo haber empezado a coletear y capaz que se fue a parar al monte y que Canastita estaría enganchado en algunas ramas. Ahí nomás rajamos todos para el monte y empezamos a buscar y a gritar,

—¡Canastita! ¡¿Dónde te metiste?! —gritaba uno.

—¡Dejá de hacerte el gracioso! —gritaba Sergio.

—¡¡Contestá, Canastita!! —imploraba otro.

Pero nada. Solo oíamos el silbido del viento entre las ramas. Recorrimos cien veces el lugar y ni un rastro. Raúl, que era el más compinche de Canastita, empezó a llorar.

Después de buscar más de dos horas, tomamos la decisión de contarle primero a Coco, el hermano de Sergio, y si con eso no solucionábamos nada, ahí si ya le contaríamos a todo el mundo para ver qué hacer.

Volvimos a la casa a eso de las cuatro de la tarde y lo fuimos a encarar directamente a Coco:

—¡¿Quééééé?! ¿Que a Canastita lo hicieron volar en la pandorga y ahora desapareció? —preguntó Coco con cara de espantado cuando se lo contamos.

—Bueno, nosotros no le dijimos que fuera a volar o que se subiera a la pandorga, el tirifilo quedó prendido de las varillas y subió como un cohete. No es nuestra culpa —le respondió Sergio.

Ahí nomás Coco tomó la sabia decisión de contarle al tío Luis y después a los padres de Canastita y a toda la gente de la zona, porque ya iba a empezar a oscurecer y la cosa se complicaría más todavía.

Al rato, todo el mundo estaba enterado de la desaparición aérea de Canastita y cada uno salió a buscarlo a pie, a caballo o en sulky; la mayoría miraba para arriba, como esperando que el astronauta apareciera en algún momento. A eso de las seis y media o siete ya había oscurecido y hacía un frío terrible, y todos los que lo buscaban volvieron a la casa de mi primo. La familia entera de los Cuesta lloraba sin consuelo y rezaban pidiendo que Canastita apareciera. La tía Isabel —la mamá de Sergio— nos llevó a los cuatro responsables de esa desgracia aérea a la piecita de la despensa y allí nos dio un reto que duró más de media hora y que me acuerdo hasta el día de hoy ¡qué brava estaba la tía!

Los Acuña, Sergio y yo queríamos que nos tragara la tierra o desaparecer de cualquier forma; teníamos mucha vergüenza, porque nos sentíamos culpables de haberlo mandado a Canastita al espacio. Esa noche el tío Luis, Coco y don Cuesta fueron a hacer la denuncia a la policía.

Al otro día Coco nos contó que los policías no le creían y primero se mataban de risa, hasta que el tío Luis se enojó y les dijo que no estaban bromeando y que Canastita había desaparecido volando en una pandorga. Al final los tipos tomaron la denuncia y les prometieron que al otro día se pondrían a buscar por todos lados.

Desde ese lunes, empezaron a patrullar todo Cancha Larga y sus alrededores, y cada vez buscaban más lejos, hasta que por fin apareció el primer rastro: un hombre que tenía su ranchito al costado de la Cañada Címbaro, dijo que el domingo a la siesta vio surcar en los cielos una cosa. Primero creyó que era un plato volador, pero como tenía los colores de Boca, pensó que era un invento de alguien para festejar o algo así; dijo también que ese aparato pasó volando muy alto, que tenía cola y que parecía que alguien lo tripulaba, pero no pudo distinguir si era animal o persona.

Se supo también que unos troperos que llevaban animales hacia El Palmar, vieron ese domingo a media tarde una cosa que pasó volando a ras de las copas de los árboles. Al principio no lo podían creer y hasta entre ellos empezaron a discutir: que si era un plato volador, o alguna cosa diabólica o vaya a saber qué invento raro de Norteamérica, pero que era medio redondo, tenía los colores de Boca y una cola muy extraña; parecía además que un marcianito iba gritando ahí arriba: “¡¡¡Bajenmeeeeeee, por favor, bájenme!!!”

Y ahí sí que les entró el julepe y la duda, porque los marcianos no hablan nuestro idioma, pero eso no era avión ni helicóptero, ni siquiera un cohete. Dicen que uno de ellos ya había sacado el 38 para sacudirle unos chumbazos, pero los demás le impidieron disparar, a ver si todavía mataba a un inocente. La cosa es que el aparato se alejó sin hacer ningún ruido de motor y se fue en dirección hacia el Sur.

Después de más de dos meses de búsqueda, lo único que encontraron fueron testigos en Tatané, Palmar, Guaycurú y La Laguna y todos decían más o menos lo mismo: que ese domingo a la tarde, vieron pasar volando una cosa rara con los colores de Boca.

A los tres meses la policía dio por terminada la búsqueda y Canastita fue declarado oficialmente desaparecido.

Los Cuesta quedaron desconsolados, y todas las tardes prendían velas y rezaban algunas oraciones. Nosotros cuatro quedamos muy tristes y sin consuelo, sentíamos que la culpa fue nuestra, por abandonarlo en la pandorga para ir a comer, y hasta Sergio se arrepentía de haberlo retado tantas veces.

Desde entonces, siempre andábamos mirando hacia los cielos con mucha tristeza y un hilo de esperanza... y nunca más volvimos a fabricar otra pandorga.

El relato es parte del Volumen 2 de la serie Cuando era chico, Editorial de la Paz. Mitoire es autor además de Cuentos de Terror para Franco, Mensajes del más allá, entre otros.

Hugo Mitoire

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