martes 18 de mayo de 2021
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La espera

domingo 25 de abril de 2021 | 6:00hs.
La espera

Colgó sobre una soga un pedazo de tela amarillenta que hacía las veces de pañal y entró a la humilde choza de paredes de barro y techo de paja, para recalentar el mate cocido.

Un cachorro la siguió moviendo su cola en espera del almuerzo que, como tantos otros días, no alcanzaba a dos bocados. La mujer echó unas ramas sobre las cenizas humeantes y haciendo viento con la falda de su ancho y curtido vestido avivó el fuego. Colocó una renegrida pava y apresuradamente caminó al patio respondiendo al llanto de un niño.

¡Fuera!, gritó al cachorro siempre cruzándose entre sus piernas. Se detuvo ante una criatura de pocos meses, quien sin otra ropa que su abdomen hinchado y su nariz chorreante de mocos, lloraba a los cuatro vientos. Lo levantó y acercándolo a su flacucho seno trató de calmarlo. Mas, el bebé ya no se conformaba. Desde hacía varios días el chupar el pezón de su madre no le daba gota alguna de leche.

Ella también lo sabía, pero que podía hacer. Mientras, se entibiaba el cocido, lo que tampoco satisfaría en mucho al niño.

En una pausa del llanto agudizó su oído hacia el monte y no escuchó golpe alguno. Era extraño porque su concubino debería estar hachando un grupo de lapachos y cedros, y durante la mañana, sintió sólo dos sapukay, lo que significaba que únicamente dos árboles fueron talados...

¡Este desgraciao! - se dijo-, seguro que se juntó otra vez con el compadre y están hablando al pedo, como de costumbre.

Mientras buscaba una mejor sombra para dejar allí al gurí, murmuró con enfado: -Su hijo se caga de hambre y él no quiere í a pedile plata al patrón. ¡E’un arruinado!, pero si no va él, ¡voy a í yo aunque sea!

Sintió los pasos de alguien corriendo y giró su cabeza hacia la picada. Enseguida divisó, entre el tupido matorral, la silueta de su hijo mayor. Un gurisito de unos 4 años.

Lloriqueando se acercó a su madre quien le preguntó impaciente: - Y vó que hacé aquí, anda pue con tu paí...

Paí no quele - respondió el niño -, está peleando con el paíno.

Otra vez - exclamó la mujer- este añamemby se empedó y se agarró con el compadre.

Pasándole la mano por el rostro del niño, le dijo: -Y vo andá al arroyo a lavate que estás mugriento..... ¡Ah! y llevá también el balde que necesito agua para tu hermano.

El sol seguía girando en el cénit, vertiendo la usual temperatura de las siestas de febrero. El follaje apenas se movía y los insectos parecían enardecidos por esa calma. La mujer, sentada en un banquito, remendaba un pantalón. De tanto en tanto echaba una mirada hacia el monte. Esperaba escuchar el seco golpe del hacha, o bien ver venir a su compañero tambaleándose por el camino. Sólo el silencio del verano enmarcado por un coro de chicharras invadía el aire, acompasando su espera. Una espera a la que solía estar acostumbrada, pero, en esos días en que la falta de dinero se había acentuado...... El Mario - su concubino - seguía trabajando en la tala de un monte aguardando a que el patrón viniera de la ciudad a traerle la paga. No se atrevía a ir a reclamar su quincena. No tenía temperamento para ello. Prefería esperar junto a su timidez y su pobreza.

El disco del verano avanzaba en sus surcos acercándose al final de la cotidiana melodía de fuego. Su sonido ahora cabalgaba sobre un suave viento.

El gurí, trepado a un paraíso cortaba sus pequeñas frutas y los usaba como munición en su honda. El bebé, en tanto, con el vientre henchido por el abundante cocido, se entretenía mirando el jadeo del cachorro que cada tanto cabeceaba sobre su lomo espantando las moscas.

La impaciencia consumía a la mujer, quien tan sólo para no quedarse quieta barría el patio con un atado de chirca, sujeto a un palo. Pensó mandarlo al Jorge a que encontrara a su padre, pero algo la detenía en hacerlo. Las sombras de esa tarde les parecían más pesadas y sofocantes que de costumbre. Recordó lo dicho por su hijo: “.... está peleándose con el padrino.” Claro que la “pelea” a la que el chico se refería no era otra cosa que una fuerte discusión. Nunca habían llegado a las manos. Pero..... ¿Y si realmente se estuvieran peleando?

Siempre le aterró la idea de que algo le sucediera a Mario. Ella apenas tenía 20 años, y a los 14 se habla escapado de su casa con él, luego que sus padres supieron de su embarazo. Nunca tuvo un trabajo, ni lo podría tener, ya que desde entonces vivían en el monte, alejados del pueblo más cercano, con dos críos, la idea de sentirse sola era más dramática. Si bien poseía un temperamento fuerte, las decisiones del Mario eran sagradas. Apenas participaba con alguna que otra protesta. Su vida de mujer la dedicaba y limitaba al cuidado de su familia.

El canto del urú anunciaba el ocaso. Para muchos anuncia desgracia. Para ella también. El sol derretía sus notas entre los nubarrones del horizonte, empalideciendo su luz hacia el corazón del monte.

De pronto, la mujer no pudo esperar más. Decididamente levantó al bebé en sus brazos y llamándole a Jorge emprendieron el camino hacia el lugar del desmonte. Debía saber el motivo de la tardanza.

Los metros le parecían leguas y la oscuridad tenía sus pasos. Apenas divisaba el sendero. Sintió miedo. ¡Qué extraño!, nunca lo había sentido antes a pesar de su juventud, con la cabeza levantada caminaba tensa, sin mirar a los costados ni atender a su bebé que lloriqueaba. Marchaba absorta en sus pensamientos, con temor y preocupación.

Vio algunos troncos caídos. Ya estaba llegando. El silencio del monte la aprisionaba. Acercándose a un claro se detuvo. Recorrió el lugar con la mirada. No encontró nada. La quietud la hacía transpirar. De pronto, sintió un tironeo en su vestido. Se dio vuelta. ¡Ah!, sos vos Jorge. ¡Qué susto me diste! Siguió caminando. Su presentimiento de mal presagio crecía acompasado por sus latidos, cada vez más fuertes. Le temblaban las piernas. Los árboles le parecían gigantes que se volcaban sobre ellos. A pocos metros divisó algo. Un escalofrío recorrió su cuerpo.

- ¿Mario?, pregunto débilmente. Caminó unos pasos y reconoció.

- ¡Mario! ¡Qué te pasa! - exclamó, sin recibir respuesta. Avanzó unos metros y vio enfrente, al pie de un árbol recién cortado el cuerpo recostado de su compañero. Se quedó muda, solo atinó a abalanzarse sobre él. Ya junto a su torso, sintió el olor a alcohol. Una botella vacía respondía a su interrogante. Su ropa también estaba mojada de caña. Esa caña cuyo aroma ella bien conocía.

Su rostro cambio de expresión y apretándose los labios masculló -¡Borracho de mierda! ¡porquería! ¡Ni por tus hijos tené vegüenza! Levantó la botella y la estrelló contra el árbol cercano. Con ello desahogó su miedo y su bronca. - ¡Levantate carajo! - gritó pateándole el costado. La cabeza de Mario se inclinó hacia adelante, pero no despertó.

- ¡Borracho!, seguí nomá ahí tirado, ya te van a despertar las hormigas. ¡Añasera! - chilló.

Giró sobre sí misma, tomo el brazo de Jorge y apretando al bebé contra su pecho, partió de regreso al rancho.

Hablando consigo misma, la rabia no le hacía pensar otra cosa. Ya no sentía miedo a la oscuridad ni al monte. Tampoco advertía el canto del urú y su mal presagio. La imagen del Mario borracho sobre el tronco le impedía ver otra cosa. Ni siquiera el mango del hecha que sobresalía bajo su espalda.

Recién al día siguiente lo pudo ver claro. Cuando tu compadre - mientras velaban a Mario- le comentó: -Estaba borracho el finao y me quería peliá, entonces me fui y lo dejé solo en el monte. ¡Pobre compadre! - se lamentó finalmente.

El cuento fue publicado en la revista Mojón A segunda edición de 1986. Zamboni es es licenciado en Ciencias de la Información y Magister en Educación. Docente universitario e investigador

Rubén Aníbal Zamboni

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