miércoles 05 de mayo de 2021
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Despierta mi bien despierta

domingo 25 de abril de 2021 | 6:00hs.
Despierta  mi bien despierta

Es una mañana casi como la de cualquier otro lunes después de un fin de semana que, por más que lo intento, no puedo recordar; estiro el queso sobre la tostada muy despacio, como en un ritual que comienza, imparable, a desarrollarse en ese momento.

El café resalta, humeante, aromático, en la taza blanca y no sé cuándo, en que momento, me senté frente a esa mesa de madera como lo hago, desde hace dos años atrás, todos los días casi a la misma hora.

Mire por la ventana de la cocina al departamento de enfrente, en su dormitorio la luz aun prendida no me llamó la atención. El gato siamés sentado, como siempre, en la ventana aprovechando el sol, tampoco.

Apenas unos veinte metros, que hoy parecen un precipicio insalvable, separan los dos contrafrentes manchados de tiempo y humedad.

Ella no estaba, en realidad creo que nunca estuvo, que solo la soñé y la deseé esa noche, como tantas otras. Sin embargo, tengo clara la sensación en la mano, de su pelo y la suavidad de la piel de su cuello y sus muslos. Puedo hasta sentir que la tuve, que la escuche ronronear suave y quedo, abandonada al placer.

Volvía a desearla, su cuerpo moreno desnudo me atraía con una fuerza mayor a las mías para negarme y tampoco quería hacerlo, porque la ilusión moriría ahí.

Le dije que no, que no era cierto, que todo estaba bien, pero no dejaban de enloquecerme sus ojos fijos, mirando con un asombro que no entendí.

Una vez más la atraje hacia mí sujetando su cabeza, intentó alejarme, pero la besé largo, muy largo, no fue un beso apasionado, solo buscaba recordarle que estaba ahí, con ella.

La soñé sensual, como cuando se exhibe desnuda a las mañanas al levantarse y estirarse frente a la ventana. Sabe, y por eso lo hace, que la miro, casi inmóvil, con mi taza de café en la mano.

Me levanto antes que ella, solo para poder contemplarla. Sé que va a la ducha y espero a que vuelva para verla terminar de secarse y vestirse. Lo hace con prolija lentitud, mostrándome cada prenda, como si esperara mi aprobación, y como se la pone.

¿Porque no aparece hoy? Se me enfría el café esperando.

Ayer estuvo su novio a visitarla, nunca faltó un domingo.

Ni siquiera en esos momentos, en que - por prudencia- apago la luz de la cocina, ella cierra las cortinas. Por eso he visto peleas, discusiones y reconciliaciones. Imagino lo que dicen, sus palabras, sus gestos, cuando desaparecen de mi vista.

¿Por qué sigue la luz prendida? ¿Dónde está?

Me descubrió una mañana calurosa de enero en que por casualidad me desperté más temprano, para disfrutar del sol mañanero al desayunar, la misma en que, sorprendido, la vi por primera vez en medio del paisaje gris y rojo de las terrazas y paredes de la ciudad, me quedé congelado, no podía creer lo que estaba viendo.

Se paró frente a su ventana, desnuda, mirándome apoyó sus pechos en el vidrio y después empezó a vestirse, con la misma lentitud con que lo hizo, a partir de entonces, todas las mañanas.

Ahora con la taza, aun llena, en la mano observo, apoyado en el marco de la puerta, con una paz interior que me sorprende, la cama desordenada de mí dormitorio y no sé qué hacer con ese sueño inmóvil y frío que me mira con los ojos abiertos de esa manera tan desmesurada y sorprendida.

¿Qué hacer con ese sueño que no despierta?

Inédito. Baigorri es miembro de Aristóbulo del Valle Escribe (AVE), de la Fundación Cultural Argentina. Tiene publicado los libros: “Soy yo a Pesar de mí” y “Las Cabañas”, entre otros.

Vasco Baigorri

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