martes 18 de mayo de 2021
Cielo claro 14ºc | Posadas

Los pies mojados

domingo 25 de abril de 2021 | 6:00hs.
Los pies mojados

Siento los pies mojados. Es una sensación horrible. Una solución acuosa empieza a subir por mis pies, trepa lenta pero ininterrumpidamente por los tobillos y se estanca en mis rodillas. No puedo caminar. Mis pies están muy pesados y no me responden.

Me siento sobre el borde de una cama vieja, destartalada cubierta con un acolchado deshilachado y mohoso. Me cuesta respirar porque el olor nauseabundo del agua me entra por la nariz, me arde la garganta, lagrimean mis ojos en un incesante parpadeo sin control. Me desespero, pero aunque intento pedir ayuda, no me salen palabras. Siento que abro mi boca e intento pronunciar algún sonido, pero nada. No hay siquiera algún gemido que salga en mi auxilio y sólo lloro con una angustia casi infantil.

Me calmo, es inútil desesperar. Entonces vuelvo a mirar esa habitación y observo una cama prolijamente tendida pero insoportablemente abandonada. Me produce una sensación de vacío, desidia y angustia. ¿Quién será su dueño? La habitación está deshabitada y no la conozco. No sé qué hago en ella. No sé cómo llegué a ella.

Una luz muy fuerte se filtra por entre la cortina derruida de la ventana. No puedo ver. Un rayo atraviesa mis pestañas y cierro rápidamente los ojos. No puedo abrirlos. Intento y aunque me esfuerzo, no puedo. Un latigazo me golpea la espalda e intento mantenerme de pie. Es el viento. Caigo de bruces sobre un piso frío de cemento. Aprieto fuertemente los ojos porque mis rodillas han dado con el suelo y el dolor ya se hace sentir. No sólo las rodillas, también mis manos que han intentado amortiguar el golpe y han quedado enrojecidas y con una sensación de adormecimiento que no logra extinguirse. Me siento sobre el escalón de una escalera que apenas puedo precisar porque mis ojos que han salido de la penumbra todavía no se acostumbran a la claridad. He ensuciado mis jeans. Ya no sólo tengo mojadas las botamangas, sino sucias. Tengo frío. Creo que este escalofrío que sube por mi espinazo hasta llegar a la nuca no me permite mover las piernas. Las tengo como adheridas. Como si fueran de cemento y estuvieran pegadas a las baldosas.

Unas campanadas muy fuertes se escuchan y no puedo descubrir de dónde proceden. Van y vienen. Primero fuertes y luego se van perdiendo en una sucesión de sonidos graves y agudos. Son insistentes. Acompañan al latido de mi corazón que golpea mi pecho con mucha fuerza para finalmente ir como apagándose hasta que logro calmarme. Tanteo la pared y encuentro con suerte una puerta. Mis ojos ya se han acostumbrado a la claridad. La penumbra ha quedado atrás. Tomo el picaporte, lo doy vuelta y logro salir.

Afuera la luz es impresionante. Coloco mi mano derecha sobre los ojos, como si fuera una visera que amortigua los rayos de sol. Mis pasos son vacilantes pero cada vez se sienten más seguros. Quiero correr pero las rodillas doloridas me recuerdan que no puedo. Todavía no. Tomo una bocanada de aire puro. Respiro varias veces antes de impulsarme calle abajo. No veo gente. Estoy sola ante una calle ancha, de tierra compacta y rojiza. Apenas unos árboles se levantan de las veredas. La calle parece un tobogán gigante que me impulsa hacia abajo. Apenas puedo mantenerme erguida. Entonces mis ojos se sobresaltan y quedo de pie, sorprendida ante el espectáculo.

Un remanso de agua celeste muy clara aparece al final del tobogán de tierra. Es admirable en su dimensión y es rotundamente agradable a los ojos. Escucho unas voces de niños chapoteando en la costa. Miro hacia atrás y nuevamente unos rayos de sol muy fuertes no me permiten ver.

Ya es hora - dice una voz y despierto confusa - te dormiste mirando el noticiero- prosigue. Griselda vino a terminar nuestro proyecto. Su voz interrumpió aquello. Fue tan verosímil que miro mis pies. Están secos. Puedo moverlos. Puedo sentirlos.

La cuarentena ha entrado no sólo en mi cabeza, ha invadido mis sentidos. Griselda me alcanza un mate caliente porque ya ha encendido su notebook. Sonríe. Ella siempre sonríe. Vení – me dice. Se ha acomodado frente a la mesa de la cocina donde ha desparramado sus apuntes. Ya tengo la solución para el proyecto – agrega. Por la ventana de la cocina se cuelan atrevidos algunos haces de luz. Como siempre que trabajamos ha puesto música de Youtube. Continuemos - dice ella. Continuemos - me escucho repitiendo y agrego- es lo que queda, debemos continuar.

Inédito. La autora es licenciada en Educación, docente. Reside en Oberá

Hilce Liliana Díaz

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