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La profesora de letras

domingo 18 de abril de 2021 | 6:00hs.
La profesora  de letras

La maldita quiere sorprendemos. Todos vinimos más o menos preparados para una larga prueba escrita. Algunos conceptos en la cucuza y los más en el ingenioso machetito. A veces pocas palabras en la palma de la mano, a veces un rollito delicado bajo el puño de la camisa, a veces simplemente el libro abierto sobre las piernas. Y el factor común: una expresión angelical. La neurótica sonríe diabólicamente. Ejercitarán la imaginación, señores, la fantasía. Tomaremos un tema y lo desarrollarán. Todos quedamos pasmados. El asombro liquidó nuestras sonrisas anteriores. La vieja es como un estratega. Nos, amagó por un lado y nos golpea por otro. Tomarán temas distintos, acotó. Cada papelito menciona uno y lleva mi firma. Además de malvada es boba. Los papelitos circulan de mano en mano. Los monos quieren encontrar el título adecuado, pero todos son similares: la juventud, la alegría, tal vez mañana, la ilusión, la esperanza, el corazón tiene razones, y otras idioteces. Éramos como un montón de perros y nadie encontraba su árbol para arrimar la patita. Por fin me quedó en las manos “la esperanza”, que era al parecer el papelito más despreciado. La estúpida leía alguna cosa en su escritorio. Concluimos que le era indiferente que cambiáramos los temas. En el último banco de la izquierda el grandote Lucas golpeaba, como de costumbre, con su arma en el pupitre. Eran golpes sordos, como de goma. De pronto guardó el asunto y sonrío: había concebido una idea. Tomó la cinta de la cortina de enrollar de la ventana del fondo y ató su extremo en el cinturón de Weber, un alemán fornido que padece epilepsia. Weber usaba el cinturón holgado y no advirtió la maniobra. Todos los de atrás previmos el resultado. Cuando Weber se levantara para entregar su prueba desataría el nudo simple de la cinta y la cortina metálica vendría abajo con el consiguiente estampido. Esta expectativa risueña inspiró a algunos, que atacaron el tema para entregar la prueba antes que Weber y ser atentos espectadores del golpe. Yo pensaba “maldita esperanza” y Pepe, a mi lado, acotó: vos tenés la punta de la madeja, la esperanza suele ser verde. Yo no tengo ni el color de esta basura: la alegría. Hice dos dibujitos sobre el sufrido pupitre y de pronto la birome comenzó a escribir como impelida por una fuerza interior. El producto tenía forma de poema y lo transcribo: “Aunque deba arrastrarme con las manos sangrando/ viajaré desde el sueño por un mar de esperanzas:/ en las uñas quebradas en el sol apagado de los ojos, en el barro que retorna, en el último tramo de la vida, en la protesta airada,/ esperanzas angostas, horribles esperanzas/ por la frente continuamente pensando / y una luna triste cabalgaba en el corazón mientras caían las hojas del último sueño. Estaban en fila, giraban en mi respiración, eran abejas locas cuando la flor moría./Porfiadas vuelven. Si pudiera retenerlas. Por la extendida sangre quieren subir. Si están tendré que decirles que se queden. Es mi hora, Tienen que surgir por mi retorno:/ en la abatida mano, en la frente de surcos, en el olor de los recuerdos en bandadas./ Sé que acudirán para trizarse luego. Mi última estructura es de esperanza./Contra lo que pasó. Contra lo irremediable. Desfilarán con sus colores vivos./Construirán mil puentes hasta Dios, hasta la estrella que miramos juntos./ Volverán cuando siente que me pesan las lágrimas./ Volverán con el suspiro con que culmina el llanto con el dolor pequeño de los años perdidos..../Puedo verlas aún, puedo soplar su ceniza risible, su extraña potestad como la mano maternal que cura el golpe y toma la alegría, como la voz que dice “no es nada, ya pasó”.

Y me salió de corrido, en pocos minutos. Entregué la prueba y pedí para pasar al baño. Tenía un American Club en el bolsillo del guardapolvo y quería saborearlo antes de que se arrugara. El baño era una mezcla de humo y malos olores. Pero era el símbolo de la libertad, de las rotas cadenas. Siempre había algún payaso contando cuentos verdes. Y Perico Zarza silbando tangos. Perico floreaba con los labios imitando el bandoneón o cualquier otro instrumento de la orquesta. Tenía un séquito de fanáticos: la guardia vieja, enemigos de la música foránea. Había que tirarle el título de cualquier tango y Perico, arrugando la trompita, emitía los acordes. Para los expertos, tenía a flor de piel el estilo de cada orquesta: ahora los violines de De Angelis. En la mitad de la Cumparsita, en el momento en que todos los violines hacen el floreo, escuchamos el ruido de la persiana. Regresé al curso para ver el espectáculo. Alguien trataba de desatar la cinta de la cortina todavía anudada al cinturón de Weber. Este vociferaba: Pero hombre....Pero hombre..... Algunos reían, otros aguardaban la reacción de la neurótica, que parecía la esfinge: nos miraba por separado, sin palabras. Por fin reaccionó: entreguen burros, sus burradas. En cuanto al responsable de este hecho bochornoso será castigado como corresponde. Ah, usted (se dirigía a mí), si piensa que me va a hacer creer que esto es suyo está equivoca do. Lo sabe de memoria o lo copio. Además de ajeno es malo. ¿A quién se le ocurre hablar de horribles esperanzas? Ya veremos que hago con usted. Yo estaba azorado. Mi poesía no era mi poesía. Sólo esperaba que me la devolviera porque no tenía copia. Tenía razón Pepe: si a la esperanza le sacás el verde, el populacho desconfía.

El relato es parte del libro Trampa a la soledad. Toledo fue poeta, periodista, abogado, profesor de Filosofía y Ciencias de la Educación.

Marcial Toledo

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