lunes 17 de mayo de 2021
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Indalecio y su acordeona (Un cuento para Corrientes)

Maribela Rosa, qué desgraciado es el porvenir de un hombre de ley… Juan Carlos “Pinocho” Mareco

domingo 18 de abril de 2021 | 6:00hs.
Indalecio y su acordeona (Un cuento para Corrientes)

Desde lo más profundo del Iberá, donde los pocos hombres que se atreven, o pueden vivir allí, se codean diariamente con un mundo en estado salvaje, plagado de duendes y fantasmas de los de verdad, partió Indalecio con su acordeona de dos hileras, rumbo al poblado más cercano, Ituzaingó, solamente a 180 kilómetros de distancia.

Y lo hizo “de a pie nomás”, porque los inmensos bañadales y esteros no son aptos para cabalgaduras, y porque sólo tenía un bote de timbó, impulsado a pértiga, que no le sería apto en esta oportunidad porque el mayor trayecto lo haría sobre tierra firme.

Indalecio marchaba en pos de un sueño. Un sueño que pensaba que nunca se le cumpliría mientras en la soledad de los esteros acariciaba su acordeón, única y amada compañera que se entregaba por entero a su dueño, regalándole notas musicales y silencios armoniosos que siempre, pero siempre, significaban “chamamé”.

Indalecio no sabía absolutamente nada de música, como el lector habrá podido colegir llegando a esta altura de la narración. Su caudal de inspiración y su tonalidad armoniosa con la música que el mismo creaba y ejecutaba de manera espontánea, era puramente intuitiva. Sólo un grito, casi salvaje, brotaba de su garganta cada vez que el instrumento, con un fuerte resoplido, finalizaba cada creación del músico improvisado, pero apasionado, como era el Indalecio.

A su acordeona tan amada, Indalecio la compró hace muchos años, cuando aún era joven y su padre se desempeñaba como peón de la estancia “Santa Tecla”, propiedad del muy mentado “Gato Moro”, campo situado muy cerca de Ituzaingó.

Cuando se hizo grande, por razones de la vida se convirtió en “mariscador”, en un sector muy alejado, casi en el centro de la laguna Iberá, arcón que guarda mil secretos y misterios que sólo quienes la habitan y la respetan pueden llegar a desentrañar.

Mucho tiempo pasó en soledad Indalecio, con esporádicas bajadas al pueblo, siempre de a pie, para vender los productos de su caza, fundamentalmente cueros, y trenzados que el mismo elaboraba con una maestría muy particular.

Hace ya dos años del momento que se narra en estas páginas, en el último viaje que hiciera el hombre a la “civilización”, contempló un fenómeno que lo dejó con la boca abierta y con unas ganas locas de poder acceder a su propiedad.

En todo este tiempo, y muy esperanzado, fue juntando dinero con sus productos, los que entregaba a un turco viajero que cada seis meses pasaba por la región y le compraba sus artesanías. Pero el dinero obtenido hasta ahora no le alcanzaba para cumplir su sueño.

Hasta que un día, mientras arrancaba acordes chamameseros de su acordeona, se le ocurrió la idea:

- ¡Pero ahí está, chamigo!, se dijo, si con esta acordeona, en el pueblo, yo puedo juntar la plata que necesito.

Y a los pocos días se marchó rumbo a su sueño. Rumbo a Ituzaingó.

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Y su sueño se cumplió. A los diez días de iniciada la marcha, Indalecio regresó a su rancho humilde perdido entre los pajonales, contento por el éxito de su viaje.

Aún se encontraba excitado por las emociones vividas y recordaba paso a paso todos los momentos transcurridos en el pueblo, cuando por fin logró cumplir el sueño que desde hacía ya dos años le carcomía el alma: “Logró comprar un teléfono celular de última generación, con Internet y todo”, con el dinero juntado “de a puchito” con su trabajo, y con la venta de su acordeón en una casa de usados en el poblado.

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Pasado un tiempo, en la soledad de su choza y en la inmensidad de los esteros, se fue dando cuanta el Indalecio, de tres cosas:

Si bien tenía un hermoso teléfono celular, no tenía contactos con quienes hablar y, fundamentalmente, en la soledad y la inmensidad de la Laguna del Iberá, no había señal de Internet ni de telefonía celular. Tampoco energía eléctrica para cargar la batería…

Y, entonces, se acordó de la Maribela Rosa…

El cuento es parte del próximo libro titulado, De nuevas emociones. Larraburu es autor además de El Monje Negro, En los pagos de oro verde, Sobre duendes, mitos y leyendas, entre otros.

Luis Ángel Larraburu

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