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Juan “El Colorado”

Gira molino No detengas tu girar A un amor buscar.

domingo 18 de abril de 2021 | 6:00hs.
Juan “El Colorado”

Los personajes en los pueblos llaman la atención por alguna de sus cualidades o características. Está el que atrae la curiosidad por su hiperactividad, su espontaneidad y por su expresividad, saluda a todo el mundo, está presente en todos los eventos sociales y todos lo conocen. Está el que, por su vestimenta e incluso por su actuación excéntrica, es conocido. Está el borracho, el pandillero, el amiguero y el bohemio. En cualquiera de nuestros pueblos misioneros tenemos la lista de los personajes históricos y los que aún, por algún misterio de su personalidad, llaman la atención.

En nuestro viejo Monte Carlo vivía un personaje que se hacía llamar “Juan El Colorado” y para reafirmar su identidad llevaba en su hombro un deshilachado poncho en los sábados fríos de invierno cuando iba, como todos los sábados del año, al pueblo y se demoraba en la “casa Carlitos” para hacer la compra de provistas y tomarse los vinos necesarios para olvidar amores, penas y tristezas. Llamaba la atención, y con ello se ganó la categoría de personaje, por su silencio, su taciturnidad y su presencia casi imperceptible. Ocupaba una de las mesas en la vereda desde las diez de la mañana hasta que, casi a las tres de la tarde, se levantaba y en un acento áspero y duro decía la única frase, que hablaba en toda la mañana:

—Juan “El Colorado” borracho pero contento vuelve a su rancho.

No pocas veces olvidaba parte de la mercadería comprada, que algún alma caritativa se lo alcanzaba. Con paso lento, cansino e inseguro emprendía su camino al rancho, que era un gran galpón en la chacra de allá en el bajo cerca del viejo molino.

Un domingo por la tarde decidí caminar por las chacras yendo hacia el arroyo que tenía la pequeña represa y el viejo molino de madera. Después de las lluvias y de las crecientes se había atascado y como pasatiempo me puse a sacarle el ripio y el barro que se le había metido hasta hacerlo andar. Fue una alegría de poeta ver como lentamente, con un crujir de madera y embalsando toda el agua en sus dientes, hizo a un lado el resto de barro y pasto hasta comenzar a girar. Entré al derruido cobertizo que contenía las poleas y las bases del viejo aserradero e incluso un antiguo dinamo oxidado. Admirable el trabajo de nuestros bisabuelos que dejaron atrás una civilización floreciente, pero desencarnada por sus luchas y sus guerras, para internarse en nuestra selva y comenzar de nuevo. Cuentan que acá cortaban las maderas, molían maíz, e incluso producían electricidad para la luz de la casa y un pequeño motor para cortar leña, y mover otras maquinarias.

Pasando cerca de la casa, media abandonada de la chacra, vi a Juan “El Colorado”, sentado frente al galpón de madera. Me saludó de lejos, me acerqué como para saludarlo. Estaba sentado en un tronco, cerquita del fogón abierto que echaba humo, calentando agua en una pava muy renegrida. Los perros ladraron, avisados por mi llegada, pero tras el corto silbido de juan se acallaron.

—Fui a ver el viejo molino…—Le comenté como al pasar.

—Sentate…—Me ordenó hoscamente.

Para no contradecir y viendo que el domingo veraniego se demoraba más de la cuenta y el sol iba a tardar un rato en caer sobre el Paraná, me senté en una de las toras que estaban cerca.

—Gran invento el molino, inteligente el viejo Litter… no le faltó nada, ahora los hijos y nietos son ricos y viven todos en el pueblo. —Comentó mirando hacia el amplio potrero por el cual pasaba el arroyo.

—¿Usted cuida la chacra? Y ¿En la casa allá arriba no vive nadie? —Le pregunté como para iniciar una conversación.

Me miró de costado y no me contestó. Parece que preguntas con respuestas obvias don Juan no las contesta, pensé. Con un gesto suave pero invitador me pasó el mate que había comenzado a servir.

—¿Vos sos hijo de Ernesto no? Familia de trabajo, esa chacra, allá arriba, compró ahora tu tío. Conocí a tu abuelo, vinieron de Alemania, se bajaron del barco y comenzaron a trabajar nomás. No sé si ustedes, la gurisada de ahora, trabaja tanto… parece que mucha escuela, mucho estudio y nada de trabajo. Bueno, quizás los tiempos cambian… Serán formas de trabajar nomas…

Hizo un silencio largo, al devolverle el mate se sirvió y lo sorbió lentamente, como pensando y renegando de su destino.

—¿Y usted, vino de Alemania o ya nació acá?

El silencio se hizo más largo todavía, desde el monte cercano se escuchaba a las urracas y unos benteveos que gritaban exageradamente, clara señal de próxima lluvia pensé.

—Va a llover mañana…—agregó Juan, yo me sobresalté, ya que interpreté que me había adivinado el pensamiento.

—¿Le parece? —Fue mi reacción.

—¡Mucho griterío en el monte! Y mirá… —Dijo señalando a un grupo de hormigas que furiosas despedazaban a un gran saltamontes— Tienen hambre y se apuran para ganarle a la lluviarada. Yo vine en el 37, 1937, justo antes de la segunda guerra…

Nuevamente hizo un largo silencio, mi timidez y por no querer atropellar preguntas, a alguien a quién poco conocía, yo también permanecí en silencio. Los perros comenzaron a ladrar y en el potrero los teros daban gritos de alarma. Don Juan se levantó como desentumeciendo sus huesos, se rascó la rodilla, que asomaba de su viejo pantalón roto y andrajoso. Murmuró y masculló algunas cosas en alemán y se volvió a sentar, después de acallar a los perros con un efectivo silbido. Tomó su mate, me pasó uno y luego se levantó. Entró al amplio galpón volviendo después de un rato con una cajita metálica, esas que tenían té de China o de Ceylán. La dejó a un costado, como restándole importancia. Mis pensamientos me llevaron a las cajas de mamá e incluso a las de la abuela. Ambas tenían un surtido de cajas de metal, e incluso grandes latas en las que guardaban la provisión de galletitas que se horneaban antes de navidad. Ya mis sentimientos, mis emociones y mis recuerdos estaban metidos de llenos en ese olor y ese sabor que inundaba a nuestra casa en la infancia. Olores a clavo de olor, canela, y mezclas variadas que nos hacían sentir la llegada de este tiempo de navidad.

—Yo vine persiguiendo un amor… —Dijo repentinamente sacándome de mis recuerdos navideños.

Otra vez el silencio, acomodó los tizones del fogón y fue a traer más agua con una lata, esas de duraznos, desde otra lata, esas de aceite, ambas oxidadas, para la pava.

—Mirá, nunca lo conté, pero me vine porque desde Grübelstahl el papá de la Clara se vino para acá. Vinieron a Eldorado… o por ahí cerca, donde un amigo le tenía reservada una chacra. Ella me escribió enseguida, para que yo también venga. Eso era en el 32, apenas yo había conseguido un trabajo… ¡Gurises éramos!... yo tenía apenas diecisiete. Le escribí que iba a trabajar un poco más para tener plata y me iba a venir. ¡Todas estas cartas, me escribió!

Tomó la lata, y como acariciándola la puso sobre su regazo. Cebó otro mate y de sus ojos azules brotaron leves brillos lacrimosos, que hicieron que esos ojos se parecieran aún más al mar que los separaba en aquel tiempo.

—La quería en serio, le escribí muchas cartas, era lo único que yo hacía, trabajar y escribir cartas. Ella me escribió como habían llegado a Buenos Aires, de cómo habían tomado el barco subiendo el río Paraná, cada una de las curvas, cada una de las novedades, cada uno de los paisajes, describió en sus cartas. Hasta cuando llegaron al puerto y comenzaron a construir la casa en el medio de la chacra, sí, en el medio de la chacra, porque su padre no quería saber nada de gente, de guerra, de miseria y de conflictos. Mientras me escribía me iba compartiendo una a una las palabras que iba aprendiendo en Argentina, yo me las iba memorizando para saberlas cuando llegue. Junté la plata para el viaje, me costó mucho ya que tuve que cambiar de trabajo, la familia judía con la que trabajaba en una fábrica de zapatos tuvo que cerrar y escapar hacia Francia cuando comenzó la persecución con el nacionalsocialismo. Por suerte pude conseguir un trabajo como mozo y esto me valió para juntar dinero de la propina. Cuando me vine, en cada uno de los pasos del viaje pude descubrir la mirada de Clara, en el vuelo de los pájaros, en el brillo de las olas, hasta en el sorpresivo marrón del Río de la Plata. Así como ella, remonté el Paraná en el primer barco que pude encontrar, siempre con mi castellano básico aprendido de sus cartas. Al llegar a Eldorado comenzó mi búsqueda por las chacras para encontrarla, pero grande fue mi desazón cuando un ex vecino me comentó que toda la familia había ido a Buenos Aires, a partir de una oferta de trabajo, porque la señora no se adaptaba al clima caluroso y húmedo de Misiones. En la próxima barcaza que partía desde el puerto de Eldorado emprendí mi camino río abajo, mi corazón comenzó a despedazarse, porque esta historia Clara no me la había contado, o al menos no recibí su carta en la que me lo puede haber confiado.

Largo fue el silencio. El mate iba y venía, con ese sabor amargo, pero compañero. El sol caía lentamente hacia el horizonte, desde donde ese mismo río se escurría hacia el sur, yo no quise seguir preguntando, pero los ojos vidriosamente azules de Juan miraban a lo lejos, como preguntándose, o buscando respuestas más allá de las copas de los árboles, que sobresalían del monte allá en lo alto del cerro.

—Buenos Aires es grande, aunque los alemanes estaban todos en una misma zona, pero encontrar a la familia de Clara no fue fácil. Coincidió navidad y año nuevo, así que participé de varias fiestas y reuniones de los alemanes, una en Martínez y la otra en Quilmes ya que varias familias habían buscado trabajo alrededor de la fábrica de cerveza. Hable con el mismo Otto Bemberg, que entusiasmado me contó de su proyecto de hotel y casa de verano que tenía en Misiones. Si, después supe que él mismo le llamó Puerto Bemberg. Nadie ubicaba a la familia de Clara y mi cabeza se llenaba de preguntas no pudiendo responder ninguna de ellas. Una tarde vi un cartel en una de las calles de Martínez solicitando un trabajador para una fábrica de valijas de cueros. Me presenté, ya que vi que eran de familia alemana, porque la señora justo salía con sus hijas hablando nuestro idioma. Le conté al dueño mis cuitas y, como hacía ya más de tres meses que deambulaba en la ciudad viviendo en pensiones, verdaderamente me hacía falta el trabajo. Gracias a mi experiencia en la fábrica de zapatos en mi tierra natal me aceptaron sin condiciones, dándome como parte del sueldo una pieza y la comida. La clientela era en gran medida de la comunidad alemana, pero venían muchos militares de alto rango a comprar botas. Yo no perdía la oportunidad de preguntar por la familia de ese amor que venía persiguiendo, que mientras tanto se me volvió horizonte, ya que se alejaba cuando más intentaba acercarme. La noticia me la dio don Reining, un constructor que había llegado al país hace tres años y que trabajaba en una empresa que se dedicaba a hacer puentes para las rutas. Por el apellido, me dijo, la familia volvió a Misiones, a partir de que no pudo conseguir trabajo en esta gran ciudad. Le inquirí si sabía a qué parte se mudaron, me habló de una Colonia Mecking y algo así como “los Montes de los Carlos” … Casi cuatro meses para comenzar de nuevo, ¿Qué hacer, recorrer los pueblos? ¿Quedarme uno tiempo más y conseguir los datos primero? Estuve varios días sin dormir y anduve como sonámbulo en el trabajo. Mis patrones me apoyaron y me dieron licencia para que fuera a visitar a la familia Reining. Me contaron que conocieron a la familia en el barrio, que las tres hermanas, entre ellas Clara, estaban buscando trabajo en las casas de familia, pero viendo la situación crítica por las guerras, no consiguieron nada, así que decidieron volver a la provincia de Misiones.

Después de un largo silencio, mientras del monte los pájaros anunciaban la puesta del sol, Juan abrió su cajita de metal, el borde desgastado y algo oxidado aún tenía leves brillos del contorno dorado y con claridad se podía leer “Ceylon Thea”, tomó una de las cartas y luego una tarjeta con su estampillado despegado. Las acarició y yo esperaba ansioso a ver como continuaba su historia, sobre todo esperaba conocer porqué y cómo terminó Juan acá en Montecarlo y en medio de un potrero, durmiendo y viviendo en un viejo galpón casi abandonado.

—Con el tren me vine hasta estos pagos y con un tabacalero me llegué a villa Mecking, bueno, en realidad ya se llamaba Leandro N. Alem, pero la gente aun lo seguía llamando así. Paré en la pensión, me entristecía mucho no tener cartas de Clara, pero yo sabía que ella me siguió escribiendo, pero a mí no me llegaban. Recorrí el pueblo, pregunté en el correo, que todavía lo atendía el viejo Mecking, pero nada. Así que vine a buscar a esta colonia, siempre preguntando por el apellido, por la familia, en la cooperativa y en el correo. Pero nunca encontré a nadie. Hace ya cuarenta años que estoy acá, esperando nomás. Esperando alguna oportunidad, alguna fiesta o en los sábados, mientras espero en la ‘Casa Carlitos’, a que la vea y nos encontremos con Clara…

Ya no pude sacarle más palabras, tomó una a una sus cartas y comenzó a acariciarlas. Leia párrafos y dialogaba con una Clara ausente y lejana, pero que para él estaba en esas cartas, en esos papeles escritos con letras suaves, aplicadas y posiblemente con demasiado amor. En un acongojado llanto se ensimismó en su propio mundo de amor.

Me levanté en silencio, le toqué la espalda en señal de despedida y me fui caminando lentamente hacia el viejo molino. Los perros no ladraron ni los teros gritaron. El molino, ya semi derruido, seguía girando con la fuerza del agua que se escurría por entre las viejas y desvencijadas maderas. El sol ya había desaparecido detrás del horizonte de monte, selva y gritos de pájaros, que lentamente se llamaban a silencio. Volví a casa con la satisfacción, pero también con esa angustia que genera cuando se conocen a fondo a los personajes de nuestros pueblos, de quienes simplemente sabemos su nombre de pila, su apodo o su sobrenombre.

Von Hof publicó los libros De letras y tierra roja, Siesta en el río de los pájaros, De letras chicas y anotaciones al margen, entre otros.

Waldemar von Hof

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