martes 18 de mayo de 2021
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Los sapucays de Tarzán

Mi inspiración me lleva a cantar las figuras cambiadas en nuevos cuerpos… Ovidio, “Las metamorfosis”

domingo 11 de abril de 2021 | 6:00hs.
Los sapucays de Tarzán

El que empezó con todo este kilombo, me quedan pocas dudas, habrá sido Kafka. Hubo también otro desgraciado importante, muy muy anterior, un tal Ovidio; a ése lo dejo para otra oportunidad… Pero arranco desde el principio: todo esto viene a que de chico hubiera querido disfrazarme de Tarzán, rey de los monos. Lo que me detuvo fue ver varias veces en los corsos de mi ciudad a algunos seudo-Tarzanes que desfilaban tratando de imitar el alarido agudo y gorilesco de Johnny Weismuller en las películas, con un vibrato en falsete al comienzo y otro al final, aunque lo que les salía a la mayoría de esos tarzanes de barrio era un sapucay más bien festivo y chamamecero, uno de esos gritos que los amantes de la música correntina profieren en el clímax de cada tema musical, cuando parece que el alma hinchada de una mezcla extraña de fervor y melancolía ya no soporta tanta presión y libera ese grito también agudo pero nada simiesco. Todos esos decadentes tarzanes aulladores usaban durante el desfile carnavalesco una mallita o más bien unos taparrabos atigrados y deshilachados, el cabello medio largo, y el que no era raquítico era panzón; ninguno tenía el physique du rol, y yo tampoco, y creo que eso fue lo que al final me acobardó para convertirme en uno más de los Tarzanes del corso. A mí, como a la mayoría, hasta los quince o dieciséis años se me veían las costillas, y después en un proceso acelerado empecé a criar panza, las costillas desaparecieron pero no para dar lugar a esa marcada musculación del vientre que los envidiosos denominamos tabla de lavar (y que Johnny Weismuller, campeón mundial de natación con 67 récords olímpicos, ostentaba como al pasar) sino más bien a una mullida tabla de planchar, a una inútil reserva de grasa; a ese salvavidas que en realidad nos condena y que casi nos define como especie desde que dejamos de andar corriendo por las sabanas o las selvas entremezclados con otros bichos y luchando para conseguir alimentos como cualquier animalito de dios, y pasamos a conseguirlos en el supermercado con cero gasto calórico.

Pero el músculo no hace a la felicidad, para eso es incluso más inútil que el dinero. Al menos eso me digo yo, que jamás atesoré ninguno de los dos. Pero volvamos a Tarzán, en especial al de Johnny Weismuller, que imperó en Hollywood y en muchos de los corazones de mi generación durante varias décadas del siglo pasado. Como todos deben saber, Tarzán era el rey de los monos. Así se lo presentó al menos en la novela original de Edgard Rice Burroughs, y en la saga de más de veinte novelas posteriores, y en el casi centenar de películas que desde los comienzos del cine mudo hasta ahora asolaron las plateas del mundo, inundándolas con films unánimemente olvidables. Por si algún marciano desconoce al personaje Tarzán, resumo aquí en unas líneas: era John Clayton III, Lord Greystoke, hijo de una pareja de nobles escoceses que tras un motín en el barco en el que viajaban quedaron abandonados en la selva africana, murieron allí y John fue adoptado por una manada de manganis, unos simios parecidos a los gorilas. Con ellos se cría John, al que los monos bautizan como “Tarzán”, que significa “piel blanca” en un supuesto lenguaje maganí. Tarzán, que desde chiquito aprende a andar por los cielos de la selva colgado de las lianas, se va volviendo una especie de líder simiesco, aunque de grande se “civiliza”, aprende a hablar en inglés y en francés, y tras un corto contacto con la vida urbana en Europa vuelve decepcionado a la selva. Tarzán es un ser humano que deviene simio, luego ese simio deviene nuevamente humano, aprende a hablar inglés y francés y visita el mundo civilizado, regresa a la selva para devenir otra vez simio, así que ya no es ni una cosa ni la otra, o, mejor dicho, es ambas cosas a la vez. Aunque lo que nos importa aquí es su grito. El grito canónico de Tarzán, ése que siguió sonando a lo largo de décadas en innumerables versiones de Hollywood, fue el que supuestamente lanzó Johnny Weismuller en 1932, para la primera de las seis películas en las que representó el personaje de Tarzán. Johnny por esos años manifestó a la prensa que el grito se lo habían inspirado los cantos tiroleses que escuchaba en su infancia en el imperio Austrohúngaro. Suena verosímil, en el largo grito descollan dos vibratos hiperagudos que recuerdan a los falsetes de los cantantes del Tirol.

De todo eso me enteré años después lleno de admiración, varias veces a lo largo de las décadas había llegado a pensar que ese grito podía haber sido doblado por alguien, como suele suceder en el cine. Así se reforzó mi veneración hacia Johnny por ser el creador de ese grito inigualable; debo reconocer que todos los tarzanes de los carnavales de mi ciudad, tanto los que se animaban a concretar su deseo y desfilaban sin vergüenza por las calles de Posadas enarbolando su infantil tarzaneidad, como los tarzanes potenciales que sólo en sueños llegamos a vestir algún zaparrastroso taparrabos animal print, éramos Salieris de Johnny Weismuller más que de Tarzán; ningún otro rey de los monos llegó a nuestros corazones como Johnny. Aunque me acabo de enterar de que hay otras versiones sobre el origen del grito de Tarzán: que se habrían superpuesto tres voces diferentes para lograr ese sonido, o que se habrían solapado las voces de un tenor y de una soprano a diferentes velocidades a la de Johnny, o que se habrían amplificado y mezclado con el alarido de Johnny varios ruidos animales, como el llanto de un camello o el grito de una hiena reproducido al revés. Más de medio siglo después de la primera emisión de ese grito, los herederos del autor de la saga de Tarzán intentaron registrar ese sonido en Europa, para hacer más fortuna con su uso en anuncios, videojuegos y celulares. Pero después de años de batallar, las autoridades del caso opinaron que era imposible reconocer en el espectrograma “si el sonido representado es una voz humana u otra cosa, como por ejemplo la melodía de unos violines, unas campanas o el ladrido de un perro”.

La descripción es pertinente en su ambigüedad, y quizá ese grito tan complejo en realidad marcaba el comienzo de un “devenir animal” de Johnny Weismuller. Gilles Deleuze, un gran camorrero de la filosofía que fue tan antiedípico como anticapitalista, escribió también sobre los devenires animales, que no consistían precisamente en que un ser humano se transformara en animal, sino en que formara una especie de dispositivo con algún animal: que estableciera una alianza, una simbiosis. Al principio de este texto afirmé que en nuestra modernidad literaria Kafka en cierta manera empezó con cuestiones como ésta; fue en esa narración que llamó “La metamorfosis”, en la que Gregorio Samsa despierta un día convertido en escarabajo, y de ahí en adelante obviamente se generan dramáticas peripecias personales y familiares. Pero Gregorio se transforma de verdad en escarabajo, aunque siga pensando y sintiendo como un humano; eso es diferente a un devenir. También al principio dije que dos mil años antes ya Ovidio había escrito justamente sus “Metamorfosis”, quince libros en los que cuenta la historia del mundo desde sus comienzos hasta la muerte de Julio César. Ahí todo el mundo se transforma en algo, en especial en animales. Claro, ya era tradición que los dioses griegos y romanos se camuflaran como animales (Zeus lo usaba de estrategia amorosa, se transformaba en oso o en cisne o lo que fuera cuando se calentaba con alguna mujer y quería seducirla con más facilidad), o transformaran a otros en bichos varios.

Pero Deleuze cuando habla del devenir animal de los seres humanos, se refiere a otra cosa, a algo en principio más parecido a Drácula o al lobizón (incluso a la pareja Dr. Jekyll y Mr. Hide) que al Gregorio Samsa de Kafka, o a las transformaciones míticas de griegos y romanos. Y no por un eventual componente demoníaco de Dráculas o lobizones, sino por ese complejo hecho de ser otra cosa sin dejar de ser lo que se es: ser lobizón sin dejar de ser hombre. Ejemplo burdo: en la relación entre una abeja y una flor, en la que ambas devienen otro, la abeja deviene orquídea entre otras cosas por transportar el polen y volverse parte así del aparato de reproducción de la orquídea.

Pero más que el grito simiesco de Tarzán en las películas, lo que nos convoca aquí es el grito real de Johnny Weismuller en su vida también, digamos, real. No importa de dónde ni cómo haya aparecido ese aullido, lo cierto es que Johnny siguió lanzándolo al aire hasta el final de sus días como en sus mejores años de Hollywood. Johnny terminó internado en un hospital psiquiátrico, y cada tanto repetía por los pasillos el alarido de Tarzán, con falsetes incluidos. Al principio aterrorizaba a todos, después fue un sonido más, casi como el ladrido de los perros a lo lejos. Difícil saber si a esa altura del tobogán por el que venía despeñándose, Johnny extrañaba sus épocas de estrella de Hollywood, o si en sus idas y vueltas hacia y desde la simieidad y a falta de lianas, trataba de emular con el grito al Tarzán de la pantalla. O si se tomaba demasiado en serio la frase de Rimbaud “Yo es otro”, frase emblema de la esquizofrenia de nuestro tiempo, que nos muestra a todos escindidos como si fuéramos inevitablemente otros para nosotros mismos. Final trágico de ese “buen salvaje” que en el fondo fue Tarzán… aunque fíjense, no puedo evitar confundir a Tarzán con Johnny Weismuller, el del final trágico fue Johnny, el real. Que en cierta forma era un buen salvaje rescatado de la selva, de la selva de Hollywood. Pero rescatado a medias, si es que atendemos a cómo terminó. En bolas y a los gritos, diría mi vecino, según los testimonios caminaba por los pasillos del hospital psiquiátrico con una de esas batas abiertas atrás y se le veía el trasero.

Pero hay otra interpretación de esta triste muerte de Johnny Weismuller sumido en una supuesta demencia por demás gritona. (Por suerte siempre hay otra interpretación posible de los destinos y de los acontecimientos de una vida; nada, y mucho menos la verdad, está dado para siempre) Quizá en algún momento y al contrario de los dichos de Borges en su cuento “Borges y yo”, donde citando a Spinoza afirma que todo tigre quiere seguir siendo tigre y persevera en eso, Johnny, un decidido antiborgiano por otra parte, decidió no perseverar en lo que era, y prefirió devenir. Quizá porque tenía demasiado: mucho dinero y músculos, mujeres hermosas, fama mundial, una pinta y un lomo de aquellos, y quería algo más. Prefirió devenir, entonces, no ser tanto lo que ya era sino devenir otra cosa; como Drácula devino vampiro, o los séptimos hijos varones son lobizones en las noches de luna llena, o como el señor K de “El proceso” de Kafka termina sintiéndose un perro cuando lo torturan hasta la muerte al final de la novela. En esta versión postrera de sus días finales, Johnny habría sacado de dentro de sí ese gorila que gritaba en falsete, porque extrañaba esa simieidad que había vivido a fondo en la ficción de la pantalla, y decidió confundirse con ella pero de verdad, hasta el final.

Y eso me hace acordar que en el placard conservo todavía el taparrabos atigrado destinado a desfilar en el corso, que por supuesto ya no me entra y por suerte nunca usé, hay papelones de los que no se vuelve. Durante años hice gimnasia, traté de criar músculos, todas esas cosas que para Johnny Weismuller eran tan fáciles, practiqué los gritos con falsetes que Johnny hacía de taquito, con todo eso supuse por un tiempo que saldría de mi condición de alfeñique, esa que movió al famoso Charles Atlas a convertirse con esfuerzo de un hombre esmirriado en un musculoso Mister Mundo, y sería feliz. Es que a veces uno hace algo para modificar una determinada situación, y supone que eso será suficiente para cambiar su destino, y cuando se da cuenta de que no es lo mismo tubérculo que ver tus glúteos, y ya que uno no se puede volver imperceptible y simplemente hundirse derrotado en la nada, le dan ganas de devenir animal, también igual que Johnny, y aullar como un perro o un gorila solitario, y salir corriendo desnudo por ahí…

Pero volviendo al grito, a ese grito de Tarzán / Weismuller, anoche me sucedió algo que me lleva a pensar todavía en otra versión más de ese enigma que me atormenta, ese final de Johnny a toda orquesta en los pasillos del psiquiátrico: ahora me inclino a creer que lo que Johnny profería en esos pasillos no era exactamente el grito de su personaje cinematográfico de cincuenta años atrás, sino un sapucay. Y lo explico. No debe ser casualidad, anoche tenía ya dando vueltas en la cabeza las informaciones y sensaciones que ahora me llevan a escribir este texto, y tuve un sueño. Vi un gorila en la selva: llovía intensamente, caían chorros de agua entre las hojas y las lianas y de pronto al gorila que miraba caer la lluvia con esa cara casi inexpresiva que ostentan también los gatos, parece conmocionarlo un terrible “spleen”, una melancolía infinita; se levanta, se golpea el pecho varias veces y grita. Salta o baila, y grita: como si le hablara a la lluvia. Y los gritos del gorila en mi sueño son el grito exacto de Tarzán. O, mejor dicho, el de Johnny Weismuller. Con falsetes tiroleses y todo. Un verdadero sapucay, hablando en criollo. Me desperté asustado y pensando en los sapucays y en ese gorila bailando y gritando en la lluvia, y recordé de repente la frase que alguna vez dijo un músico y poeta correntino: “sapucay” significa que el sonido te quema en los ojos, y el chamamé, socio íntimo del sapucay, que nació como una danza ritual de los guaraníes para los días de lluvia, es un “estar en la lluvia con el alma mía”. Así estaba ese gorila. Gritando con el alma bajo la lluvia. Y así andaba Johnny gritando por los pasillos (parece que eso solo sucedía en los días de lluvia) como si él fuera parte de otro plan, no el que dicen que sostiene todo el tiempo el universo y no deja de convertir a las personas en personas o a las cosas en cosas perseverando en su ser y luchando por dominarse mutuamente, sino un plan en el que él pudiera vibrar con los gorilas, o caer con las gotas de lluvia. Y que, al caer con él, entreveradas, le traspasaran el alma.

Yo siempre interpreté el grito de un gorila (o de Tarzán, Rey de los monos) como un festejo por el triunfo sobre el enemigo, una celebración muy gozosa de la propia fuerza. Pero ¿y si significara otra cosa?, me pregunté medio dormido todavía, ¿si fuera un sapucay? ¿si en vez de anunciar el placer por dominar al otro o a la naturaleza, esos gritos (esos sapucays) estuvieran demostrando una especie de constatación de un pacto? Será que además de la ley de la selva, me pregunté ya un poco más despierto pero bastante confundido, una ley por la que el pez grande se come al chico (y los humanos nos comemos a todos los otros) y solo sobreviven los más aptos y los más débiles están condenados a la extinción, lo que determina al mundo son las alianzas y pactos entre individuos y especies. De todo eso me di cuenta recién anoche como iluminado, gracias a ese poder que a veces tienen los sueños, esa dimensión profética que, como dijo alguien alguna vez, se debe a que cada tanto a los dioses (o al cosmos) les gusta descubrir a los hombres su futuro (o su pasado) durante la noche, pero no para que se protejan de sus sufrimientos –porque los hombres no pueden mandar mayormente sobre sus destinos- sino para que soporten esos sufrimientos con mayor facilidad. Me di cuenta con suma alegría, insisto, de que Johnny deambulando por los pasillos del hospital psiquiátrico mientras afuera diluviaba, no devenía animal; su alma devenía lluvia, como en un chamamé, o como la abeja deviene orquídea. O como esos tarzanes carnavalescos de mi niñez. Y lo celebraba con un sapucay.

Inédito. Mazal es profesor de Teoría Literaria de la Unam. Publicaciones: Mundos-Diálogos-Silencios (poesía), Darwin poeta (novela) y Andrés vuelve (novela)

Osvaldo Mazal

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