domingo 11 de abril de 2021
Cielo claro 25ºc | Posadas

Hoy, hoy, hoy (La bola de cristal)

domingo 04 de abril de 2021 | 6:00hs.
Esteban Abad
Hoy, hoy, hoy  (La bola de cristal)

La vio parada a su lado en la elegante envoltura que significa un vestido comprado en una boutique lujosa y se asombró cuando al estar cerca de él, pobre mortal esperando el colectivo, la rubia le hizo campanillear el llavero junto a la cara. Se despertó del todo de la modorra de la siesta húmeda y pegajosa de enero, miró a la mujer y casi le dolió su belleza. Ella agitó unas largas pestañas, sacudió su melena con displicencia y dejó caer las llaves de un coche de alta gama estacionado allí. Él se estiró, felino como Goicoechea en el arco argentino para atajar aquellos famosos penales y en un coreográfico movimiento se agachó para alzar el manojo de llaves. Su cara – al entregarle el llavero-, estuvo a milímetros de la cara de la rubia - “hubiera podido besarla”, diría después -, pero se distrajo cuando apreció desde cerca el escote del vestido y lo que enmarcaba. Le pareció tan extraño e irreal todo que se levantó bruscamente y entregó las llaves a la mujer que sonreía y con sensuales movimientos subió al auto.

…..

Todo eso lo veía en la superficie tersa y perlada de la esfera que presidía la mesa redonda desde su centro y sobre la carpeta de fino terciopelo de color bermellón. “¿Y cuándo me puede suceder?” preguntó.

La anciana con rostro aguileño echó humo por su nariz ganchuda, apagó el cigarro con el pie derecho y tosiendo quejumbrosa respondió “¡Hoy!”.

El hombre la miró fijamente, tanto que provocó un graznido del búho que la pitonisa tenía sobre el hombro, “¿Hoy?”, repreguntó.

“Sí, hoy”, respondió misteriosa la vieja. Y riendo con carcajadas estridentes agregó, “O mañana o quien sabe cuándo… ¡Tal vez nunca!”

“Pero mirá el final”, invitó. El hombre se vio subiendo al auto, sentándose al volante mientras la dama se apoltronaba en el asiento de al lado. Por el espejo vio a dos rubias más, todas sonrientes, provocativas, con poca ropa y, al parecer, dispuestas a confraternizar con el elemento masculino. Entonces apartó la mirada, tomó a la bruja por los hombros, la sacudió y gritó exasperado, “¡Cuando, dígame cuando!”

…….

La mujer, su mujer, despertando sobresaltada se lo quitó de encima y le dijo “¿Otra vez con pesadillas Juan?”

Pobre Juan. De pronto sintió un inmenso cariño por su esposa. Conteniendo su pedido de disculpas, la vio marchar hacia la cocina. “Voy a hacerte un té de tilo, así vas a poder dormir”.

Mientras él sorbía la infusión a desgano, María se sentó a su lado, pasándole una mano por la cabeza, acariciando su pelo, “viejo – le decía -, estás muy nervioso, trabajas mucho, tomate unos días y vamos al campo, a un arroyo, entre las piedras y la verde hierba, los dos solos, como antes”.

“Eso sí – continuó -, el celular, la tablet, el MP3 y la notebook se quedan en casa, solos nosotros con nuestro amor reverdeciendo entre la fronda o revoloteando como una mariposa azul en el aire límpido de la mañana o entre la bruma azul del atardecer, yo tendida en la gramilla con los pies en el agua, mi cabeza en tu regazo. Tus manos robando una florcita silvestre para alojarla en mi pelo y al terminar, deslizándose por mi cuerpo, tibias, anhelantes… hacia el portal por donde tu amor volverá a entrar en mí…”

Contemplando a Juan dormir como un bebé “¡Desgraciado, desagradecido!”, se dijo ella, y no esperaba, entonces, que Juan, al alba, acomodara en su mochila unas pocas prendas deportivas, elementos de camping; preparara el termo para el mate y despertándola con un beso le dijera, “Vamos amor ¡Qué ni el sol nos vea salir!”

…….

Buscaron un lugar con árboles y encontraron un sombreado rincón debajo de añosos cedros sobrevivientes de la tala impía, junto a un saltito de agua rumoroso y fresco. Ceibos rojos, lapachos amarillos, verdes güembés, lianas y enredaderas enmarcaban el lugar y en lo alto de centenarios inciensos y guatambúes, pájaros multicolores y hasta eróticas orquídeas deleitaron la vista de los visitantes con sus colores increíbles.

María – tras haber cosechado una buena cantidad de pitangas rojas como minúsculos tomates -, volcó el agua de la red domiciliaria del termo. Encendió fuego sobre una piedra y calentó un jarro lleno con la que sacó del arroyo y cuando estuvo a punto, pasó al termo el agua; finalizado el ritual previo al cebado, la mujer extendió la mano con el mate hacia su hombre. El primer sorbo le curó el nudo que a Juan se le había formado en la garganta y con ojos nublados miró a su mujer para agradecer el gesto.

Entonces la vio.

Era una rubia de largos cabellos, que desnuda y a horcajadas sobre un enorme tronco apeado hacía tiempo, sonreía con labios del color del ceibo, mientras voluptuosa, tentadora, lo invitaba a acercarse a ella.

Detrás, con la cascada como telón de fondo, tres mujeres más, con muy poca ropa, le hacían gestos de apurarse y arriba sobre el guatambú más alto, un tucán se transformaba lentamente en una anciana de rostro aguileño que echando humo por su nariz ganchuda, chupando su acre cigarro y a pesar de toser con macabro resonar, gritaba “¡Hoy! ¡Hoy! ¡Hoy!”, croando una risa entrecortada y burlona.

Inédito. Abad tiene publicado los libros La única amiga, La muerte de la chipera, Cuentos Galardonados y El amor de la palmera y el horquetero

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