domingo 18 de abril de 2021
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El paraguas de Solís

domingo 28 de marzo de 2021 | 6:00hs.
Carlos Manuel Freaza
El paraguas de Solís

Solís percibía zumbidos en los oídos, la boca se le secaba con rapidez, causando que los labios se pegaran a los dientes, dibujando muecas grotescas. Al acostarse, la habitación rotaba con rapidez, sin ton ni son, sentía que perdía el equilibrio y caía, pese a estar tendido sobre la cama; la sed lo acuciaba. Al cabo de un año con estos síntomas, Solís entendió que debía consultar al médico. El facultativo lo revisó y ordenó diversos análisis, luego diagnosticó hipertensión e incipiente diabetes, indicando que intentarían controlarlas con severo régimen de alimentos y mucha actividad física. Probarían durante tres meses de esta manera, de lo contrario solo quedaba tomar medicación con regularidad, por tiempo indefinido.

Solís jamás consumió remedios, la perspectiva de tener que hacerlo de por vida le provocó angustia y temor, haría lo que estuviese en sus manos para evitarlo. Así, comenzó la estricta dieta recomendada y acometió con persistencia encomiable, un plan de actividad física diaria, que se convirtió en obsesión. Los ejercicios eran variados, la caminata debía cumplirla todos los días. Encontró que las cuatro avenidas posadeñas, con sus bajadas y subidas, la comodidad de las plazoletas y su variopinto paisaje humano componían un buen lugar para realizar esa parte del programa. No hubo lluvia ni tormenta que lo detuviera; pero no era un loco temerario, esperaba el momento en que amainaran para salir, siempre provisto del frágil resguardo de un paraguas.  Cuando el viento arreciaba en esas andanzas pluviales, quedaba evidente la endeblez de estos adminículos, no resistían demasiado, se doblegaban a la furia del ventarrón, las varillas se torcían, el género se perforaba, un temporal y ya no servían. El plan terapéutico comenzó en año por demás lluvioso, el tema de la calidad de los paraguas fue cobrando importancia en su mente, la búsqueda del que resultara perfecto se tornó cuestión principal.

Finalizados los tres meses acordados con el médico, Solís volvió a visitarlo. Los estudios reflejaron esperanzadora mejoría en su estado general. La presión había bajado, la glucosa se encontraba muy cerca del punto considerado normal. El profesional lo alentó a seguir con el plan otros tres meses, a cuyo término tomaría una decisión definitiva acerca de los remedios.  Solís quedó entusiasmado con la posibilidad de mantener la salud sin medicamentos. Pensó que, al seguir con el programa, necesitaba encarar la solución definitiva al problema del paraguas. Tenía idea clara del diseño que precisaba. Se trasladó a las afueras de la ciudad, donde se encontraba la fábrica y explicó lo que quería. El encargado lo escuchó sin sorprenderse, dijo a Solís que lo que pretendía era muy similar a una sombrilla de playa, solo que, por el grosor de las varillas, la falta de articulación en tramos y el modo de encastrarlas en el caño central, no podría ser plegado, el paraguas estaría siempre abierto. Solís dijo que tenía espacio suficiente en el garaje para guardar dos de ellos, fue la cantidad que mandó hacer. Pronto se vio a Solís caminar, en días de lluvia, con un paraguas grande, hecho de lona impermeable para camiones, con un caño central grueso y varillas que parecían de las usadas para el hormigón armado. Los dos eran muy pesados, pero Solís los consideraba ideal para fortalecer los músculos de espalda y brazos, a la vez que marchaba. Entonces comenzó a usar los paraguas inclusive los días de sol, destinó uno de ellos para esos días y otro para los lluviosos. Su mujer preguntó qué clase de locura era esa, Solís respondió sobre la buena sombra que producían y servían también para hacer ejercicio. Estaba feliz porque los adminículos soportaban vientos y tempestades sin acusar recibo; para asegurarlos a su mano, hizo soldar cadenitas a los respectivos mangos, en un extremo, y a una pulsera tipo abrazadera ajustable en el otro, de tal modo que, colocándola en la muñeca, ni el viento más violento los arrebataría

Cercano el tiempo de cumplimiento de los segundos tres meses convenidos con el médico, Solís salió a caminar una tarde de lluvia mansa. Había recorrido tres avenidas e iba por la cuarta, cuando nubes negras y bajas cubrieron de manera ominosa el nublado cielo.  Se levantó viento del sur, que crecía en intensidad, Solís caminaba de espaldas al norte y las ráfagas embolsaban el paraguas, que no disimulaba sus deseos de volar; sin embargo, las manos de Solís lo retenía con fuerza y las hercúleas varillas resistían los embates. El ventarrón insistió en aumentar su potencia, al punto que Solís se vio obligado a disminuir el ritmo de la marcha para concentrarse en la fuerza de manos y brazos. La plazoleta que transitaba se estrechaba por la presencia de una elevación del terreno, que caía en abrupta pendiente formando una pared, dejando el paso angosto; resultaba necesario andar casi por el borde de la vereda para encontrar luego mayor anchura y comodidad. Fue justo cuando Solís atravesaba esta estrecha franja entre el barranco y el cordón que una furiosa ráfaga, de fuerza excepcional, cruzó la elevación, embolsando al paraguas. Solís sintió que se le escapaba sin recordar que lo tenía aferrado a su muñeca, por instinto puso su mayor empeño y logró sostenerlo, pero el viento soplaba tan fuerte que lo desequilibró, sacándolo de la plazoleta a la avenida, en el preciso segundo en que una camioneta avanzaba a más de ochenta kilómetros por hora. Solís vio que el vehículo se le venía encima y soltó el paraguas para volver a la vereda, pero lo impidió la cadenita que aseguraba el adminículo a su muñeca; Solís sintió el cimbronazo que casi arranca su brazo y lo despega del suelo, fue su último instante de conciencia. La camioneta embistió de lleno al infortunado, sin tiempo siquiera para intentar frenar o desviar. La víctima fue partida al medio, la parte del torso con la cabeza se arrastró por el viento sobre el asfalto, al continuar encadenado al mango del paraguas, que se mantuvo incólume. Un transeúnte piadoso detuvo a ese amasijo sanguinolento de carne, hierro y lona, mientras otro trajo un alicate de su auto y cortó la abrazadera en la muñeca del desventurado. En segundos se reunió una pequeña multitud a contemplar el espectáculo de la muerte,

Solís fue velado a cajón cerrado. Su esposa no tenía consuelo, a cada asistente mostraba el papel donde estaba anotado el programa de ejercicios, diciendo que por culpa de ese papel murió el marido.

Nadie reclamó el paraguas luego de terminado el sumario y el juicio, en el que se estableció la culpa concurrente de la víctima y del conductor de la camioneta. El recién llegado oficial Fernández lo utilizó un día de lluvia y olvidó regresarlo a la Comisaría. Encontró que se trataba de un paraguas de excepcional resistencia, lo adoptó para sus caminatas diarias, realizadas para mantener a raya una incipiente diabetes del tipo 2. Como Solís, gustaba luchar contra el viento, para que no se lo arranque de las manos  reemplazó la pulsera-abrazadera por una nueva, de esa manera nunca lo perdería… 

Inédito. Freaza tiene publicados los libros Rotación de los Vientos, El amigo jesuita (novela) seleccionado para la Feria Internacional del Libro 2018.

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