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Gritos en la selva

domingo 28 de marzo de 2021 | 6:00hs.
Germán Wachnitz
Gritos en la selva

En el año 1815, al término de las guerras napoleónicas, el Zar de todas las Rusias, Alejandro III, invita a los príncipes y otros gobernantes de Alemania a mandar sus súbditos a Rusia para colonizar las dilatadas tierras de su reino en sus confines este y sur, devastadas por las continuas invasiones de los tártaros. Entre los emigrantes que aceptaron la invitación estaban tres familias: los Weberle, los Schuster y los Schönfelden. Estas familias se afincaron al norte de la península de Crimea. Las tierras eran en extremo fértiles y las tres familias prosperaron y se multiplicaron. Posteriormente las nuevas generaciones se extendieron más hacia el Este, hasta que cruzaron el río Don y rebasando la ciudad de Taganroog, en el año 1918 los descendientes se habían instalado en la región del Kuban, una comarca asiática sobre el Mar Negro.

En la primavera del año 1918 una compañía de avanzada del ejército alemán se preparaba para retomar a Alemania; se había celebrado un tratado de paz entre el Imperio del Kaiser y la naciente Unión Soviética. Un día el oficial a cargo de la compañía recibe la visita de tres colonos de origen alemán que vivían en les cercanías. Los apellidos de las tres familias eran: Weberle, un matrimonio con siete hijos, la familia Schuster, un matrimonio con seis hijos y por último la familia Schönfelden, un matrimonio con ocho hijos, las tres familias eran vecinos y su pedido al oficial era más bien una súplica; que les permitiera acompañar a los soldados en su retirada a Alemania. El motivo: la situación política imperante en Rusia. Allí el pueblo luchaba por el Zar o por el Bolchevisino y no faltaban lugares en donde la sangre corría a mares. El oficial los miró y luego quiso saber: de qué vivirían durante el trayecto, que duraría quizás un mes, pero que también se podría extender por un tiempo mucho mayor. ¿Cómo afrontarían sus gastos de manutención? Y la respuesta fue: Iremos cada familia con dos carros, cada uno tirado por dos caballos y cargados con alimentos como harina de trigo, papas, locro de cebada, tocino y carne ahumada. Además, un jefe de los cherkesses que vivía más al sur, ¡les compraría sus tierras con todo lo implantado y también toda la hacienda pagando todo con monedas de oro! Era esa una gran suerte, así no llegarían sin recursos a Alemania. El oficial pensó un rato y luego aceptó. La compañía también se desplazaría con el concurso de carros que cargarían el equipaje mayor y los soldados marcharían a pie. No deseaba por otra parte, así pensaba el oficial, abandonar a los paisanos cuyos antepasados hacía más de un siglo habían emigrado de Alemania para colonizar en Rusia y ahora deseaban volver a la madre patria. Por otra parte, los seis carruajes y los caballos serían un buen refuerzo. Alemania estaba lejos, más de 2.000 km. Quién sabe si no necesitaría aquel refuerzo durante el viaje. También podrían ayudar a transportar a soldados que eventualmente caerían enfermos y los que a su vez podrían ayudar en la conducción de los carruajes. Tres semanas después de esta entrevista, la caravana se puso en marcha, dirección: la frontera alemana. Distancia: 2000 Km.

En los últimos días del mes de octubre del año 1918 la compañía se acercaba, siempre acompañada por las tres familias, al río Oder en las cercanías de la ciudad fronteriza Frankfurt sobre el Oder y en la primera semana del mes de noviembre cruzaron el río y se internaron en la ciudad. Allí les llegó la noticia que el Kaiser había abdicado y que se gestaba una república. Las familias consiguieron alojamiento en los edificios de una estancia propiedad del estado. La compañía que los había protegido durante el largo viaje por Rusia en estado de efervescencia revolucionaria, fue desmovilizada de inmediato, suspendiéndose la relación que los habla unido. Como deseaban instalarse en Alemania como agricultores y la estancia en la que se alojaban estaba pronta a ser subdividida, consiguieron la asignación de más o menos 25 hectáreas para cada familia por una módica suma inicial, estipulándose que el resto del precio se garantizara con una hipoteca a favor del vendedor. Luego, en la primavera del año 1919, los Weberle, Schuster y Schonfelden iniciaron las labores como agricultores en la patria de sus antepasados. Pero las tierras resultaron ser de poca fertilidad. Sobre la orilla del río los pastizales eran húmedos y anegadizos, luego se extendían por colinas de tierra muy arenosa. Ellos en Rusia habían sembrado trigo, pero ahora sólo podían producir centeno, papas, avena y cebada. Esto no los conformaba pues estaban convencidos que solo produciendo trigo llegarían a prósperos como en Rusia. Con esas tierras siempre quedarían siendo pobres y quien sabe cuándo podrían pagar lo que debían. Las familias tenían parientes que antes de la guerra habían emigrado a América, algunos también a la Argentina y ahora recibían cartas de allí donde estos parientes sembraban trigo en la pampa argentina, ponderando la milagrosa fertilidad del suelo pampeano. Ante estas noticias y circunstancias, resolvieron emigrar de nuevo, y esta vez a la Argentina para sembrar trigo en la pampa. En consecuencia a principios del año 1923 llegaron a la ciudad de Buenos Aires y fueron alojados en el “Hotel de Inmigrantes”. Prácticamente llegaban con las manos vacías, pues lo poco que habían cobrado por sus propiedades y enseres vendidos en Alemania, lo gastaron casi íntegramente para pagar los pasajes de sus numerosas familias. También ya no estaban solos. A ellos se habían agregado dos jóvenes: Adolf Winsen y Oswald Waldner, el primero de Lituania y el otro de Wolynia donde sus padres habían colonizado. En el Hotel de lnmigrantes conocieron a un joven de apellido Korff, ex teniente del ejército alemán y que trabajaba ahora como agente de la “Compañía Eldorado, Colonización y Explotación de Bosques” y su misión era visitar a los inmigrantes que continuamente llegaban para conversar con ellos e interesarlos en la compra de tierras en la Colonia de Eldorado, fundada pocos años antes por esa compañía sobre las orillas del río Alto Paraná. Inicialmente este ofrecimiento no les interesó, y nada querían saber de una tierra cubierta de selva. ¡Ellos venían a América para sembrar trigo! Pero ante su falta de recursos, el joven Korff los convenció que les convenía irse a Misiones, donde recibirían tierras por un importe inicial muy reducido, pagando el resto mediante un compromiso con un extendido plazo de años, siempre de acuerdo con sus posibilidades. Además, les recordó que para sembrar trigo debían comprar caballos, arreos, semillas u otros implementos más, para lo cual carecían de finanzas. Todo eso en Misiones no era necesario, bastaba con hacha, machete y azadas y las casas las podrían construir con las maderas de sus propios bosques. Lo único que allí era imprescindible era voluntad de trabajo, y eso seguramente no les faltaba, ni capacidad y ¡más bien les sobraba!. Finalmente se dejaron convencer por estos argumentos y en consecuencia resolvieron viajar a Misiones y empezar en la flamante colonia de Eldorado. Otra cosa resolvieron: informados por Korff que a Eldorado solo de vez en cuando llegaba un pastor de la Congregación a la que pertenecían y como el joven Winsen y el muchacho Waldner andaban de novios con las hijas mayores de Schönfelden y Schuster, a los pocos días se celebró la boda de ambas parejas en el Hotel de Inmigrantes y fueron entonces cinco las familias que en el tercer mes del año 1923 emprendieron el viaje a Eldorado.

Pocos meses antes otros dos jóvenes habían llegado a Eldorado: El joven exoficial de la aviación alemana Schcithauer y el joven Wendt con apenas 20 años de edad. Este último había llegado acompañando a su cuñado, casado y con dos hijitas de tierna edad. A pocos meses de iniciarse el desmonte de su primer rozado, ocurrió un accidente fatal y el cuñado de Wendt murió aplastado por un árbol. La viuda decidió volver inmediatamente a Alemania, transfiriendo el lote que había elegido su difunto esposo al joven Scheithauer, quien así llegó a ser vecino de Wendt que se quedaría en Eldorado. Los dos jóvenes habían hecho amistad y un día Scheithauer decidió visitar a su amigo. Ambos vivían en un valle al norte del lugar donde se instalaron las cinco familias venidas de Rusia, ocupando ahora como primer refugio un campamento abandonado de los peones camineros que habían sido transferidos más al interior. Era un día sábado cuando Schelthauer llegó al rancho de Wendt y como ambos ya habían probado la bebida tradicional argentina, el mate, Wendt lo invitó a tomar algún amargo con él, así charlarían un rato sobre lo que ocurría en la colonia, sus planes y proyectos. Naturalmente hablaron también de las cinco familias que se habían instalado en el próximo valle al sur ya que a estos nuevos vecinos pertenecían todo un grupo de muchachas adolescentes, hecho que no podía dejar indiferentes a dos jóvenes y vigorosos solteros! Después de algunos mates, de pronto escucharon el primer grito o alarido que les traía el viento del sur. Era un grito salvaje, lastimoso y prolongado... Ambos se miraron un momento sorprendidos, pero luego sin hacer mayor caso siguieron con su charla, hasta que se repitió el grito. Así sucedió una y otra vez. Cada vez que lo oían escuchaban absortos hasta que finalmente Wendt comento: “¿Qué será ese grito? Viene de allí donde vive Weberle y los otros, qué animal será?”. Su compañero se encogió de hombros, “Qué se yo!” - le contestó - “si es un animal, recuerdo que una vez escuché en un circo como un burro rebuznaba o gritaba en forma parecida, se dice que así es como clama por su compañera”. “Puede ser” - admitió Wendt y agregó: “a lo mejor han comprado un burro....” y cuando otra vez se escucharon la serie de gritos, Scheithauer dijo: “es bien posible Wendt!”. Estará solo el burro y llama a su compañera, tan solo como nosotros aquí y ambos celebraron el chiste riendo. Entretanto se había hecho tarde y al aprontarse Scheithauer para partir, los gritos sonaron de nuevo y entonces le dijo a su amigo: “¿Sabes una cosa Wendt? ¿Qué te parece si el martes que viene le hacemos una visita a los Weberle con la excusa de ver al burro? Así tendremos oportunidad de charlar un rato con las chicas! Algo así es necesario hacer, antes de que empecemos a gritar como ese pobre burro solitario......!

La ocurrencia hizo reír a ambos y quedó convenida la visita para ver al presuntamente tan solitario burro y si fuera posible también a las muchachas! Esa noche Wendt se despertó en varias ocasiones y cada vez le llegó desde el sur el quejoso lamento del presunto burro solitario. “Pobre burro” - pensó entre gallos y medianoche “mirá que debe sentirse solo....” , y siguió durmiendo. Por todo el día siguiente siguió escuchando los gritos mientras realizaba los quehaceres del día y luego se prolongaron también en la noche, aunque al parecer más débiles y en intervalos mayores. “Se estará acostumbrando a la soledad el burro”, pensó entonces y cuando el día lunes cesaron por completo muy pronto los olvidó entre los trabajos que debía realizar. Esa misma tarde se le escapó su caballo y tuvo que salir a la picada para tratar de encontrarlo. Así sucedió, pero al atraparlo apareció un vecino que vivía en las colinas hacia el poniente. Se saludaron y de inmediato el vecino preguntó: “¿Y Wendt, no viene mañana a la inauguración? ¿Qué inauguración? - inquirió Wendt, y el otro le informó: “La del cementerio! Será la primera fosa, recién acabo de excavarla.”. “¿Y quién murió? ¿A quién lo vamos a enterrar como primero en ese cementerio?” - quiso saber el joven. “A la mujer de Waldner, la mayor de Schuster, no pudo nacer su hijo y murió hoy a las once”. Wendt se sobresaltó; pobre Waldner pensó y luego exclamó “Iré con Scheithauer, qué mala suerte la de Waldner!” Y a la noche convino con Scheithauer acompañar a los vecinos Schuster y Waldner en el doloroso trance. Así lo hicieron, y en el nuevo cementerio, un pequeño claro en la selva sepultaron a la pobre mujer. Allí estaban todos reunidos en el dolor, la familia Weberle, los Schönfelden, Schuster y su gente, Wingen y su esposa, mostrando un adelantado estado de gravidez y el pobre viudo Waldner y además dos o tres colonos de la vecindad. Finalizada la triste empresa, Scheithauer se acercó al viejo Schuster y luego de expresarle su pésame, le pregunto: ¿En la chacra, que tal van los trabajos? “Vamos bien” contestó Schuster. “Ya tenemos una vaca, la compré con mis últimos pesos ante la perspectiva de nacer mi primer nieto, iba a ser necesaria la leche, pero ahora.....”y dejó la frase inconclusa ahogando un seco sollozo. Para hacerle pensar en otra cosa, Scheithauer insistió: “Una vaca! ¡Qué bien, lo felicito, y no tiene usted también un burro o una mula..... ¿0 son los otros que lo tienen?”. Schuster lo miro sorprendido, “No tenemos burro ni mula....” y despidiéndose con voz ronca se volvió para reunirse con su familia. Era evidente que no estaba con ganas para charlar, Scheithauer volvió con su amigo Wendt y le dijo: “¿Qué te parece? Vamos a hacer hoy la visita planeada. Podríamos ir a lo de Weberle. Ves esas dos rubias allí con la señora, son las mayores de Weberle, vení vamos a relacionamos, un entierro es siempre una buena ocasión para eso!”. Y así lo hicieron, se acercaron al grupo familiar de los Weberle y los acompañaron hasta su rancho. Allí, a la sombra de un frondoso árbol se sentaron y fueron invitados a tomar un refresco y charlaron sobre las cosas que pasaban en la colonia. Pero como, seguramente por acontecimiento que apenas habían dejado atrás, la conversación resultó un tanto lánguida; el joven Wendt quiso dar un rumbo más ligero a la charla y recordándose de los gritos escuchados, le preguntó a Weberle: “¿No tienen ustedes aquí un burro o una mula, desde hace varios días? ¿Qué tal el animal, lo usarán en el trabajo de la chacra o solo para cabalgar?”. El colono Weberle le miró incrédulo. ¿un burro o una mula? – repitió. “Aquí no hay burro ni mula!”. Tampoco los vecinos tienen tal animal. ¿De dónde sacaron ustedes esa novedad?”. “Pero...” . le contestó Wendt, y luego insistió: “¿y los gritos o rebuznos de burro o de mula que hemos escuchado los últimos días y noches? Scheithauer opina que es así como un burro grita cuando extraña la compañera”. Weberle lo miró fijamente y sorprendido, y luego una gran tristeza cubrió su cansado rostro y repitió: “¿gritos dos días y dos noches? ¿Saben quién gritó por días y dos noches? Era la hija de Schuster, la mujer de Walder. Quería nacer su criatura y no pudo y no había médico y nada pudimos hacer. ¡Sí, gritó dos días y dos noches hasta que ayer a las once falleció!”

 

Nota del autor: El precedente relato no pretende ser una crónica, pero se basa en un acontecimiento real y verdadero. Los descendientes de los protagonistas aún viven en Eldorado o colonias vecinas. Para evitarlos cualquier molestia se han cambiado o modificado los apellidos con excepción de uno y también el curso de algunos sucesos circunstanciales. Este relato únicamente pretende recordar a los tremendos sacrificios y penurias de las valientes mujeres que acompañaron a los primeros colonos en su empresa de conquistar una nueva patria para sus hijos y nietos, con nada más, como recurso fundamental, que su capacidad y voluntad de trabajo y el amor de sus mujeres.

Relato publicado en la revista Mojón A en 1986. Wachnitz fue un activo vecino de Eldorado y participó de varias publicaciones y antologías.

 

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