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(segunda parte)

Cómo desarrollar la resiliencia

jueves 25 de marzo de 2021 | 6:00hs.
Cómo desarrollar la resiliencia

En mi nota anterior señalé algunas interpretaciones sobre escritos del sabio Boris Cyrulnik, experto psicólogo y etólogo francés, quien señala que un rasgo humano que nos permitirá sobrellevar la futura etapa de post pandemia en mejores condiciones emocionales es la resiliencia, y además señalando algunos de sus rasgos humanos.

Sin embargo, un amigo psicólogo local, el Lic. Juan José Lafatta, me observó que no quedaba claro en mi artículo que la resiliencia no es algo que naturalmente poseemos (genéticamente, como el color de los ojos o la estatura) sino que la debemos crear y desarrollar, aclarándome además su marco psicológico: la inteligencia emocional.

En la reciente década del 90, los psicólogos Peter Salovey (Universidad de Yale) y John Mayer (Universidad de New Hampshire), fueron los primeros en utilizar el término “Inteligencia Emocional”.

Se define a la Inteligencia Emocional como un componente de la inteligencia en general, que comprende la capacidad de controlar los sentimientos y emociones propias, así como conocer los de los demás que nos rodean (familiares, compañeros de trabajo, estudio o deporte), de discriminar entre ellos y utilizar esta información para guiar nuestro pensamiento y nuestras acciones.

Esas mismas capacidades emocionales son las que hacen que un niño sea querido y apreciado por sus compañeros, son las que lo ayudarán en su vida adulta a progresar en el trabajo, mantener las amistades, una pareja feliz o relaciones deportivas agradables.

La noción básica de inteligencia se refiere a la aptitud de las personas para desarrollar pensamientos abstractos, razonar, comprender ideas complejas, resolver problemas y superar obstáculos, aprender de la experiencia y adaptarse a su ambiente circundante. La Inteligencia Emocional, en cambio, es un determinado conjunto de aptitudes que se hallan implícitas dentro de las capacidades abarcadas por la denominada inteligencia social.

Se sabe −desde Darwin− que todos los seres humanos tenemos seis emociones básicas: el miedo, la ira, la alegría, la sorpresa, el asco y la tristeza; estas emociones han jugado un papel fundamental en la supervivencia de nuestros antepasados antropológicos; el miedo, por ejemplo, hace que llegue más sangre a los músculos, o la sensación de sorpresa dilata las pupilas. Así se favorecían las reacciones rápidas y eficaces ante los problemas que planteaban un entorno inhóspito y usualmente peligroso ‒hasta mortal‒ para el ser humano.

Todas estas emociones son, en esencia, impulsos que nos llevan a actuar, con “programas” de reacción automática con los que hemos sido dotados por la evolución. La misma raíz etimológica de la palabra “emoción” proviene del verbo latino movere (que significa «moverse») más el prefijo «e-», significando algo así como «movimiento hacia» y sugiriendo, de ese modo, que en toda emoción hay implícita una tendencia a la acción. O sea que al aparecer cada una de estas emociones generan −automáticamente− distintas acciones humanas (y animales).

El concepto inteligencia emocional fue presentado por Daniel Goleman en 1995. En uno de sus libros, “La inteligencia emocional en la empresa”, se refiere a la inteligencia emocional como “la capacidad de reconocer nuestros propios sentimientos y los ajenos, de motivarnos y de manejar bien las emociones, en nosotros mismos y en nuestras relaciones interpersonales”

Los actuales frecuentes hechos de violencia, agresiones, intolerancia o vandalismo, tanto en la calle como en escuelas, boliches, colectivos, plazas, canchas de futbol, etc., indican la creciente pérdida de control sobre las emociones que tiene lugar en nuestras vidas y en las vidas de quienes nos rodean. Nadie permanece a salvo de esta marea errática de arrebatos y arrepentimientos que, de una manera u otra, acaban salpicando nuestra vida diaria.

Sobre todo por el hecho incuestionable de que vivimos en una época en la que el entramado de nuestra sociedad parece descomponerse aceleradamente, una época en la que el egoísmo, la violencia y la mezquindad espiritual parecen socavar las tradicionales bondad y armonía de nuestra vida colectiva. De ahí la importancia de la inteligencia emocional, porque constituye el vínculo entre los sentimientos, el carácter y los impulsos morales.

Frente a esta situación, pienso que la educación es la posibilidad que tenemos de que los niños y jóvenes ‒parte en el hogar y parte en la escuela‒ conozcan, reflexionen y adquieran, según los grandes filósofos Platón, Marco Fabio, Juan Amós y otros, la Educación del siguiente modo: “El objeto de la educación es proporcionar al cuerpo y al alma toda la perfección y belleza de que uno y otra son susceptibles”. “La educación tiene por fin el perfeccionamiento y el bienestar de la Humanidad”. “La educación verdadera y natural conduce a la perfección, la gracia y la plenitud, de las capacidades humanas”.

Una notable recomendación es que, al asaltar una dada emoción a nuestro hijo o hermano menor, dejar que procese esa emoción sin sugerirle ni imponerle conductas, observando de cerca su comportamiento, dejar que cometa algunos errores menores, y después de un tiempo (días o semanas) sentarnos a recopilar su actuación y sacar ‒juntos‒ conclusiones provechosas, señando el uso de la prudencia, la mesura y la tolerancia (consigo mismo y con sus semejantes), dando por terminada la cuestión.

Si van aprendiendo a desarrollar esas tres conductas ante situaciones adversas, también potenciarán la recuperación de fracasos, contratiempos o fatalidades −componentes de la inteligencia emocional− habiendo sido bien “entrenados” para el futuro de su vida adulta: habrán desarrollado la resilieincia, tan necesaria ante la próxima era pospandemia…

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